Ahora, acercándonos, vemos a un grupo de señores y señoras mayores en formación junto a la puerta, disponiéndose a cantar: ellas con blusas de encaje primoroso, vagamente centroeuropeas, ellos de camisa blanca abierta y pantalón negro. Frente al coro, de espaldas al mediano gentío, una fila de autoridades con ese aire de solemne convicción que tienen las autoridades francesas confiere al acto un carácter en alguna medida oficial (aunque en vano buscamos algún pasquín explicativo). En cuanto empiezan a rasguear las guitarras nos damos cuenta de que la música no va a superar el nivel parroquial, pero está claro que no es de la música de lo que se trata. La primera canción recuerda un poco a Ne me quitte pas, y el coro la ejecuta alternando una estrofa susurrada y otra lanzada al viento a plena voz: el efecto, pueril y desatentado, da un poquito de vergüenza ajena, pero uno se sobrepone y prefiere fijarse en el arrebato de las miradas, en el gesto fiero y resuelto de los cantantes.
Un concejal alto y macizo, de pelo inmaculadamente blanco y escarapela tricolor en la solapa ha girado la cabeza para chistar –cómo consiguen ser serios sin resultar ridículos es un misterio que nos llena de envidiosa admiración- a las camareras caribeñas del bar de la esquina, que andaban colocando las mesas del aperitivo, y en el inmediato, respetuoso silencio que se ha hecho, la siguiente canción, en una lengua desconocida que suponemos será el yiddish, trae resonancias antiguas y graves. Hasta el momento no estábamos seguros de que fueran judíos: si hubiera sido otro el barrio ni se nos habría ocurrido. Las caras nos habían parecido plausiblemente francesas, repartidas por todo el arco de variedad de tipos; nos preguntamos si habrá gente capaz de distinguir a los judíos por sus rasgos: lo que es nosotros, ni a posteriori les encontramos el punto común.
Una conmemoración judía, en cualquier lugar de Europa, tiene inevitablemente un lado expiatorio; de repente las polvorientas estrellas de David sobre los dinteles, los rótulos indescifrables en los escaparates de las panaderías kosher que sobreviven cobran un relieve imprevisto, y el recuerdo de tipos barbudos de levita que ya no se ven por el barrio se superpone por un momento sombrío al hormigueo de gente a la última por bares y tiendas. El viajero, sin embargo, nunca ha sido capaz de fijar la atención en nada más de cinco minutos; sin mayor consideración se separa del grupo y va en busca de unas camisas fantásticas que la tarde anterior no se decidió a comprar.













