De los efectos de la música en el viaje ciclista (IV)

Nadie la culpe

Ni se les ocurra. Son rumores infundados, ganas de malmeter que tienen algunos. Ella es una gran dama, y es absurdo implicarla; el hecho de que fuera escuchando a Lucìa Valentini-Terrani no tuvo nada que ver con el accidente.

Una vez aclarado esto, recapitulemos. Había amanecido, por primera vez, nublado, pero el viajero, que es de natural positivo, se dijo que con esa luz el paisaje tendría otro color. Mirando atrás al salir de Riquewihr el cielo tenía en verdad unas tonalidades bellísimas.

Las arias rossinianas, con su punto juguetón, no podían ser mejor compañía para un ascenso duro pero asequible (con algún tramo a pie, claro); al ritmo marcial de Di tanti palpiti tuvo el viajero tal vez sus mejores momentos atléticos. Canturreaba incluso, saliendo de un estupendo bosquecillo para ir a dar al camino de Ribeauvillé, que domina desde lo alto la región de Colmar. El panorama, con el tenue velo de nubes dudando entre acabar o no de dejarse rasgar por un sol no muy convencido, era magnífico, pero tan amplio que no había manera de encontrar un buen ángulo, así que optó, ya que había parado, por retratar a su montura en un momento de reposo.

El descenso hasta la ciudad, en paralelo a un torrente de montaña, a tumba abierta (siempre en términos relativos), y ejecutando unas variaciones de Arsace de cosecha propia, habría sido un momento mucho más apropiado desde el punto de vista estético –si bien considerablemente más chungo desde cualquier otro- para el abrupto final que había de darse poco después en condiciones mucho menos dignas.

Pero las cosas hay que contarlas tal como ocurrieron. El viajero descabalgó en Ribeauvillé, recorrió sus calles con parsimonia, compró una lata de foie, admiró una tremenda secuoya que se eleva junto al campanario de la iglesia y retomó su camino, sin que ningún oscuro presagio viniera a alertarle de lo que le esperaba. No encontró el carril bici a la salida y tomó la carretera comarcal hasta Kintzheim, pueblo mucho más anodino que su casi homónimo que rodeó para enganchar, ahora sí, con el carril, que iniciaba un suave descenso hasta Châtenois. Iba pensando en el adelanto que llevaba, puesto que el libro de ruta aconsejaba almorzar allí y no eran más que las doce; pasó junto a una escuela de equitación, y vio unos bonitos caballos en la colina. No debió detener la vista en ellos más de dos segundos, pero cuando volvió a mirar adelante la rueda se había metido en el arcén cubierto de hierba. El resto es historia.

Adulterio con pastas

Sala superior de la Patisserie Christian, en Estrasburgo, sobre las cinco de la tarde. Alacenas de madera vieja, camareras con cofia de encaje, señoras mayores tomando su té con los pasteles fabulosos que se eligen de una vitrina de cristal en medio de la sala. Junto a mi mesa, una pareja que parece colocada allí ex profeso para despertar la curiosidad del viajero desocupado. Ambos, se diría, han pasado holgadamente los cuarenta. Elegantes, muy arreglados (como para ir al teatro; esta noche hay un estreno mundial en la Ópera del Rihn: Ion, de Param Vir; no parecen ese tipo de público, pero nunca se sabe).

Bien. Sigamos así. Datos, hechos, nada de hipótesis.

Él es guapo, incómodamente guapo. Pelo blanco ondulado (con una amplitud tan presuntuosa que en otro sería ofensiva); un bigote magnífico, también blanco inmaculado. Facciones rectas, talladas a cuchillo; unos ojos azul eléctrico de los que dan un poco de miedo (siempre he imaginado a los torturadores con esos ojos). Sentado, se le calcula un metro noventa. Traje azul muy bien cortado, corbata discreta.

Ella, alta también, no es tan hermosa. Su rostro recuerda al de Chrissie Hynde, tiene ese aire gastado, esa falta de brillo en los ojos castaños, un rictus de cansancio que le dibuja mínimas arrugas junto a los labios. Su mirada, vacía en el perfil que da hacia mi mesa, chispeaba sin embargo de adoración cuando, al entrar, la he podido ver vuelta hacia él.

