(...) El antiguo gimnasio devenido foro es el nudo más complejo de este entrelazarse los tiempos. La columnata –esbelta, transparente, elegantísima– acota un cuadrado central con un trazo tan firme que, desaparecida en más de un tramo, sigue conteniendo el aire sin dejar que se escape hacia el bosquecillo de pìnos que lo rodea. Uno podría dejarse ir y contar que en el vacío conviven las presencias de cuerpos untados de aceite ejercitándose solemnes con el susurro conspiratorio de viejos patricios togados, pero lo cierto es que esta luz cancela cualquier conato de fantasmagoría, que el aire del lugar es refractario a las brumas, que, a diferencia de lo que sucede en abadías medievales o palacios rococó, el valor de una ciudad clásica en ruinas no reside en su capacidad de evocación romántica. No preguntamos ni nos importa de qué tiempo son las columnas y los muros que quedan en pie: lo que cuenta es esa trama ortogonal de vacíos y llenos que ordena y domestica un fragmento del continuo espacial. Seguramente sea la neutralidad obstinada de este orden la que le ha permitido pasar por sus sucesivas encarnaciones sin apenas necesidad de alterarse: uno se pregunta, incluso, –pero ese camino se antoja demasiado largo para emprenderlo aquí– si no será esta indiferencia moral de las relaciones métricas una de las claves del particular modo de estar en el mundo que llamamos, a falta de una palabra mejor, occidental. Merece la pena al menos detenerse en esto: en algún momento la razón metafísica e inmóvil de las pirámides ha dado paso a la inteligencia instrumental que, ya de nuestro lado de la Historia, produce estas cuadrículas adaptables. El punto de inflexión habrá que buscarlo inevitablemente en Grecia, y este es un lugar tan bueno como cualquier otro para seguirle la pista. Antes de que el logos derivase en técnica y se proyectase sobre el mundo en forma de carreteras, reglamentos, finanzas o conducciones de agua hubo un momento radiante y suspendido en que la geometría, liberada ya del sentido, se bastaba aún a sí misma: a pocos pasos colina abajo, apartado del resto de las ruinas como si necesitara respirar por su cuenta, el templo de Zeus vive en ese momento.
Una vieja reina
No todas las ciudades han sido capital de un imperio: hace 1500 años la dinastía reinante en Axum controlaba el comercio por el Mar Rojo, recibía embajadores de Roma y erigía asombrosos monumentos en piedra. La vida aquí había de ser por fuerza más complicada, intensa e inventiva, se desplegaría en más variantes y ofrecería muchas más posibilidades que en los asentamientos rurales del resto de la región (o, si vamos a ello, que en las aldeas miserables que entonces serían París o Londres). Durante muchas generaciones aquí se tejieron intrigas, se idearon negocios, se hicieron, heredaron y perdieron fortunas, se vendieron cuerpos y almas, se inventaron ceremonias, se fabricaron objetos con el añadido impráctico de belleza que hace que las cosas valgan la pena. El viajero desconfía de la idea de un patrimonio vital intangible que se transmitiría a través de los siglos y a pesar de los retrocesos o derrumbes: demasiados lugares ha visto que fueron sede de espléndidas ciudades y hoy son tristes poblachones con más tiendas de souvenirs que de ultramarinos. Pero si una ciudad ha sido (como Roma, Cádiz o Jericó) habitada ininterrumpidamente desde hace más de mil años sin que un cataclismo o una invasión destructora haya llegado a romper la continuidad de ese habitar, si a una ciudad le han permitido los dioses de la Historia vivir su propia decadencia a su propio ritmo, uno está dispuesto a admitir que un poso tiene que quedar.
Tellaro
Con la manera sumaria y vagamente desconcertante que tienen estos pueblos de resolver los desniveles, Tellaro le presenta al que llega por carretera una cara rural y sin pretensiones, de casas con huerto y limoneros reventones, una cara de pueblo de interior que desmiente al mapa. El explorador despistado no encontrará motivo para detenerse, dando por amortizado a estas alturas el llamado golfo de los poetas y con la cabeza ya en Toscana, tan distinta y tan cerca. A poco que persevere calle abajo, sin embargo, lo succionará un estrecho cañón de paredes pintadas de rosa naranja amarillo, escalinatas que giran bruscamente sobre sí mismas, tramos sombríos cubiertos con bóvedas que se contorsionan de fachada a fachada, arcos de paso tras los que estalla la luz blanca del mediodía. Hay en medio del descenso una mínima explanación, apenas un descansadero que, con trazas de plaza mayor, se deja presidir por una iglesia de un clasicismo elegantón y monocromo, adaptada a su escala minúscula. Desde aquí se hace visible de repente una costa rocosa, erizada de pitas y batida por un oleaje encarnizado: sabíamos que el mar estaba ahí, pero ni sonidos ni olores lo hacían sentir.
