Curioseando en el Marais

Frente al antiguo mercado de la rue des Blancs Manteaux hay el domingo por la mañana una concentración de gente, micrófonos, cámaras. La tarde anterior habíamos pasado por allí y nos pareció una rehabilitación bastante pinturera, con unas grandes cerchas de madera que desde fuera se veían espléndidas. No pudimos entrar porque había ensayos de una orquesta infantil; encontramos estupendo (en general, de viaje, todo lo encontramos estupendo) que el edificio se haya recuperado y esté en buen uso para el barrio, que haya niños jugando con violines y madres monísimas esperándolos a la puerta, de tertulia.

Ahora, acercándonos, vemos a un grupo de señores y señoras mayores en formación junto a la puerta, disponiéndose a cantar: ellas con blusas de encaje primoroso, vagamente centroeuropeas, ellos de camisa blanca abierta y pantalón negro. Frente al coro, de espaldas al mediano gentío, una fila de autoridades con ese aire de solemne convicción que tienen las autoridades francesas confiere al acto un carácter en alguna medida oficial (aunque en vano buscamos algún pasquín explicativo). En cuanto empiezan a rasguear las guitarras nos damos cuenta de que la música no va a superar el nivel parroquial, pero está claro que no es de la música de lo que se trata. La primera canción recuerda un poco a Ne me quitte pas, y el coro la ejecuta alternando una estrofa susurrada y otra lanzada al viento a plena voz: el efecto, pueril y desatentado, da un poquito de vergüenza ajena, pero uno se sobrepone y prefiere fijarse en el arrebato de las miradas, en el gesto fiero y resuelto de los cantantes.

Un concejal alto y macizo, de pelo inmaculadamente blanco y escarapela tricolor en la solapa ha girado la cabeza para chistar –cómo consiguen ser serios sin resultar ridículos es un misterio que nos llena de envidiosa admiración- a las camareras caribeñas del bar de la esquina, que andaban colocando las mesas del aperitivo, y en el inmediato, respetuoso silencio que se ha hecho, la siguiente canción, en una lengua desconocida que suponemos será el yiddish, trae resonancias antiguas y graves. Hasta el momento no estábamos seguros de que fueran judíos: si hubiera sido otro el barrio ni se nos habría ocurrido. Las caras nos habían parecido plausiblemente francesas, repartidas por todo el arco de variedad de tipos; nos preguntamos si habrá gente capaz de distinguir a los judíos por sus rasgos: lo que es nosotros, ni a posteriori les encontramos el punto común.

Una conmemoración judía, en cualquier lugar de Europa, tiene inevitablemente un lado expiatorio; de repente las polvorientas estrellas de David sobre los dinteles, los rótulos indescifrables en los escaparates de las panaderías kosher que sobreviven cobran un relieve imprevisto, y el recuerdo de tipos barbudos de levita que ya no se ven por el barrio se superpone por un momento sombrío al hormigueo de gente a la última por bares y tiendas. El viajero, sin embargo, nunca ha sido capaz de fijar la atención en nada más de cinco minutos; sin mayor consideración se separa del grupo y va en busca de unas camisas fantásticas que la tarde anterior no se decidió a comprar.

Lugares comunes

Si los tópicos no estuvieran profundamente arraigados en alguna realidad no habrían llegado a forjarse, piensa con autoindulgencia el viajero cada vez que se le ocurren sólo obviedades. ¿O será que el ojo, adiestrado, elige en estos paseos siempre demasiado breves las imágenes que encajan con sus moldes previos? Bueno, en este caso particular -vamos a hablar de las demoiselles de Paris- está disculpado el ojo por ser selectivo: no se va a quedar uno mirando a las feas.

Las muchachas de París no es que sean más guapas que en otras partes, pero gusta mirarlas porque andan como si lo fueran: viniendo del Mediterráneo, de una ciudad donde las quinceañeras se pasean impunemente en racimos preciosos y comestibles, esta afirmación se puede hacer con una sonrisa condescendiente, pero es fácil de entender el pasmo inacabable de los invasores nórdicos o los peregrinos hemingwayanos de Minnesotta, su calentura permanente y las súbitas ganas que les entran de escribir una novela de iniciación. El aspecto de la gente, claro está, no escapa a la cada vez mayor uniformidad que provocan el cine y la tele compartidos, pero aquí se las arreglan (¿todavía?) para filtrarlo todo en su beneficio. Lejos ya de los tiempos en que la estética se imponía desde su ciudad, no les importa faltar a la moda si se ven bien. Recuerdo que en los 80, cuando el zapato plano era inevitable, aquí las estudiantes seguían con sus tacones como si tal cosa: ¿por qué renunciar a algo que favorece tanto? Tampoco el aluvión de razas ajenas alteró en su día el efecto: al contrario, la competencia se retroalimenta, y no hay negras más erguidas y elegantes, no hay tocados de colores más vivos ni mejor atados que los que aquí se ven.