Lleva un cuerpo negro de gasa, con transparencias en las mangas y un escote estrecho y profundo –no tiene mucho pecho-, con falda también negra, un poco por debajo de la rodilla (la chaqueta, enguatada, muy de señora, la ha dejado sobre una silla). Las medias oscuras de seda dibujan unas pantorrillas bien delineadas; el tobillo, fino de por sí, queda estilizado por un zapato escandalosamente bello (tacón de quince centímetros, una pieza cubriendo el talón sólo por detrás, una cinta alrededor del tobillo de la que cuelga una piececilla plateada, y el resto sujeción a base de tiras: unos zapatos de lujo que están gritando sexo a voz en cuello).

Su mano izquierda no se separa del muslo de él; la derecha abre y cierra la tetera, cambia de sitio las pastas, tamborilea, remueve el té…

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No están casados. Ya sé, ya sé, sólo los hechos; pero es tan evidente que no merece la pena discutirlo. Hablan en voz baja, tranquilamente, sin alterar el tono. Resulta imposible, desde mi asiento contiguo, distinguir una sola palabra. Aunque pudiera, no entiendo prácticamente nada de francés (lo cual, si se mira bien, rescata con cierta dignidad todo el asunto; espiar una conversación ajena tendría menos disculpa –y yo, esta conversación en concreto, la habría espiado, no me cabe la menor duda).

Al sentarme junto a ellos el hombre me ha mirado con hostilidad; no ha sido un gesto territorial, él no es de esos (además, no tendría sentido con una mujer que se lo está bebiendo con la mirada); más bien de alarma al notar mi curiosidad –vale, mi desvergonzada curiosidad- . No quería ser visto allí, con ella. Pero entonces, ¿por qué Christian, donde toda la ciudad va a tomar trufas al whisky el sábado por la tarde? Tal vez no fueran de allí (bien: ya que nos estamos abandonando a las hipótesis, trataremos al menos de ser objetivos y escrupulosos) ; tal vez esa mesa en un salón de té de una ciudad ajena era el primer sitio público en el que se dejaban ver. Con la excusa del estreno, quizás, habrían robado una tarde para ellos, para sentarse juntos a tomar unos pasteles como cualquier pareja.

Él habría preferido, estoy seguro, un sitio menos notorio. Sentarse precisamente allí suponía un gusto por el riesgo que se me antoja más propio de ella –su manera de acariciarle el muslo, de tomar posesión, orgullosa, un punto desafiante. En cualquier momento podría entrar un conocido que estuviera en la capital (que no resultaba improbable lo confirmaban las furtivas miradas a la puerta que él siguió lanzando incluso después de convencerse de que yo no era un detective inusualmente torpe). Juraría que a ella le habría gustado.

Pero nos habíamos propuesto atenernos a los hechos; en el tono de él había algo de tranquilizador, como de padre que intenta ahuyentar el miedo de su hijita a las pesadillas, más perceptible a medida que el nerviosismo de ella se iba haciendo patente en los pequeños gestos –era una dama, en ningún momento peligró la acolchada tranquilidad del salón. En un momento dado él le rodeó los hombros y comenzó a pasarle la mano suavemente por el brazo, confortándola (la estaba consolando, la consolaba de estarla abandonando, el cabrón...valevalevale, los hechos) . Sus rostros se acercaron, el murmullo cesó. Yo me sumergí ostensiblemente en mi libro, pero para el caso que le hacía lo podía haber sostenido al revés.

Me gustaría contar que se abandonaron el uno al otro, pero no puedo evitar verlo de otra forma. No es que él se zafara, ni mucho menos; ni uno solo de sus gestos traicionó, si la hubo, la menor inquietud o impaciencia; era ¿lo hemos dicho? un caballero. Pero no estaba allí, no del todo. Y ella, en cambio, parecía haber roto amarras: se abrazaba a él con voracidad, con impaciencia; recorría su cuerpo con la desesperación de quien no quiere saber que es la última vez.

Cuando me levanté a pagar la cuenta se había cerrado una especie de acuerdo. Con un tono mucho más animado –el tono de los hombres cuando hablan de sus juguetes- él le describía algo –el plano de una casa, un coche nuevo- dibujando con el dedo sobre la mesa. Ella asentía, distraída. Casi entusiasmado, echó mano a una cartera de piel que llevaba, para buscar un lápiz, imagino. Por primera vez lo vi torpe y atropellado; debía estar más nervioso de lo que aparentaba.

