Filé la hermosa

Hay lugares en el mundo -Jerusalén, La Meca, Katmandú- que a fuerza de concentrar sobre sí las plegarias de millones se convierten en focos de una intensidad tan evidente que uno no puede evitar, sean cuales sean sus creencias, sentirse tocado por su carga espiritual. Otros como Macchu Picchu o Finisterre parecen extraer su poder de una especial situación geográfica, de una relación tensionada y tremenda con el mar, las montañas, el horizonte: hablar de energías absorbidas e irradiadas es en este caso una metáfora tan válida como otra cualquiera. Pero hay también, dispersos por el mundo, centros de una espiritualidad menos intensa, más -por así decirlo- civil. Son lugares donde la obra humana se instala sin dolor ni timidez en un entorno que parece haberla estado esperando, y que a una indiscutible belleza añaden el recuerdo del culto abandonado de alguna fe por la que hace siglos que no vale la pena morir: estoy pensando en el santuario de Olimpia, o en el palacio Katsura, pero sobre todo en el maravilloso templo de Isis, en la isla de Filé.

Este conjunto está tocado de una gracia especial, algo que no ha escapado a ningún viajero de ojos abiertos. El prodigioso equilibrio con que se relacionan las piezas entre sí y con la naturaleza, el juego de la luz sobre los volúmenes, los colores netos (el agua azul cobalto, la piedra amarilla cuajada de sol que recorta el turquesa del cielo, el verde jugoso que asoma punteando entre los sillares), componen un escenario que nos enchufa, a través de una cadena de miradas que en idénticos atardeceres incendiados se han posado sobre los mismos objetos, con los hombres que hace tres mil años cumplieron aquí ritos ya entonces arcaicos. Ese contacto tiene más que ver con la belleza que con la fe, y por tratar de sentimientos que, como estos espléndidos edificios, no sobrepasan la escala humana, acaba dándonos, de un modo que resulta imposible ante las estructuras abrumadoras de los ramésidas, la medida de lo que tenemos de común, que por momentos se nos antoja más de lo que podamos tener de diferente.

Si todavía en Edfú podíamos celebrar el triunfo del Egipto eterno, aquí en Filé nos asaltan las dudas: aunque el resultado es a primera vista inequívocamente egipcio, no se puede negar que estas piedras están contaminadas de una ligereza ajena al Nilo, y que a la vista de ellas no cabía ya la vuelta atrás. Cien años después del Partenón, esta arquitectura sólo puede ser, en los manuales, una nota al pie, el rococó que los griegos no tuvieron -y en efecto se diría que el espíritu griego, en contacto con este viejísimo Sur, se vuelve por reacción traviesamente faunesco, prueba formas híbridas y superposiciones caprichosas que la pureza ática no habría consentido. Pero a quién le importan los manuales ante este despliegue de belleza...

Escuchemos a Gonzenbach, un suizo que en 1887 remontó con su familia el curso del río en una dahabie: “Diríase que la Naturaleza, en sus caprichos, hizo brotar del Nilo una piedra preciosa, la cual fue pulida y engastada por el arte griego en momentos de retozo y alegría; y nos expresamos así porque sólo la arrogancia artística y la seguridad de que con piedra tan preciosa y noble todo habría de salir bien, pudieron envalentonar así a los arquitectos de Filé hasta el punto de prescindir de toda simetría y observancia de las rasantes, amontonando allí, con la más caprichosa irregularidad, templos, pilones, columnas, salas, capillas, escaleras y galerías”. Este burguesote tenía sin duda buen ojo para el arte.

A Filé se llega en barca, y es un goce adentrarse en el lago Nasser con el sol en la cara para encontrarse tras el viraje a la izquierda, dejando atrás unas rocas que contribuyen, ocultando la isla, al juego escenográfico, el perfil del templo de Isis esplendoroso sobre las aguas; sólo queda entonces rodear la isla con lentitud, jugando a demorar el contacto, y conquistarla finalmente subiendo a trompicones desde el embarcadero.