Hay una escena de hace años que no se me borra: en una esquina del Barrio de St. Germain estaba yo mirando la vitrina de una librería y me tuve que apartar porque un coche de esos minúsculos venía como un tiro marcha atrás para aparcar. Pegado a la pared vi al juguetito embestir una, dos, tres veces a los coches vecinos hasta hacerse un hueco, y una vez encajado, dejar salir de su interior no al hotentote que uno hubiera imaginado por la maniobra, sino al más encantador cliché hollywoodiense: taconcitos de charol, medias de seda, falda de tablas, jersey de angora ceñido y boina terciada (todo en negro menos los labios), que trazó en un gesto irresistiblemente gracioso e inclusivo el encogerse de hombros, el giro, el empujoncito a la puerta y el echar a andar un pie delante de otro, ajena a la menor consideración.

Lo que uno no puede evitar preguntarse es si son esas mismas muchachas –y si es así, por qué mecanismos- las que acaban convirtiéndose en viejas locas; porque en París se da mucho la vieja flaca y arrugadísima que va por la calle como arreglada para una fiesta de hace cuarenta años, con taconazo cuadrado, blusa de encaje transparente, cejas pintadas (uff, qué repeluco las cejas pintadas) y labios de carmín rabioso, paseando un perrito minúsculo que, si rendimos la verosimilitud a la estricta realidad de los hechos, habremos de convenir en que siempre se llama Fifí. Sin querer ahondar mucho en la idea –alejándola de sí con una sacudida nerviosa, de hecho- se le ocurre al viajero que sólo cuando alguna belleza de su edad haya completado esa evolución le serán reveladas las claves –si aún conserva la curiosidad.

Cementerios. El Père Lachaise (II)

El náufrago

En la agenda del viajero había, sin embargo, una visita ineludible. Uno esperaba, en su sentimental ingenuidad, la lápida casi anónima del ciudadano Sebastian Melmoth, pero tendría que haber sabido que las instituciones son incapaces de contención: la tumba de Oscar Wilde es un monumento macizo y cuadrado, un mazacote art deco dedicado por una entusiasta lectora y mantenido por la mala conciencia del gobierno británico.

Cubriendo la superficie lisa del monolito, cientos de marcas de labios que han besado la piedra (el rojo carmín vira al marrón con el tiempo) dibujan una bandada de besos como mariposas echadas a volar. En una esquinita, un letrero oficial y aguafiestas recuerda a los besadores los deberes cívicos de conservación.

A uno, que desconfía de sus entusiasmos, se le antoja que a Wilde –y sobre todo al último, al cadáver andante que dejó de alentar un día cualquiera en una triste habitación de hotel- no le habría gustado mucho el énfasis facilón de los besos en la piedra. Pero tampoco, si vamos a ello, se habría sentido precisamente emocionado ante ese ángel preso en un cubo de granito. Y al fin y al cabo, qué diablos, entre la hinchada dignidad administrativa de la admonición y la desvergüenza volandera del homenaje no cabe un instante de duda. Benditas las locas que han llegado hasta allí con los labios orgullosa, ridículamente embadurnados, a dejar besos como estandartes -y benditos también los señores de mediana edad con pinta de empleados de banca que con movimientos furtivos y patosos han sacado, después de mirar treinta veces a derecha e izquierda, el pintalabios del bolsillo y se han arrodillado un instante a depositar un beso furtivo en la tumba de su santo patrón.

Rodeando la tumba encontramos (y anotamos) unos versos que restituyen el tono que esperábamos al llegar:

And alien tears will fill for him
Pity’s long broken urn
For his mourners will be outcast men
And outcasts always mourn

Cementerios. El Père Lachaise (I)

Grietas en el mármol

¿Qué significa exactamente este cementerio? Es, en una primera aproximación, el lugar de los malditos, de los raros, de los excluidos. De los que ni tienen sitio en el Panthéon ni se encontrarían a gusto allí. Sus dos habitantes más visitados, Oscar Wilde y Jim Morrison, son desde luego dos mitos de la autodestrucción, y en la lista encontramos nombres que resuenan, en distintos grados, con alguna nota afín: Abelardo y Eloísa, Piaf, Callas, Chopin…