Me marché mientras él trazaba líneas sobre una servilleta, y pude atisbar de reojo la sonrisa desmayada de ella. En aquel salón de té, delante de una docena de pacíficos burgueses y de un viajero entrometido, había tenido lugar –elegante, civilizadísima, incruenta- una ejecución en toda regla. Para que luego digan que no queda pasión en la vieja Europa.


Estrasburgo. La Barrèe de Vauban

Esta pequeña pieza de ingeniería que se planta en la boca de entrada a la ciudad con una función muy definida de control portuario deviene, precisamente por la claridad, determinación y economía de medios con que se encaja en el lugar preciso, la clave de la organización del paisaje urbano.

Su presencia discreta proporciona arranque y sentido, define un límite permeable pero nítido, canaliza y sofrena las líneas visuales de fuerza que la ciudad dispara; el juego de los canales que se curvan, tensionados, hacia la catedral al fondo, y de los torreones repetidos en primer término que les quieren hacer de puertas, queda abrochado por este edificio-puente con una sobriedad que se ha perdido en gran medida desde que se separaron arquitectura e ingeniería. Su cubierta transitable es, inevitablemente, el punto de vista único desde el que la ciudad se entiende de golpe.

El interior nos depara sensaciones inesperadas. No por su resolución impecable de bóvedas cuadradas –pasillo central iluminado por las ventanas altas, nichos sombríos a ambos lados-, sino por el inesperado uso que alguna autoridad con un retorcido sentido estético le ha dado. En la penumbra de las estancias laterales se amontonan restos arquitectónicos –trozos de cornisa, capiteles, parteluces arrancados- pero sobre todo estatuas, figuras de todas las épocas, desgajadas de los edificios sobre los que vivían: gárgolas, evangelistas, victorias alegóricas, querubines, generales coronados de laurel. Cubiertas de polvo indestructible las cabezas y hombros, mutiladas o rotas en pedazos las más veces, pero incluso cuando enteras desprovistas de sentido, incongruentes y huérfanas en la delirante promiscuidad del almacén, se nos echan encima desde el claroscuro escenográfico, proyectando hacia nosotros –o eso creemos- sus muñones enguantados de materia negruzca.

La particular belleza del mundo de poleas, pernos y cadenas que pertenece al edificio y que está desde luego presente de modo insuperable queda así violentada por la escena granguiñolesca, tremendista, de folletón semanal en que nos sumerge sin esperarlo este trastero demencial, el tristísimo apartadero de las estatuas que nadie quiere.

Estrasburgo. Una jornada intercalada (II)

En la fachada oeste de la catedral una capa livianísima de piedra taraceada se superpone, ligeramente separada -como un viso transparente- a la pared de piedra, creando un precioso juego de sombras.

Nos detenemos en el pórtico ante unas figuras (en la foto, las vírgenes necias) de una viveza extraordinaria, dibujadas con mano firme y que poco deben a los clásicos; un tipo de belleza tan derecha y fina como se pueda pedir pero a la vez desenvuelta y graciosa.

Del interior, en cambio, nos queda para el recuerdo una columna con relieves que trepan en espiral, del infierno al cielo; una cosa retorcida, macabra y de una libertad feroz, en el polo opuesto de la expresividad delicada y lineal de las estatuas de fuera. Como en tantas otras ocasiones la Edad Media se nos aparece inmensa e inabarcable. Nos educaron poniendo el Renacimiento en el centro de todo y cuesta salir de ahí. Tantos maestros ignorados, tanta belleza que se nos escapa; a cambio, cada hallazgo, por trillado que esté para otros, nos supone una sorpresa absoluta.

Estrasburgo. Una jornada intercalada

La ruta marcaba un día de descanso en Riquewihr, teóricamente previsto para inspeccionar los bosques cercanos. Pero como la cabra tira al monte, el viajero cogió un autobús de buena mañana y se marchó a Estrasburgo a ver qué encontraba por allí (decisión providencial, como había de verse al día siguiente). Quedan de la jornada este parcial recorrido fotográfico, un puente con sorpresa dentro y un momento de cotilleo sublime, consignados más adelante.



