Perugia. El juego del revés

2. Fuera y dentro

En 1540, el Papa Paulo III, Farnese para el siglo, sofocó una rebelión de la nobleza perugina. En aquellos tiempos los gestos del poder eran de una enormidad que vista desde nuestro mundo parece pertenecer más al mito que a la historia. Al Papa no le bastó con el habitual baño de sangre: para borrar el recuerdo de la familia Baglioni mandó construir un castillo encima de sus casas, sepultando de camino un barrio entero de la ciudad. La Rocca Paolina levantó sobre la ciudad sojuzgada su masiva, oprimente metáfora hasta que otra vuelta de la historia la borró en cascotes (fue un Baglioni, como no podía ser de otro modo en esta tierra tan dada a la retórica, quien dio el primer golpe de piqueta). La visión de la ciudad desde la llanura sur es un cortado que se sube en zigzag, y lo cierto es que el ojo lo encuentra topográficamente creíble (no lejos de allí Orvieto, Orte, Cortona se organizan en plataformas sobre enormes muros verticales); nada en la vista de conjunto llega a evocar el barrio que un día trepó por la ladera casa a casa.

A. nos cuenta con aire misterioso (tiene el gusto local por las sorpresas preparadas con cuidado) que su abuelo le hablaba de una ciudad enterrada a la que se entraba por un portillo, un lugar de fábula que los niños compartían en secreto.

-Ahora, con los trabajos recientes han aparecido los restos, y los han dejado visibles.

Aparcamos a media ladera y subimos a la ciudad vieja por un acceso flamante, un mundo de escaleras mecánicas hábilmente insertado en el talud. Con gesto descuidado nos señala una entrada en la roca y de repente nos vemos en una calle medieval prácticamente intacta: el adoquinado, las fachadas palaciegas de piedra, todo bañado en una luz amarilla y trémula, como de antorchas, y en lugar del cielo abierto unas tremendas bóvedas de cañón. Esperábamos alguna traza de muro, el contorno quebrado de alguna casa, el habitual esfuerzo contemporáneo por poner en valor la ruina a base de pasarelas de trámex e iluminación de diseño, y en cambio nos encontramos un milagro.

Al parecer los ingenieros papales eran gente práctica que no se tomó como literales las terribles órdenes de enterrar el barrio: movidos, diría, más por sentido común que por misericordia, se ahorraron una cantidad ingente de relleno montando una estructura que aprovecha los muros de las casas enemigas para sustentar la plataforma superior. La traza de las calles, por tanto, se mantiene en la cubierta abovedada, aunque no del todo; inevitablemente hay giros y encuentros que buscan la solución más sencilla, y entonces la bóveda salta con toda naturalidad hasta algún apoyo interior. El resultado es de una belleza complicada, arquitectónicamente perversa, en que no hay fuera ni dentro: como en las geometrías trucadas de Escher, las ventanas se asoman al interior mires desde el lado que mires.