
El viajero también sabe hacer fotos monas y sentimentales. Sólo que se las raciona.
(Es el lago Atitlán, en Guatemala)

De aquello queda ahora la leyenda, un convenio con los promotores que respetarán la carcasa rodeándola de edificios carísimos y un vivir del cuento bastante más tolerable que el de otros legendarios territorios de la ocupación y la contracultura (pienso con repugnancia en Christiania).
Y la playa, una deliciosa playa sin mar pero con arena y chiringuito, un enclave de buen rollo irresisitible.


Iba vestida de bruja y era una de las mujeres más guapas que se haya cruzado este paseante. La siguió tratando inútilmente de robarle una foto (de hablarle ni pensar) hasta la estación central de Estrasburgo, donde se le perdió entre los andenes. Si hubiera leído entonces (pero aún no existían) las novelas de Harry Potter habría pensado inmediatamente en Fleur Delacour, y habría buscado un andén de número fraccionario para verla desvanecerse y quién sabe, tal vez colarse de un salto tras ella, si es que eso le está permitido a un muggle de mediana edad.