De los efectos de la música en el viaje ciclista (III)

No hay nada que un par de berridos no puedan arreglar

A la media hora de recorrer con el sol de mañanita en la espalda caminos abisagrados entre el monte cubierto de bosques espesos y los viñedos en largo declive –la luz más hermosa, la perspectiva idónea, el ángulo en que el paisaje se revela del todo siempre están hacia atrás, lo que nos hace parar frecuentemente a darnos la vuelta y tratar de capturarlos, inasequibles a la prosaica certeza de que las fotos a contraluz no salen- decidimos, irrevocablemente, que el lamento coral del buen pueblo ruso no resulta en absoluto estimulante esta precisa mañana, así que el Boris Godunov queda reducido al ostracismo de su funda de plástico y el viaje continúa en silencio.

Y lo cierto es que se agradece el cambio, porque durante un buen rato podemos disfrutar del proverbial canto de los pájaros, del silbido del aire cuando se coge velocidad, del silencio sobre todo, ese silencio vibrante que los de ciudad desconocemos. Atravesamos ahora las grandes haciendas de vid, en las que la vendimia acaba de terminar dejando un rastro de virutas en los caminos y un olor fresco, punzante, levemente agrio en el aire temprano. En las colinas, los nombres de cada vinatero marcan orgullosamente la propiedad en enormes letras blancas, rectangulares, que nos traen a la mente el inevitable letrero de Hollywood.

Después de un largo paseo por Eguisheim, precioso pueblo que se abandona sin prejuicios a la tentación de hacer de sí mismo un parque temático, y tras intentar disolver un choucroute verdaderamente pantagruélico con un chute de calvados, probamos a reiniciar el esfuerzo con Madame Butterfly. Nada más salir, lo que la hoja de ruta define como a slight climb resulta ser, al menos a nuestros ojos, una pendiente del copón. Como no estamos aquí para ganar ninguna medalla, descabalgamos –si no con gallardía, sí con cierta desenvoltura- y emprendemos el ascenso a pie, bici a rastras, canturreando "nessuno si confessa mai nato in povertà, non c’è vagabondo che a sentirlo non sia..." hasta el que resultó el punto más alto del recorrido.

Desde allí, plácido descenso entre viñedos, un recorrido parsimonioso por un territorio que se nos aparece en las antípodas de las inmensas extensiones vacías de nuestra tierra: hipercolonizado, inervado por caminos de jerarquía cuidadosamente graduada, con pueblos cada cuatro o cinco kilómetros. Apenas salidos de cada uno, antes casi de que digamos entre dientes el siguiente nombre que la ruta nos marca –sabrosos nombres tudescos: Wettolsheim, Katzentahl, Wintzenheim-, se hace ya visible tras alguna colina el campanario que lo señala en el paisaje.

Fue precisamente Wintzenheim el mudo testigo de las expansiones líricas del viajero. Aunque en la comarca lucía aún el sol, la tarde estaba empezando a caer en la colina sobre el puerto de Nagasaki, y Giuseppe di Stefano (de quien no consigo que me moleste ningún defecto) se lo decía cantando a Victoria de los Ángeles, mariposa trémula y pequeñita. Nadie alrededor, un camino encajonado entre taludes; el viajero –aun consciente de que el papel donde siempre ha dado lo mejor de sí es el de Goro- empezó, primero tímidamente en la línea "E il bonzo furibondo…", que le sale muy bonita, sonriendo entre dientes, luego, con melosidad (meciendo la bicicleta al vaivén de la melodía) "Bimba dagli occhi pieni di malia…" y animándose poco a poco (acelerando también, pasando sin fijarse mucho por un puente, unos graneros, las primeras casas) hasta que ya desmelenado terminó berreando "È noootteee seeeereeeenaaaa" bajo la mirada atónita de un empleado que reparaba un poste eléctrico en la calle principal del pueblo.

Imaginando risotadas de niños o ancianas llamando a la policía tras los postigos entornados, con la cabeza gacha y las orejas coloradas, el viajero súbitamente vuelto a la realidad se escabulló por el primer camino que encontró –y que por pura suerte resultó ser el bueno, para no parar ya hasta Kientzheim, villa amurallada y señorial donde pudo reposar el ánimo, olvidadas ya las veleidades canoras.