Pero si dejamos a un lado las ideas preconcebidas para hacer unas sencillas cuentas, veremos que, aparte de los ciudadanos anónimos, la mayoría de los inquilinos pertenecen al mundo jerárquico, oficial, con esa tendencia irreprimible a la hinchazón que constituye la marca de origen de la capa superior -espesa, inextricable, infinitamente estratificada- de la sociedad francesa. Generales en la gloria de triunfos mediocres, académicos varios, fundadores de sociedades civiles, magistrados. ¿Será entonces el Père Lachaise una sucursal vergonzante del Panthéon, una pedrea para los que en virtud de los implacables mecanismos jerárquicos no tienen acceso a la gloria mayor?

No es tan sencillo. Y no sólo –aunque el dato es concluyente- porque estén aquí Balzac y Molière. Es más bien una cuestión de tono. Paseando por esas calles de grava, cuyas curvas y pendientes favorecen la superposición de vistas y la confusión de términos, la luz otoñal que tamiza el ramaje de los castaños hace surgir a nuestro paso cuadro tras cuadro del pathos romántico más evidente e irresistible. Las puertas de los nichos aparecen abombadas por la humedad, fuera de quicio, comidas de óxido; sobre los hombros de las estatuas, en el brazo horizontal de las cruces, prosperan el musgo y los hongos como una leve plaga; de las grietas (el terreno debe ser expansivo: apenas hay tumba antigua que no esté rajada) surgen hoscos matojos de hierbas; las flores frescas de los muertos recientes tienden a parecerse, al poco de marcharse los deudos, a esas otras de latón pintado que una moda añeja impuso en su día. Nos encontramos en un reino sobrecargado de símbolos y estremecimientos, bien lejos de cualquier noción de orden o autoridad jerárquica.

Lo importante, lo verdaderamente característico de este lugar es que ese pathos aflora a pesar de la visión nacional del mundo, radicalmente antipatética, que lo sustenta y lo ha hecho posible. Que los túmulos que se quisieron depositarios de severa dignidad aparecen ahora arrebatados por un afán sentimental que habría espantado a los dignos inquilinos. Y así, sólo así queda representada con justicia la Francia que es alimento espiritual de todos nosotros. Porque –como sucede en su gran arte, el que nos interesa- esa pasión que desdeña y expulsa del campo de visión reaparece a escondidas para salvarla in extremis, iluminándola subrepticiamente desde dentro, de la muerta perfección del mármol opaco.

Al poco rato de empezar ya está uno agotado de ir plano en mano buscando las celebridades, así que se abandona al azar (y cuando sale y mira la lista se pregunta por qué no vio a Max Ernst, al terrible Raymond Radiguet o a la condesa Waleska). Ni siquiera ha conseguido encontrar el columbario 16.258, en que reposan las cenizas de Maria Kallogeropoulos (un lío, créanme: la imponente estructura original apenas da para ocho mil, y el resto anda desperdigado en sótanos), ante el que le habría gustado dejar alguna flor previamente robada con todo el cariño.

De modo que paseando casi sin mirar el plano le van saliendo al paso muertos de los que jamás se habría acordado, como el préfet Haussmann, o Georges Seurat, muertos anónimos (muchas familias chinas y coreanas entre las tumbas recientes), muertos inesperados (Rossini, de quien no puede evitar la sospecha de una última pirueta: no daba la impresión de que estuviera allí de verdad ese gordo liante) y muertos que nos conmueven sin que sepamos por qué (Francis Poulenc, tan modesto, en una esquinita).

Sobre la lápida de Proust había una sola flor, fresca del día; sobre la de Jim Morrison (que el viajero, contagiado del afán mitómano y la torpeza de unos americanos desorientados, anduvo buscando sus buenos cinco minutos), una lata de Bud que no lograba elevarse a símbolo de nada –el demoníaco cantante la habría desdeñado con un bufido, seguro. La pobre Marie Trintignant está anegada en flores, y a uno se le revuelve el estómago de imaginarla apaleada hasta la muerte. Las tragedias recientes conservan una capacidad de emoción que las antiguas han perdido; el horrible, estúpido accidente de Isadora Duncan no nos provoca ya más que una sonrisa torcida.

