Este conjunto está tocado de una gracia especial, algo que no ha escapado a ningún viajero de ojos abiertos. El prodigioso equilibrio con que se relacionan las piezas entre sí y con la naturaleza, el juego de la luz sobre los volúmenes, los colores netos (el agua azul cobalto, la piedra amarilla cuajada de sol que recorta el turquesa del cielo, el verde jugoso que asoma punteando entre los sillares), componen un escenario que nos enchufa, a través de una cadena de miradas que en idénticos atardeceres incendiados se han posado sobre los mismos objetos, con los hombres que hace tres mil años cumplieron aquí ritos ya entonces arcaicos. Ese contacto tiene más que ver con la belleza que con la fe, y por tratar de sentimientos que, como estos espléndidos edificios, no sobrepasan la escala humana, acaba dándonos, de un modo que resulta imposible ante las estructuras abrumadoras de los ramésidas, la medida de lo que tenemos de común, que por momentos se nos antoja más de lo que podamos tener de diferente.
Si todavía en Edfú podíamos celebrar el triunfo del Egipto eterno, aquí en Filé nos asaltan las dudas: aunque el resultado es a primera vista inequívocamente egipcio, no se puede negar que estas piedras están contaminadas de una ligereza ajena al Nilo, y que a la vista de ellas no cabía ya la vuelta atrás. Cien años después del Partenón, esta arquitectura sólo puede ser, en los manuales, una nota al pie, el rococó que los griegos no tuvieron -y en efecto se diría que el espíritu griego, en contacto con este viejísimo Sur, se vuelve por reacción traviesamente faunesco, prueba formas híbridas y superposiciones caprichosas que la pureza ática no habría consentido. Pero a quién le importan los manuales ante este despliegue de belleza...
Escuchemos a Gonzenbach, un suizo que en 1887 remontó con su familia el curso del río en una dahabie: “Diríase que la Naturaleza, en sus caprichos, hizo brotar del Nilo una piedra preciosa, la cual fue pulida y engastada por el arte griego en momentos de retozo y alegría; y nos expresamos así porque sólo la arrogancia artística y la seguridad de que con piedra tan preciosa y noble todo habría de salir bien, pudieron envalentonar así a los arquitectos de Filé hasta el punto de prescindir de toda simetría y observancia de las rasantes, amontonando allí, con la más caprichosa irregularidad, templos, pilones, columnas, salas, capillas, escaleras y galerías”. Este burguesote tenía sin duda buen ojo para el arte.
A Filé se llega en barca, y es un goce adentrarse en el lago Nasser con el sol en la cara para encontrarse tras el viraje a la izquierda, dejando atrás unas rocas que contribuyen, ocultando la isla, al juego escenográfico, el perfil del templo de Isis esplendoroso sobre las aguas; sólo queda entonces rodear la isla con lentitud, jugando a demorar el contacto, y conquistarla finalmente subiendo a trompicones desde el embarcadero.
Pero no siempre ha sido así; no es el lugar para extenderse en relatar la proeza de los ingenieros que trasladaron piedra a piedra los templos a una isla próxima, a una cota más alta: larga vida a ellos, héroes civiles anónimos en un mundo que venera estúpidamente a los buitres y a los asesinos. Antes de eso, antes de la presa y el traslado, el agua cubría periódicamente la isla y anegaba los templos casi hasta el techo. El viajero penetraba en barca agachando la cabeza hasta la última estancia de la diosa, y antorcha en mano desvelaba los jeroglíficos y relieves, acariciaba los capiteles, dejaba tal vez en lo alto de los muros su pueril e inevitable inscripción. Nosotros sólo podemos tratar de imaginar ese silencio quebrado a intervalos por el chapoteo de los remos, ese fantasmagórico adentrarse en la penumbra, y si acaso lanzar, atropellados por los japoneses, un suspiro en homenaje a los tiempos en que viajar era otra cosa.