Observaciones nimias

Guebwillier. Publicidad psicotrópica

En Guebwillier, en el escaparate de una tienda de licores, vimos unos viejos anuncios de absenta que habrían encantado a Georges Perec, tan aficionado a estas nimiedades. A falta de su pluma-tiralíneas, el lector se tendrá que conformar con una descripción aproximativa: en el primero de ellos, sobre un letrero en blanco –letras cuadradas, con la irregularidad del trazado a mano (EXTRAIT D’ABSINTHE 72º) aparece una versión vacilante del autorretrato de Van Gogh (¿por qué pensarán los malos dibujantes que esas líneas onduladas son fáciles de copiar?) que aparentemente quiere representar una embriaguez progresiva: a la cabeza original que mira a la izquierda con ojos inyectados en sangre y expresión alucinada –uno se pregunta si no podían haber elegido otra representación más ajustada de la sobriedad- se unen otras dos: una de frente (en realidad unos tres cuartos semicubistas, seguramente porque el dibujante no atinaba con el giro) que se ha puesto completamente roja, y una tercera (evidente calco simétrico de la original) del color verde y aspecto descompuesto que tendría el cadáver de Vincent si lo sacaran del agua después de cinco días.

Del otro hay dos versiones, masculina y femenina: en ambas, sentados a una mesita redonda, comparten la bebida (sin mirarse, como en dos planos de existencia) los depravados de ayer y de hoy. El de los caballeros no sorprende demasiado: el bigotudo y sonriente boulevardier del XIX tiene su contrapunto en el hombre de negocios próspero y bien trajeado que mira su vasito verde, si acaso, con un poco más de spleen. Pero el de las señoras es extraordinario: para hacer pendant con la mujer perdida del pasado (evidentemente extraída del cuadro de Degas, y por tanto insondablemente triste) el dibujante ha pergeñado uno de los retratos más desagradables que el viajero ha podido ver en su vida: falda negra hasta las rodillas (las piernas cruzadas permiten ver el inicio del muslo), blusa blanca, media melena oscura, la mujer del siglo XX (que podía haber sido orgullosamente viciosa, retadoramente libre) exhibe un rictus de corrupción tal, una mueca tan definitivamente asquerosa que uno casi se ve impelido a arrojarse en los brazos del Ejército de Salvación.

No sé si esa publicidad primitiva funcionará, en lo que sería una sutileza inconcebible, por puro espíritu de contradicción; el hecho es que, de haber estado abierta la tienda, nos habríamos llevado con gusto varios litros del brebaje maldito.

De los efectos de la música en el viaje ciclista (II)

Wagner en la Ruta del Vino

Para el segundo día el intrépido viajero decidió que era la hora de la épica. Recorrer esas carreteras apacibles y provinciales adecuando el paso cansino al ritmo de las trompas wagnerianas tenía un no sé qué de insensato y desproporcionado que le resultaba irresistible, por más que fuera consciente de estar tentando a los dioses.

Lejos del perfecto acoplamiento del día anterior, la jornada se convirtió en una sucesión de altos, bajos y desencuentros, de pasajes soberbios en que el color de la orquesta, el ritmo de las luces y la cadencia de los pedales parecían encajar milagrosamente; de rutinarios trozos de salmodia indistinta acompañando tramos anodinos de carretera, pero también de lugares de arrebatada belleza (una fila interminable de viñas sobre el talud rojo oscuro, las cabezas peinadas por el sol oblicuo; la llanura amarilla entrevista a través de los árboles negros a contraluz) que demandaban en vano una de esas explosiones de dolorosa intensidad que esconden aquí y allá las obras del teutón.

Fue un día de contratiempos, de pequeñas y absurdas desgracias que en el universo cristalizado de Mozart habrían resultado implanteables. Mientras Mime rezongaba interminablemente en su fragua, el viajero iba y volvía hasta tres veces buscando el carril que discurre junto al río Lauch, y una vez encontrado lo remontaba en sentido contrario, hasta encontrarse frente a un cruce con semáforos y autobuses de colegio, en la circunvalación de Colmar de donde había partido hora y media antes; el teléfono móvil se quedó olvidado en alguna cuneta entre el primer y el segundo acto; hubo un nudo (Wotan y Alberich se jugaban el destino a juegos que se pretendían sutiles) en que recorrió al menos un kilómetro de cada una de las variantes erradas antes de dar, por agotamiento, con la buena.