Pero no siempre ha sido así; no es el lugar para extenderse en relatar la proeza de los ingenieros que trasladaron piedra a piedra los templos a una isla próxima, a una cota más alta: larga vida a ellos, héroes civiles anónimos en un mundo que venera estúpidamente a los buitres y a los asesinos. Antes de eso, antes de la presa y el traslado, el agua cubría periódicamente la isla y anegaba los templos casi hasta el techo. El viajero penetraba en barca agachando la cabeza hasta la última estancia de la diosa, y antorcha en mano desvelaba los jeroglíficos y relieves, acariciaba los capiteles, dejaba tal vez en lo alto de los muros su pueril e inevitable inscripción. Nosotros sólo podemos tratar de imaginar ese silencio quebrado a intervalos por el chapoteo de los remos, ese fantasmagórico adentrarse en la penumbra, y si acaso lanzar, atropellados por los japoneses, un suspiro en homenaje a los tiempos en que viajar era otra cosa.

Cavafiana

Esmet Akhom, último de los sacerdotes de Isis en Filé, reflexiona.

Dicen en la ciudad que al templo le quedan pocas semanas,
que el nuevo obispo no va a tolerar por más tiempo
este foco de paganismo, esta iniquidad.

Es increíble lo prepotentes que llegan a ser estos cristianos:
se portan como si su dios fuera a durar para siempre.
Nuestro culto, Isis lo sabe, no es el que era.
Ya no vienen más que cuatro viejas nubias,
y el otro día, en el mercado,
oí decir a mi lado que el Sol sale todos los días sin la ayuda de Ra
(creían ofenderme con eso).
Nuestros días se acaban,
habría que estar ciego para no verlo.
Pero, precisamente por eso, ¿no podrían dejarnos
sencillamente morir en paz?

La verdad es que me cuesta reconocer como sacerdotes a esos tipos;
con los dioses romanos nunca tuvimos problemas,
ni con los macedonios, si hay que dar fe a los viejos documentos.
Dicen que en Tebas han destrozado
los rostros de las estatuas, a martillazos.
Son exageraciones, obviamente,
rumores de comadres que se inflan
remontando el río (¡destrozar las estatuas…!)
pero de algún modo el disparate les cuadra.

Y ahora este nuevo obispo,
este Teodosio,
nos ha elegido como enemigos, sin duda
para hacer méritos ante sus superiores
(son tan viejos estos jueguecitos)
y pretende -dicen- clausurar el templo.

De modo que estos días,
cuando prepare los objetos del culto
-esos ridículos ropajes que me pongo cada día,
esos utensilios gastados-
pondré especial cuidado en no olvidar ningún gesto,
en decir las palabras correctas
(debo admitir que me he relajado un tanto en ese aspecto).

Seguramente venga gente:
la posibilidad de una escena de violencia
es más interesante que el culto de una vieja diosa.
Por eso la pompa tendrá que ser extremada
y el rito perfecto (hablaré muy en serio
con Endymión, ese inconsciente):
que sepan esos ignorantes con sus barbas
y sus martillos, esos advenedizos
que en Filé la Hermosa es aún Isis quien reina.

Tebas. La orilla de poniente

Ramesseum

El acceso oficial está colocado en una extraña posición lateral, de modo que nos encontramos en pleno corazón del templo sin haber enfilado un camino de esfinges ni haber traspasado un portal. La inmensa estatua permanece derribada en el mismo lugar en que la encontró el viajero de Shelley: no creo que los restauradores se atrevan nunca a cancelar el símbolo consagrado. Como nosotros no somos más que nadie ni tememos –a estas alturas- al tópico, rendimos aquí con un suspiro el tributo que se espera del viajero cultivado:

I met a Traveler from an antique land,
Who said, "Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read,
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them and the heart that fed:
And on the pedestal these words appear:
"My name is Ozymandias, King of Kings.
Look on my works ye Mighty, and despair!
“No thing beside remains. Round the decay
Of that Colossal Wreck, boundless and bare,
The lone and level sands stretch far away.

A nuestra espalda un pilono casi reducido a escombros muestra , para nuestro consuelo, que también había chapuceros en el reino de Ramsés, que no todas las fábricas estaban tan bien trabadas. Y tal vez sea porque la metáfora está gastada por el uso, o tal vez porque somos pedestres de condición, lo cierto es que este portalón fracasado nos dice de la fugacidad de lo humano más que el coloso caído.

