Sala superior de la Patisserie Christian, en Estrasburgo, sobre las cinco de la tarde. Alacenas de madera vieja, camareras con cofia de encaje, señoras mayores tomando su té con los pasteles fabulosos que se eligen de una vitrina de cristal en medio de la sala. Junto a mi mesa, una pareja que parece colocada allí ex profeso para despertar la curiosidad del viajero desocupado. Ambos, se diría, han pasado holgadamente los cuarenta. Elegantes, muy arreglados (como para ir al teatro; esta noche hay un estreno mundial en la Ópera del Rihn: Ion, de Param Vir; no parecen ese tipo de público, pero nunca se sabe).
Bien. Sigamos así. Datos, hechos, nada de hipótesis.
Él es guapo, incómodamente guapo. Pelo blanco ondulado (con una amplitud tan presuntuosa que en otro sería ofensiva); un bigote magnífico, también blanco inmaculado. Facciones rectas, talladas a cuchillo; unos ojos azul eléctrico de los que dan un poco de miedo (siempre he imaginado a los torturadores con esos ojos). Sentado, se le calcula un metro noventa. Traje azul muy bien cortado, corbata discreta.
Ella, alta también, no es tan hermosa. Su rostro recuerda al de Chrissie Hynde, tiene ese aire gastado, esa falta de brillo en los ojos castaños, un rictus de cansancio que le dibuja mínimas arrugas junto a los labios. Su mirada, vacía en el perfil que da hacia mi mesa, chispeaba sin embargo de adoración cuando, al entrar, la he podido ver vuelta hacia él.
Lleva un cuerpo negro de gasa, con transparencias en las mangas y un escote estrecho y profundo –no tiene mucho pecho-, con falda también negra, un poco por debajo de la rodilla (la chaqueta, enguatada, muy de señora, la ha dejado sobre una silla). Las medias oscuras de seda dibujan unas pantorrillas bien delineadas; el tobillo, fino de por sí, queda estilizado por un zapato escandalosamente bello (tacón de quince centímetros, una pieza cubriendo el talón sólo por detrás, una cinta alrededor del tobillo de la que cuelga una piececilla plateada, y el resto sujeción a base de tiras: unos zapatos de lujo que están gritando sexo a voz en cuello).
Su mano izquierda no se separa del muslo de él; la derecha abre y cierra la tetera, cambia de sitio las pastas, tamborilea, remueve el té…
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No están casados. Ya sé, ya sé, sólo los hechos; pero es tan evidente que no merece la pena discutirlo. Hablan en voz baja, tranquilamente, sin alterar el tono. Resulta imposible, desde mi asiento contiguo, distinguir una sola palabra. Aunque pudiera, no entiendo prácticamente nada de francés (lo cual, si se mira bien, rescata con cierta dignidad todo el asunto; espiar una conversación ajena tendría menos disculpa –y yo, esta conversación en concreto, la habría espiado, no me cabe la menor duda).
Al sentarme junto a ellos el hombre me ha mirado con hostilidad; no ha sido un gesto territorial, él no es de esos (además, no tendría sentido con una mujer que se lo está bebiendo con la mirada); más bien de alarma al notar mi curiosidad –vale, mi desvergonzada curiosidad- . No quería ser visto allí, con ella. Pero entonces, ¿por qué Christian, donde toda la ciudad va a tomar trufas al whisky el sábado por la tarde? Tal vez no fueran de allí (bien: ya que nos estamos abandonando a las hipótesis, trataremos al menos de ser objetivos y escrupulosos) ; tal vez esa mesa en un salón de té de una ciudad ajena era el primer sitio público en el que se dejaban ver. Con la excusa del estreno, quizás, habrían robado una tarde para ellos, para sentarse juntos a tomar unos pasteles como cualquier pareja.
Él habría preferido, estoy seguro, un sitio menos notorio. Sentarse precisamente allí suponía un gusto por el riesgo que se me antoja más propio de ella –su manera de acariciarle el muslo, de tomar posesión, orgullosa, un punto desafiante. En cualquier momento podría entrar un conocido que estuviera en la capital (que no resultaba improbable lo confirmaban las furtivas miradas a la puerta que él siguió lanzando incluso después de convencerse de que yo no era un detective inusualmente torpe). Juraría que a ella le habría gustado.
Pero nos habíamos propuesto atenernos a los hechos; en el tono de él había algo de tranquilizador, como de padre que intenta ahuyentar el miedo de su hijita a las pesadillas, más perceptible a medida que el nerviosismo de ella se iba haciendo patente en los pequeños gestos –era una dama, en ningún momento peligró la acolchada tranquilidad del salón. En un momento dado él le rodeó los hombros y comenzó a pasarle la mano suavemente por el brazo, confortándola (la estaba consolando, la consolaba de estarla abandonando, el cabrón...valevalevale, los hechos) . Sus rostros se acercaron, el murmullo cesó. Yo me sumergí ostensiblemente en mi libro, pero para el caso que le hacía lo podía haber sostenido al revés.
Me gustaría contar que se abandonaron el uno al otro, pero no puedo evitar verlo de otra forma. No es que él se zafara, ni mucho menos; ni uno solo de sus gestos traicionó, si la hubo, la menor inquietud o impaciencia; era ¿lo hemos dicho? un caballero. Pero no estaba allí, no del todo. Y ella, en cambio, parecía haber roto amarras: se abrazaba a él con voracidad, con impaciencia; recorría su cuerpo con la desesperación de quien no quiere saber que es la última vez.
Cuando me levanté a pagar la cuenta se había cerrado una especie de acuerdo. Con un tono mucho más animado –el tono de los hombres cuando hablan de sus juguetes- él le describía algo –el plano de una casa, un coche nuevo- dibujando con el dedo sobre la mesa. Ella asentía, distraída. Casi entusiasmado, echó mano a una cartera de piel que llevaba, para buscar un lápiz, imagino. Por primera vez lo vi torpe y atropellado; debía estar más nervioso de lo que aparentaba.
Me marché mientras él trazaba líneas sobre una servilleta, y pude atisbar de reojo la sonrisa desmayada de ella. En aquel salón de té, delante de una docena de pacíficos burgueses y de un viajero entrometido, había tenido lugar –elegante, civilizadísima, incruenta- una ejecución en toda regla. Para que luego digan que no queda pasión en la vieja Europa.