Pero hubo, entre todos, un momento extático: Sigfrido se perdía en la evocación de los padres que no conoció, arrullado por el vaivén hipnótico de las cuerdas, grave y preñado como un mar de fondo, del que un violín primero y después el pífano arrancaron, como naciendo lentas y solemnes del mar, esas canciones más antiguas que el mundo que habían de conducir al héroe a matar dragones y conquistar doncellas rubicundas. Un paso por detrás del canto heroico, la orquesta, solemne y transida, se adaptaba como un lento aluvión a las mínimas variaciones en la pendiente y el pedaleo, de modo que el viajero pudo, con sólo retenerse unos segundos, iniciar el descenso hacia el riachuelo que se cruzaba en su camino, bajo los árboles que entrelazados ocultaban el cielo –dejarse ir, el aire en la cara, el súbito frescor-, abandonándose, tanto como a la gravedad, al empuje del estallido orquestal.

Y al remansarse la ola sonora, en esa serenidad post coital con que cierra W. sus expansiones –coincidiendo exactamente con el momento de pérdida de impulso, cuando hay que empezar a pedalear pero todavía no- una muchacha toda de negro en un caballo blanco –lo juro, lo juro- surgió de entre la espesura y cruzó por delante suyo para perderse en el bosque. Sin aliento, tratando de recuperar la pedalada, no pudo evitar pensar que a veces la vida parece escrita por un guionista (y no de los mejores).

Más tarde, los primeros compases del Idilio de Sigfrido llegaron, con su dulce invitación al abandono, a rescatar al viajero exhausto, que había dejado el piñón en la posición "ya-todo-me-da-igual, que-me-adelanten-las-viejas-a-pie, yo-sólo-quiero-morirme". No es que cobrase fuerzas milagrosamente (para eso habría hecho falta al menos el primer acto de Turandot), sino que encontró el delicioso placer de dejar correr las cosas sin que nada importe

Llegando ya al final de su etapa, tras haber escuchado los dos primeros Erwache –que por una vez cumplieron estrictamente su función, espabilándolo de la modorra nihilista- el viajero se permitió un rodeo semivoluntario para entrar al hotel en medio del glorioso despertar definitivo. Pero don Ricardo, como todo el mundo sabe, tenía graves problemas para resolver: por más que se retuvo, el viajero se quedó al final, como Mansilla, sin escuchar el último Erwache.

Museos ejemplares

Colmar. Grunewald en Unterlinden

En un ensayo breve y luminoso, Oscar Tusquets abominaba de las grandes pinacotecas a favor de las colecciones pequeñas, los recoletos museos provinciales. A su lista exquisita (la Frick Collection, la Querini Stampaglia, la casa-museo de John Soane) quisiéramos añadir este museo alsaciano. Montado en torno a una de las obras imprescindibles del arte occidental -el retablo de Isenheim- no queda sin embargo fagocitado por ella. Las piezas de estatuaria medieval están expuestas con tino y criterio; al contrario que en otros lugares, se resienten lo imprescindible de estar separadas del contexto arquitectónico gracias a una colocación que sugiere con sutileza la relación espacial entre ellas y con el edificio ausente, y desde luego algunas de ellas aguantan fabulosamente el primer plano para el que no fueron concebidas.

En la galería de dibujos encontramos uno portentoso de Mathias Schongauer, un diseño de piezas litúrgicas en que la curva que engarza los eslabones de una cadenita dejada caer al desgaire está conseguida con una naturalidad que uno mataría por conseguir. Del mismo Schongauer, entre las decenas de figuras de un retablo que figura como obra de taller, nos fijamos en los rostros de una Virgen y Santa Ana; al salir, tuvimos la inocente satisfacción de verlos reproducidos en postal.

El retablo de Isenheim es una pieza compleja, de paneles móviles superpuestos; para exponerla en su totalidad hay que desvirtuarla, pero se puede hacer bien o mal, y en este caso el acierto ha sido completo. En primer lugar, la descripción del estado original es impecable, con modelos reducidos que el visitante puede accionar sin problemas para hacerse una idea de la disposición litúrgica. Después, la exposición (que ocupa una iglesia desacralizada) coloca los paneles en alto sobre tarimas equivalentes al plinto original, y en sucesión a lo largo de la nave, de manera que se puedan rodear y a la vez imaginarlos uno sobre el otro.