El templo es absolutamente canónico, apabullante en su escala, levemente aburrido. Ir de la mano del exigentísimo Giedion nos ha permitido entender en pocos días cosas que nos habrían llevado años, pero en ocasiones sentimos que nos ahorma demasiado; aquí, desde luego, no estaríamos hablando de la trivialidad última que la histeria constructora de Ramsés II deja entrever si el maestro no nos hubiera puesto sobre la pista: pero cuando ves algo así no puedes dejar de verlo, y no estamos por ser originales a toda costa. Si nos ha seducido desde el principio, de la arquitectura egipcia, el ajustadísimo sistema de correspondencias simbólicas que liga los edificios a su significado a partir de la misma médula de su geometría, cómo no encontrarle cierta inconsistencia a un templo de los muertos que es idéntico al templo de los vivos.

La sala hipóstila es una hermana menor (pero no mucho) de la de Karnak. Seguramente esté más afinada en sus proporciones, y desde luego le beneficia el formar parte de un edificio proyectado de una vez, pero el hecho es que con la enormidad de la otra orilla fresca en la retina tenemos embotado el sentido del asombro. Nunca sabremos, porque el orden es decisivo en estas cosas, qué nos habría hecho sentir de verla antes. En cualquier caso, gracias a la limpieza del eje longitudinal y al juego de las vistas enmarcadas, el templo ofrece un espectáculo visual espléndido.

Entre las construcciones secundarias nos desconciertan enormemente unas salas abovedadas que seguramente fueran almacenes. No habíamos visto –ni vamos a ver después- arcos ni bóvedas en ningún edificio sobreviviente, ni aparecen en ninguna reconstrucción fiable, pero aquí tenemos unos tan bien ejecutados como para estar en pie tres mil quinientos años después. O sea, que –si no se trata de una chapuza arqueológica, que todo pudiera ser- esta gente conocía el sistema abovedado y no lo usaba sino para cobijar el grano. Vista la impresionante solvencia de sus técnicas de construcción, se nos hace extraño que fuera inseguridad o falta de dominio la causa de que no lo utilizaran, pero el caso es que con esta renuncia se pierde la posibilidad de salvar grandes luces, de crear espacios unitarios, limpios de soportes intermedios. ¿Es posible que simplemente no les interesara?

Las pirámides de Giza (I)

Impresión primera

Para bien o para mal, a estas alturas de la Historia viajamos para reconocer. Saturados como estamos de imágenes, resulta difícil figurarse lo que sería ver por primera vez, sin referencia alguna, el Partenón, Venecia, el Grand Canyon. Aun así, nada de lo que hayamos visto nos prepara para la avasalladora presencia física de las Pirámides. No es que sean diferentes; nada hay en esos volúmenes elementales que no reconozcamos. Es que son abrumadoras (el tamaño, créanme, sí importa); es que su mero estar ahí, el modo como ocupan el lugar, la extraña fluidez que esas masas compactas confieren al espacio que las circunda nos produce un vértigo casi físico.

La primera, inevitable reacción, a despecho de todos los conocimientos que podamos llevar como coraza, es de angustia. Guardiana del terror llamaron los árabes a la esfinge con instinto certero; el terror, claro está, serían las tres monstruosas abstracciones que cada amanecer descubre ahí, imperturbables, iguales a sí mismas desde hace cinco mil años. Antes de verlas a plena luz tuve la oportunidad de descubrirlas, desde un taxi lanzado por el frenesí de pasos a nivel y rondas entrecruzadas, en la pesadilla de un peatón que es el Cairo actual; en la alta noche, entre siluetas de edificios anónimos, se materializaban a intervalos en lugares siempre inesperados, aboliendo ominosamente las ideas de escala o distancia. Así entrevistas, incomprensibles y esquivas, me dejaron el recuerdo de un aura indudablemente maléfica.