En un café

Cuando uno se pasa la vida mirando a la gente que pasa por su lado, a veces le vienen regalos como éste. Ya estaba sentado cuando llegué; confieso que fue el libro, antes que nada, lo que me llamó la atención. No puedo evitarlo, me es imposible ver a alguien con un libro en la mano y no tratar de averiguar el título -mucho más si en una terraza parisién se me viene a los ojos la inconfundible portada en gris punteado de los vetustos clásicos de Austral: en la foto no se aprecia, pero se trata de La Divina Comedia.

Lo miro ejecutar los nimios gestos necesarios –abrir el sobrecito de azúcar, menear el café- con distraída eficacia, apartando la mirada sólo lo imprescindible del libro que sujeta muy cerca de la cara (yo tengo el mío sobre la mesa), y trato de imaginar su vida. Es evidente por su manera de estar, por el aire de hábito antiguo de sus movimientos que no es un visitante sino alguien que pertenece a este lugar. Seguramente baje al café todas las mañanas a la misma hora; las camareras le pondrán su tacita nada más verlo llegar, sin preguntarle, y se preocuparán si un día de lluvia no aparece. Podría ser, por edad, un exiliado político, o tal vez vino más tarde a buscarse la vida (otras posibilidades más placenteras no encajan mucho con el vecindario). En el tiempo que le ha tocado vivir es difícil que no haya perdido alguna batalla, pero no es, ni mucho menos, un hombre derrotado.

En la corrección gastada de su traje, en el cuello limpísimo de la camisa pero también en la delicadeza de su postura sin aristas reconozco esa forma superior de elegancia –no radicada en el desdén, sino en la dulzura- que es privilegio de pocos, casi siempre de alguna edad, y que viene de la conformidad con uno mismo y con el mundo. Cada mañana, ante el espejo, este hombre se remata cuidadosamente el nudo de la corbata por nada ni nadie en particular, porque así es como debe ser.

Hay algo de extremadamente frágil en él, más allá de lo físico, algo que me ha hecho sentir levemente avergonzado de robarle una foto. Sentado ahí, solo, en una terraza, leyendo a los clásicos como si el caos a su alrededor no pudiera alcanzarlo, como si bastara girar la cucharilla con parsimonia de ritual olvidado para conjurar todos los horrores. Pero al mirarlo alejarse calle arriba –a la vez, o a pesar de o precisamente por esa fragilidad-, sabemos que los pandilleros de Belleville podrán mirarlo con aire amenazante y le dirán incluso alguna barbaridad al pasar, pero jamás le tocarán un pelo de la ropa. Que los dioses te protejan, dulce anciano.


Paseando por París, II

De noche, en torno al Pantheon

Impresionante experiencia la de rodear este soberbio edificio, de noche, por los espacios vacíos sabia y severamente graduados que le dan respiración, aceptar poco a poco el concepto de escala monumental que sólo esta ciudad maneja con tanto rigor (porque Roma es otra cosa, Roma simplemente lo engulle todo en su enormidad). A veces me viene la idea de que si la Historia del Arte no la hubiesen escrito ingleses y alemanes enamorados de Italia, estos logros franceses ocuparían un lugar más importante…

… pero en seguida se me pasa.

Paseando por París, I

En los Jardines del Luxemburgo

Siempre atento a las costumbres forasteras, el viajero observó que en París la gente se sienta en torno a las praderas verdes, nunca en el interior.



Los frailes tienen algo que provoca la sonrisa instintiva. Uno, particularmente, no puede evitar recordar una obrita rijosa de Paco Nieva que vio representar hace unos años en el Cervantes; pero incluso sin tener la mente podrida, hay que reconocer que son un elemento infalible de comicidad.

Melancolía real

Es justo y conveniente haber llegado a este lugar por la puerta de atrás, a través de una calle secundaria. Cuando meses más tarde nos demos cuenta (suele ocurrir) de que nuestro hallazgo está mucho más a mano de lo que nos había parecido, habremos de convenir que el Boulevard Hausmann no es muy propicio al tono sentimental que el monumento requiere –no se nos ocurre, bien pensado, ningún tono sentimental al que sea muy propicio el Boulevard Hausmann.

Un rasgo vagamente moderno, entonces, una extraña bóveda acanalada vista al pasar entre los plátanos de un parquecito es lo que ha tirado de la atención del viajero, que como no iba a ninguna parte en concreto se ha dejado llevar sin resistencia. El monumento, una vez que se consigue una vista de conjunto, se revela más clásico de lo augurado, sin mucho más que un barniz de esas inquietantes geometrías utópicas que produjo, más en papel que en piedra, la Ilustración. Lo que tiene de más particular el sitio no es sin embargo este o aquel detalle de estilo, sino un aire general de melancolía inescapable, densa, tangible que uno, por más que se conozca las trampas de la memoria, está convencido de haber detectado antes de completar la media vuelta y ver el letrero explicativo. Estamos, hora es de decirlo, en el Square Louis XVI, y el monumento es la llamada Capilla Expiatoria, homenaje tardío a la pareja real guillotinada.