Se estaba desarrollando un proyecto universitario de análisis y restauración de las tablas. En cualquier otra parte eso habría significado un cartel en la puerta, la decepción y el bueno, siempre habrá una próxima vez. Aquí, con total naturalidad, la experta trabajaba, subida a un discreto andamio de madera, en torno a treinta centímetros cuadrados de la Crucifixión. Uno podía incluso curiosear en su trabajo, que consistía –al menos en el rato que yo estuve- en mirar fijamente. Por lo demás el resto de paneles podían verse sin mayor problema.

La parte estatuaria, dispuesta detrás del altar, en el lugar donde iría el retablo, ha sido completada recientemente gracias al empeño de la dirección del museo en reunir las piezas dispersas. Uno, francamente, no tiene palabras para describir la extraordinaria viveza, el realismo, la humanidad de este grupo escultórico –una Natividad- que se aleja por igual del hieratismo que de la tosquedad costumbrista. Nada deben a su vinculación con las maravillosas pinturas de Grunewald; por sí mismas serían también consideradas como la obra maestra que son.

Pero volvamos a las pinturas. Lo que hace de Grunewald un caso excepcional es, en mi opinión, la manera radical y particularísima que tiene de expresar lo sobrenatural. Es cierto que en los primitivos podemos encontrar a menudo un parecido sentido del milagro, pero esas auras, rayos, nubes sólidas existen sin violencia en el espacio pictórico medieval de fondos monocromos, organizado jerárquicamente y con simultaneidad de acciones.

La apuesta de Grunewald es mucho más complicada. Pensemos en todo el repertorio italiano contemporáneo. La progresiva conquista del espacio tridimensional, con las consiguientes exigencias en cuanto a escalas relativas y grados de visibilidad; el refinamiento en la definición de los objetos bajo la luz natural e incluso los criterios teóricos emergentes han arrinconado casi sin proponérselo los viejos efectos medievales, conduciendo inexorablemente a lo que llamaremos una representación realista del milagro, en la que la aparición de lo sobrenatural queda mostrada por sus resultados, reducida por así decirlo a su estricta materialidad: de una ascensión al cielo no veremos más que el hecho físico de que los pies se despegan del suelo; del resucitado de Emaús sólo adivinaremos su condición por los rostros sorprendidos de los comensales

G. en cambio no concibe lo sobrenatural si no es como absoluta extrañeza. Fijémonos en el panel de la Resurrección: si el milagro subvierte las leyes de la naturaleza, el cuadro no puede regirse por ellas. No basta con que veamos al Cristo con vida: eso sólo es milagroso si sabemos previamente que ha muerto; ni siquiera el representarlo levitando resulta suficiente. Aquí es el universo entero con sus leyes el que se vuelve del revés en un instante y un lugar concreto.

Sin embargo –esa es su apuesta inédita y su logro insuperado-, el milagro debe encajarse en el espacio pictórico recién conquistado; no cabe la vuelta atrás, a los primitivos. Sabemos lo que sabemos y debemos usarlo. No me parece casual que los soldados caídos recuerden a los ejercicios de geometría desnuda de un Paolo Ucello. El escorzo complicadísimo de la figura en segundo término es un alarde –necesario- de capacidad y conocimientos. Está proclamando el aquí y el ahora desde el que se plantea el cuadro, cortando las amarras con el pasado y sus facilidades.

El centro del cuadro es la bola de luz intensísima que flota en el aire. No se trata, como parece al primer golpe de vista, de algo que aparezca e ilumine al Cristo; es del propio Cristo de quien surge: de hecho, su rostro aparece anegado en luz hasta el punto de difuminarse, y la posición de las manos en el borde de la esfera las presenta como generadoras, modeladoras incluso de ella en el sentido más físico.

Esta explosión súbita y cegadora en medio de la noche es, evidentemente, el único foco luminoso de la escena. Si nos fijamos en los cuerpos de los soldados abatidos o en los simples volúmenes de la tumba abierta, veremos que efectivamente los planos que miran hacia arriba o atrás están iluminados fuertemente, y quedan en sombra las partes inferiores y opuestas a la luz. El fondo, al estar más alejado del foco, se pierde en una penumbra espesa; todo ello tal como corresponde, como no puede ser de otra forma; parece superfluo hablar de ello siquiera.

