Perugia. El juego del revés

3. Arriba y abajo

Los palacios de la parte alta se encabalgan en el terreno de tal forma que, por más que uno se lance a bajar escaleras en busca de los sótanos, siempre acaba saliendo a ras de calle (de una calle, por cierto, que reconoce, pero que se antojaba lejanísima, en el otro extremo). Esta complejidad en las secciones enriquece enormemente unos edificios que se resisten a encajar en el modelo clásico de capas sucesivamente más nobles: aquí descender no tiene el significado jerárquico que en otras partes.

Tampoco es fácil ni directo el disfrute de las vistas: el mirador principal no se abre desde la calle, hay que atravesar un mundo de plataformas para el desembarco de ascensores y un mercadillo de artesanías para acceder a él; más tarde, trepando por las últimas calles que trazan sus curvas de herradura contra la parte más escarpada, nos colamos por inercia fisgona en una casa en obras, y nos encontramos de repente, abierta a nuestros pies, la espléndida campiña umbra que la ciudad tercamente nos ocultaba.

Hay una casa como todas las demás por la que, bajando unas escaleras, se accede a un pozo profundísimo, del tiempo de los etruscos. Asomados a la negrura desde la pasarela no podemos evitar pensar, metidos ya en la dinámica de trampantojos y sorpresas, que si pudiéramos descender con ayuda de poleas encontraríamos una puertecita, un pasadizo, tal vez escaleras talladas en la roca, y apareceríamos de nuevo en la subterránea via Bagliona, o en los sótanos del Palazzo dei Priori, o en la Basílica de Asís.

No nos resignamos, con todo, a llamar teatral a esta ciudad. Teatral es Venecia en cuanto que desarrolla un simulacro perpetuo, un exponerse al público tan arraigado que hace imposible conocer, si es que existe, su verdad última; o Nápoles, que se interpreta tan a fondo a sí misma que a veces no se reconoce. Perugia es superficial en el sentido de que es toda piel, hasta en sus recovecos; es amante del gran gesto, barroca de espíritu aun cuando casi nada en ella sea barroco, más ilusionista que dramática. Busca más la sorpresa, el birlibirloque, el deslumbramiento instantáneo que la impostación larga y engañadora. Y tiene uno la sensación de que cuando le pille el truco la seguirá queriendo, tal vez con afecto más sólido, pero ya no será lo mismo.