En cambio al amanecer, desde la ventana del hotel (y ni siquiera un hotel muy cercano), es la gloria del Egipto eterno que te asalta de golpe, y te rindes sin condiciones. No sé decir cuanto tiempo estuve allí sentado, sin apartar la vista de ellas; fue una fascinación perezosa y blanda, sin arrebatos: simplemente no se me ocurría nada mejor que hacer que seguir mirándolas. Después vendría el acercamiento intelectual, la comprobación pasmada de que todo lo que has estudiado está ahí, perfectamente legible e interpretable como si no hubiera océanos de tiempo por medio; pero el primer asalto, el que te engancha definitivamente y sin remedio, es puramente sensorial.

Es imposible que se construya nada más hermoso; su total simplicidad hace parecer superfluo y amanerado todo el resto de las obras humanas. Se trata de un logro absoluto, definitivo: un gesto que, apenas inaugurada, clausura la historia de la arquitectura. A partir de ahí sólo cabe un nuevo principio, y entonces la columna, el dintel, la articulación cada vez más refinada de los elementos. Pero el fin último, la forma perfecta y radiante, la monumentalidad total, se consiguió nada más empezar. Tal vez por eso es una disciplina tan viciosa y retórica la de construir edificios.

Egipto antiguo: el mito de la Edad de Oro

La idea de progreso es relativamente moderna; la creencia de que el mundo camina siempre hacia delante, en un proceso de perfeccionamiento continuo e inevitable, no es seguramente más que la última construcción mítica de la Humanidad, articulada en el inconsciente colectivo una vez que las religiones monoteístas empezaron a perder validez. A lo largo de prácticamente toda la historia humana, por el contrario, la percepción ha sido justamente la contraria: procedemos de una lejana Edad de Oro desde la cual hemos degenerado (por causa de cualquiera de las versiones del pecado original) hasta el penoso estado actual. A medida que nos alejamos en el tiempo la conciencia de este pasado glorioso es más nítida (más ingenua, si se quiere). Los griegos –nuestra propia mítica Edad de Oro, hasta que en el s. XIX empezamos a venerar el Futuro- lo mencionan continuamente y con naturalidad.

A la vista de las primeras muestras conocidas del arte egipcio, de la portentosa escultura del faraón Zoser que es como un Rodin sin amanerar, de los relieves en la mastaba de Ti (esos juncos de fondo que prefiguran efectos caros a Matisse), de la espléndida articulación de los temas básicos de la arquitectura en el templo del valle de Kefrén o del esplendor inigualable de las Pirámides; de todo un lenguaje plástico en fin, maduro, autosuficiente y refinado que surge prácticamente de la nada, la sensación es que nos faltan datos: lo que tenemos cerca de allí de siglos anteriores es prehistórico, indefinido, equiparable a lo de otros sitios. No es extraño que esa ausencia de primeros pasos, de transiciones, de balbuceos, dispare las especulaciones sensacionalistas, que se postule una civilización perdida de origen ignoto.

Por otra parte, ante el desconcertante despliegue de habilidades tecnológicas que implican construcciones como las que surgen ya en el Imperio Antiguo, hace cinco mil años (la precisión geométrica del replanteo y el corte de las piedras, la logística de transporte, el problema del andamiaje), la tentación de acudir a explicaciones esotéricas está siempre presente. Como ha señalado agudamente Jiménez Sequeiros, la ciencia recomienda aceptar la explicación más sencilla para los fenómenos, y en el caso de la construcción de las Pirámides lo más sencillo es pensar que fueron levantadas con ayuda de tecnología antigravitatoria de origen extraterrestre.

No fatigaré al lector con la enumeración de las peregrinas teorías que se han difundido con éxito variable. Expondré simplemente mi visión, tal vez menos llamativa: hacia el tercer milenio A.C., orillas del Nilo, se dieron las condiciones ideales para que el ser humano llegara, en un lapso de tiempo milagrosamente breve, a un nivel de desarrollo hasta entonces (y con casi seguridad desde entonces) no alcanzado. Hombres como nosotros, relativamente libres de las casi omnipresentes servidumbres del hambre, la guerra y los cataclismos, pensaron con sus cerebros humanos, aprendieron unos de otros, se esforzaron para desarrollar soluciones hermosas y prácticas a un gran número de problemas. Este conjunto de conocimientos no sobrevivió intacto al paso por épocas peores, pero de lo que quedó procedemos.