En 1815 el rey Luis XVIII mandó exhumar los restos de sus desdichados antecesores, enterrados en el cementerio de la Madeleine. ¿Cómo se pudieron distinguir en el desorden del osario común? Bien, ya que se requiere una cierta dosis de buena voluntad para fiarse del ciudadano que años antes marcó el lugar exacto, preferimos abandonarnos del todo a la mitomanía y seguir a Chateaubriand:

Au milieu des ossements, je reconnus la tête de la reine par le sourire que cette tête m’avait adressé à Versailles

Los huesos fueron al Panteón Real en Saint Denis, de manera que lo que aquí se conmemora es una presencia efímera e incierta: la sombra de una sombra, si se quiere seguir en vena lírica. Asomado a la cancela cerrada, torciendo el cuello para alargar la vista, el viajero trata de imaginar cómo resonarían sus pasos en ese patio cerrado, semisecreto, de una elegancia superior y reticente. Es una lástima, desde luego, no poder entrar, pero por otro lado resultaría de todo punto inadecuada la presencia de visitantes, no por un sentido de intimidad violada ni desde luego por nada parecido a un carácter sagrado, sino simplemente por la incompatibilidad del entorno con cualquier atisbo de color o ruido. El cielo plomizo e igual, con vislumbres lejanos de lluvia, el crujir polvoriento de las hojas, la piedra áspera, parda de roña en los encuentros construyen un escenario de tristeza abstracta que no conmueve, que se degusta como un sabor no del todo placentero pero logradísimo. En la esquina al boulevard el escaparate en colores pastel de una lustrosa floristería parece escapar al tono de la plaza, pero sólo hasta que el letrero nos revela su coherencia última: Trousselier. Fleurs d’Art, Plantes Stérilisées, Fleurs Artificielles.


Una tan perfecta melancolía no necesita de contenido, pero pedirle al viajero que no verbalice sería tan inútil como pretender que no tratara de colar la cámara por una rendija para robar una imagen del interior. Mientras se agacha y estira el brazo en vano intento de atrapar la secuencia impecable de nichos abiertos en el lateral, da en meditar brevemente sobre la condición expiatoria de esta capilla, condición que se le antoja irremediable –y melancólicamente- fallida por la ambigüedad última del pecado que le da origen. La ejecución de Luis XVI y María Antonieta no es, desde luego, el tiranicidio clásico que los moralistas ennoblecen; las víctimas no eran monstruos sanguinarios ni estaban en posición de amenazar al pueblo. Sus figuras, en la memoria popular, han adquirido unos contornos más simpáticos que amenazadores, y no es difícil sentir alguna compasión por su triste final (mucho más trabajo cuesta convocar, a esta distancia, un odio republicano que en cualquier caso habría que desviar de la institución a las personas). Y sin embargo no hay ni la menor traza de arrepentimiento en la mirada atrás. Con toda su crueldad novelesca y sus notas macabras, la ejecución de los reyes se percibe (y no hablo sólo de los franceses, a esos efectos somos todos hijos de la Revolución) como necesaria: es el acto inaugural de nuestro mundo. La idea –que seguramente sea de amplia circulación pero que el viajero ha encontrado en La Ruina de Kasch, de Calasso- del regicidio como sacrificio ritual es tal vez exagerada pero tiene un potencial innegable para explicar el acto. Esa sangre tenía que derramarse para terminar con el Antiguo Régimen y echar a rodar la Historia, y tanto la expiación demandada como el propio rey restaurado que la reclama están teñidos del tono gris, desvaído –melancólico, sí- que distingue al simulacro.

Un americano en París

Qué decepción lo de Woody Allen en París. O no, porque tampoco esperaba mucho después de su desoladoramente tópica Barcelona. Sí, es un París visto con los ojos del ingenuo Gil y, cuando uno va buscando baguettes y clochards, clochards y baguettes es lo que encuentra. Pero coño, qué poco vuelo, qué mirada tan roma. Las postales del principio no son ni siquiera magníficas; Carrie Bradshaw se paseaba igual de tópica y embobada pero mucho mejor vestida y fotografiada (¿where arst thou, Gordon Willis?) que este americano nostálgico.