El arquitecto en su ciudad
La intervención de Carlo Scarpa en el Castel Vecchio de Verona es una obra maestra de calibre excepcional, un museo total donde la colocación de cada objeto ha sido minuciosamente estudiada de forma que interactúe con el edificio: en lugar de una fila de cuadros perfectamente equivalentes sobre los que pasar la mirada distraída, una sola madonna medieval y angulosa enmarcada en acero oxidado, sobre un caballete móvil; la estatua ecuestre de Cangrande encaramada a una viga en voladizo, oteando el horizonte; un cristo filiforme visible desde la sala anterior por una grieta del cerramiento. El contenedor y el contenido dan lugar a una unidad mucho más compleja y rica que sus partes, una obra de arte única.
Scarpa no es un arquitecto fácil de imitar. Su poética de deslizamientos, de encuentros sutiles y equívocos, de mínimos resaltes que dibujan sombras decisivas depende demasiado del talento individual para poder crear escuela. Y sin embargo en su ciudad natal percibimos una suerte de impregnación suya. En ciertos bordillos de acera, en los buzones de correos de un portal, en la composición de alguna fachada anónima respira, atenuado, el estilo refinado, caprichoso y elusivo del maestro. Si Vicenza pertenece rotundamente a Andrea Palladio, Carlo Scarpa es el genio secreto de Verona.
Inteligencia en provincias
En Sarzana hay más librerías que farmacias: grandes franquicias como Mondadori, tiendas especializadas, exquisitos cubiles literarios con tertulias y exposiciones, papelerías vagamente ilustradas. Es algo verdaderamente llamativo, muy por encima en cantidad y calidad de lo esperable en una ciudad de interior con 21.000 habitantes. No es lo único que sorprende aquí: desde hace once años se celebra en septiembre un Festival de la Mente. Qué cosa sea exactamente este festival no lo podría decir uno, pero ha traído a este rincón perdido de Europa a gente como Cavalli-Sforza, John Banville o Zygmunt Baumann con la intención declarada de especular sobre cómo nacen las ideas. En otros sitios con muchos más medios celebramos el festival de la tapa o nos dedicamos a dar vueltas en torno a la identidad tribal. No es lo mismo, no señor.
La ciudad tiene unas murallas formidables, de una presencia intimidadora y desproporcionada; la hiedra que cubre los torreones y la coquetería militar del remate sostenido por arquillos sobre escuadras las hacen más fotogénicas, si no más comprensibles. El caserío, entreverado de iglesias pardas, tiene un prestigio vetusto y provincial, una elegancia de proporciones y colores atenuados que no llega a ser hermosura ni falta que le hace. Sí que son llamativos, por refinados y peculiares, los negocias que se ven por la calle: ropa vintage, estudios de diseño gráfico, sastrería hippy. El restaurante adonde nos lleva S. es uno de los más bonitos que haya visto nunca el viajero, un palacio del XIX apenas alterado. Todo lo que vemos presupone una clientela ad hoc; según nos cuentan, en la ciudad se ha establecido en los últimos tiempos una colonia bohemio-chic venida un poco de todas partes. Si fue primero el huevo o la gallina no lo sabría decir el viajero con sólo una tarde para juzgar.
Pero no hay que alarmarse: Sarzana no es ni parece que vaya a convertirse en una de esas ciudades atestadas de náufragos vendiendo mal arte, bolsos de rafia y jabones naturales. Hay un equilibrio básico, una mesura, un cierto pudor que proporciona el fondo neutro sobre el que la originalidad tiene sentido. Hay, benditos sean, garajes, supermercados y mercerías, testimonios de vida verdadera sin la que el resto no es más que espuma.
Most improbable Xmas carols
El viajero, recién llegado a Nuwara Elia, se ha echado a pasear por la parte no británica del pueblo. Bajo una repentina lluvia tropical, con un paraguas recién comprado, se ha metido en el mercado a curiosear, y no puede decir que no se lo haya pasado bien. La gente de aquí es mayoritariamente tamil, y se nota el ramalazo hindú en la agitación nerviosa, el continuo ir y venir ajetreado y sin mucho sentido que en el resto del país no se ven. El caso es que después de atravesar quinientos metros de toldajes inestables abombados por el agua, esquivando señoras envueltas en saris empapados y recibiendo un remojón cada vez que el paraguas topa con una cuerda, el viajero ha visto a lo lejos una iglesia y, será el poso de dos mil años, no ha podido menos que buscar refugio en ella.
Desde el porche se escucha vagamente un órgano, pero lo que de ningún modo se puede esperar es que dentro haya un grupo de jóvenes ensayando canciones de navidad. El viajero, que siempre ha sido el espíritu de las navidades pasadas presentes y futuras , decide que este es uno de esos regalos que se deben agradecer como es debido: sin mayor ceremonia se acerca al grupo y entona con ellos el Adeste Fideles. Alguien le tiende la letra inglesa, todos sonríen, nadie se muestra sorprendido. Es un coro de parroquia, pequeñito y sin pretensiones, pero las voces son jóvenes y frescas, cantan con entusiasmo y lucen una magnífica dicción británica. Al viajero, que por algo lleva en el iPod diez años de recopilaciones navideñas, no le pilla por sorpresa el repertorio. Hark, the herald angels sing sale como la seda, sin que la contribución foránea desentone. Cuando se ponen con una canción cingalesa aprovecha para marcharse con discreción antes de hacerse pesado, rumiando para sí que estas cosas le pasan a quien se las merece y las sabe apreciar.