Pero ¿qué ocurre con la figura central? El modelado (que debería ser más violento si cabe al estar junto al foco ubicable geométricamente en la cabeza) es casi inexistente: una leve sombra apenas en muñecas y rodillas testimonia lo difícil que es a pesar de todo olvidar completamente los códigos de representación. Pero el hecho es que el cuerpo aparece desmaterializado, translúcido, empapado de una luz que le sale de dentro.

Es el sudario que lo envuelve el que, al revelarse en claroscuros como sería de esperar bajo el fogonazo, consigue anclar al plano material esa figura que de lo contrario se disolvería. Pero lo que cede al realismo en el tratamiento de las sombras lo entrega a lo milagroso en su inexplicable cinética. El lienzo no aparece sólo tensionado por la súbita ascensión (si así fuera, el tramo inferior colgaría inerte), sino atravesado en su totalidad por un viento giratorio que no viene de ninguna parte, que arremolina la tela en torno al cuerpo flotante y hace que el otro extremo se retuerza en horizontal hacia atrás, pero que si nos fijamos bien no afecta a los ropajes de los soldados ni a cualquier otro elemento del cuadro. Un torbellino ascensional, se diría, que se contiene en sí mismo.

Habrá que esperar al visionario William Blake (más poeta que pintor, en cualquier caso) para que el mundo sobrenatural vuelva a manifestarse con semejante fuerza y falta de complejos. Después, Max Ernst y sobre todo Magritte supieron beber de la misma fuente, aunque los tiempos eran muy otros: la impronta intelectual que es gloria y condena del arte en el siglo XX subvierte el efecto de extrañeza sacándolo del mundo físico para introducirlo en los escenarios –más elusivos y sombríos- del interior de la mente.

De los efectos de la música en el viaje ciclista (I)

Mozart camino de Colmar

Desdeñadas las músicas descriptivas por su flagrante obviedad -no menos que por la complejidad de su coordinación con el mundo real: imagine el lector una provisión en MP3 de amaneceres, cantos de pájaros, repentinas tempestades-, y el repertorio local por un invencible desapego, el viajero optó por acompañar las jornadas de pedaleo con las mismas óperas que entretienen sus ocios caseros, en la esperanza de que el azar y la buena voluntad del oyente se encargarían de las adecuaciones.

La primera jornada buscó el patrocinio benéfico de Mozart: nada puede salir mal mientras estén sonando Las Bodas de Figaro. Desde la primera pedalada se confirmó el acierto; se diría que esta música fluida y exacta se nutriese de una afinidad subterránea con los ritmos internos del cuerpo, de manera que cualquier movimiento se acompasa sin violencia a su discurrir: lo habrá comprobado cualquiera que haya querido distraerse con ella de alguna tarea mecánica.

No es sólo, por tanto, que la trepidante obertura saludase los eufóricos kilómetros de inicio (que luego habrían de pagarse con agujetas), o que la Canzonetta sull’aria discurriera por un camino entre gavillas recién apiladas, con el sol tendido de la mañana de otoño arrancando resplandores amarillos y un aire tan delgado, limpio y fragante de humedad que uno lo sentía como un escalpelo bienhechor abriendo el camino hasta los pulmones. Es, más bien, que en todo momento pedaleo y música eran una misma cosa (un par de impulsos fuertes sobre E quello è tuo padre…, aprovechar la inercia mientras el grupito se hace eco bobalicón, suo padre… mio padre… y vuelta a apretar: E quella è tua madre che a tè lo dirà para dejarse ir otra vez: imposible –pruébenlo- ignorar esa pauta).

No es que uno quiera atribuir a Mozart propiedades taumatúrgicas, pero en el fondo no puede evitar pensar que si hubiera mantenido durante todo el viaje esa banda sonora no le habría ocurrido ningún percance. Ese día, de cualquier modo, llegó a Colmar a la hora prevista, se comió un soberbio risotto con setas del lugar y salió a explorar la ciudad con la sensación dieciochesca de que todo encajaba en el mejor de los mundos posibles (a pesar del pinchazo sostenido e inquietante de las primeras agujetas).