Desde Sri Lanka
Estaba convencido de haber dejado un post avisando del viaje, pero parece que no se subió.
Por si agluien no las ha visto en Facebook, aquí van unas cuantas fotos de muestra:
Colombo, primer día
Un muy breve resumen de la arqueología que se puede ver en Anhuradapura y Polonnaruwa
Un juego con elefantes de dos tipos
Detalles del culto budista
Un extraordinario jardín botánico
Kandy, una delicia de ciudad
Hala, a seguir bien.
Por si agluien no las ha visto en Facebook, aquí van unas cuantas fotos de muestra:
Colombo, primer día
Un muy breve resumen de la arqueología que se puede ver en Anhuradapura y Polonnaruwa
Un juego con elefantes de dos tipos
Detalles del culto budista
Un extraordinario jardín botánico
Kandy, una delicia de ciudad
Hala, a seguir bien.
Yo, motherfucker!
Discúlpese al viajero que, recién aterrizado en Etiopía, no está acostumbrado aún a ser el único blanco de la escena. La cuestión es que a ratos, a falta de un referente mejor y teniendo en la memoria muy reciente las cinco temporadas, le parecía encontrarse dentro de un capítulo de The Wire. Las caras están ahí desde luego: el sargento Carver descargando un camión con la misma concentrada seriedad con que patrullaba el West Side; Bodie sentado sobre una tapia, los hombros adelante y la capucha del chándal tapándole medio rostro pero sin poder ocultar la inteligencia con que controla todo lo que pasa; la jeta triangular, amarillenta y picada de Bubbles o la huidiza de Marlo Stanfield,con esos ojos vacíos de psicópata capaces de helarte la sangre –el viajero lo tuvo a tiro de cámara y de verdad no se atrevió-. Pero sobre todo Omar, my man Omar por todas las esquinas, con la piel color chocolate purísimo, los ojos redondos y brillantes, los dientes relucientes proyectados hacia delante en una sonrisa circular que sabe ser irresistible.
Espejos
El Francouská, en el viejo Ayuntamiento de Praga, es, posiblemente, el restaurante más bonito del mundo. Después de tres días espiando desde la calle el esplendor sofocado de la cristalería que el biselado de los cristales descompone en mil destellos, el viajero decidirá finalmente ignorar unas señales de alarma que sólo a algún norteamericano realmente torpe le pasarían desapercibidas y entrar a que le saquen ceremoniosamente las entrañas con tal de sentarse un rato en ese salón. El edificio entero es un espectáculo de pirotecnia, una apoteosis de la decoración enfebrecida: si se puede, hay que ir a un concierto de lo que sea, de acordeón si hace falta para ver esa sala por dentro. Pero el restaurante le parece al viajero otra cosa, uno de esos espacios milagrosos donde un estilo llega tan lejos como le es humanamente posible: un milímetro más y habrá empezado la decadencia, la tensión empezará a aflojar, los gestos sonarán repetidos y un aire general de agotamiento irá abriendo las puertas a la próxima revolución. Aquí, sin embargo, la perfección recién estrenada vibra todavía con la frescura insolente de quien se sabe nuevo y mejor, sin haberse detenido aún a mirarse en el inevitable espejo. Es, además, un lugar lujoso en el sentido más noble, un lecho de brillos tenues y acordes sutiles de tonos cálidos donde todo –menos, ay, la vulgarísima cocina y algún añadido floral del actual propiertario- está concebido para el placer. No dejen de entrar si tienen oportunidad, a veces hay que dejarse timar alegremente en aras de un bien superior.
Wadi Metkandoush
A la entrada del wadi hay un escuálido campamento para visitantes, poco más que unos bancos corridos y un sombrajo de palma trenzada, pero tras la ascética travesía nos parece un paraíso. Desentendiéndose de nosotros, el grupo de conductores y guías se reúne a preparar un té en torno a unas brasas improvisadas. El viajero quiere pensar que algo sobrevive aquí del viejo mundo tuareg, que estos cinco hombres acuclillados en círculo reproducen en sus gestos precisos y relajados el ritual de parada de sus antepasados caravaneros. Al menos cuando nos hacen un gesto despreocupado de invitación no es, queda claro, el esperable pelotilleo en busca de propinas, sino un automatismo arraigado de hospitalidad. El policía acompañante, que resulta ser de estas tierras, se ha puesto una chilaba negra en vez del pantalón de tergal y la camisa de cuadros de todos los días; la transformación es asombrosa: hasta ahora era un pobre tipo que se traía con nosotros una campechanía tímida y con la gente del país un bobo aire de importancia, esa chulería imbécil de agente de la autoridad que puede buscarte un lío si lo miras fijo. De repente se mueve con aplomo entre sus paisanos, casi como uno más, y tiene para con nosotros el mismo amable desapego que ellos. En cambio el guía políglota y urbano, con sus vaqueros de marca y su risa forzada, pierde aquí un poco de pie frente a los impenetrables tuareg.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

