A partir de su exagerada puerta monumental, Mahdia se organiza con sencillez en virtud de una geografía determinante: dos calles más o menos paralelas recorren la estrecha península a lo largo, abriéndose en adarves de cinco o seis casas. Un pueblo blanco, recogido, que sólo se asoma por ocasionales callejones al mar que lo flanquea por ambos lados. La muralla descomunal que ceñía el núcleo ha determinado hasta tal punto su desarrollo que, aun ausente desde hace siglos, hace sentir su presencia en ese volcarse hacia adentro de las casas.

Esta tarde de domingo en temporada baja Mahdia nos recibe con aire adormilado; los puestos de venta están cerrados y por la calle apenas se ve gente. Nuestro deambular (un poco acelerado, hiperactivo a lo largo del viaje) se contagia aquí de pereza y lentitud. Mahdia nos parece un pueblo limpio, recortadito, sin ningún monumento llamativo pero abundante en preciosos detalles: columnas encastradas y arcos ciegos en las fachadas, unas almenas de curioso diseño, alguna puerta claveteada con fantasía, unos pavimentos realmente preciosos. Apenas terminado el tramo del mercado nos encontramos en la pequeña Place du Caire: flanqueada de edificos nobles pero irresistiblemente recoleta y acogedora, ocupada por los veladores de un cafetín anónimo. Unos viejos juegan a las cartas a la sombra de los árboles, la radio canturrea el soniquete familiar del carrusel deportivo, el camarero en mandilón mira al infinito con una dignidad intemporal: ¿cómo no sentarse a tomar un café y esbozar unas notas?

Uno de los ejes se prolonga hasta el ribat, edificio de mediano empaque, hermano menor del que esta mañana hemos recorrido, fotografiado, dibujado con avidez en Monastir; y junto a él, esto sí único, los restos de las fortificaciones que destruyó la flota de Carlos V. Paseando entre socavones, cascotes, sillares reventados –si no fuera por la hierba tenaz, por los jaramagos que cubren la piedra, la batalla podría haber sido el mes pasado-, uno intenta calibrar (en metros cúbicos, en toneladas) el potencial de resistencia de esas defensas que aun reducidas a escombros se adivinan tremendas; se necesita un trabajo de destrucción formidable, una capacidad mecánica fenomenal, fuera de lo común para desmigajar todo esto a base de balas de cañón. Hay que imaginar una larguísima fila de galeones –pesantes, oscuros, empecinados- solapándose, acercando la línea de horizonte, estrechando en bahía el mar abierto; el estruendo continuo de las descargas, día y noche, el humo (la nube espesa, compacta, como una pared), el silbido de las balas al acercarse cortando el aire: el espanto sin concesiones de una máquina bélica superior a pleno rendimiento.

El sol empieza a declinar y las sombras a estirarse. Tal vez por eso al bordear el ribat hacia el mar y toparnos, desde un punto elevado, con el inmenso cementerio, no podemos evitar un estremecimiento. Las tumbas blancas, bajas y alargadas, sembradas en desorden por las colinas pero obstinadamente dirigidas al mismo punto, se nos antojan una flota innumerable dispuesta a zarpar en cualquier momento a cumplir quién sabe qué siniestra venganza.

En la playa, a pie de mar, tres peñascos ciclópeos, obstinados, de inservible geometría, restos desperdigados de lo que fue una primera línea de defensa, se dejan lamer por las olas con la resignación de quien se sabe viejo e inofensivo. Todo, en fin, induce a una placentera melancolía –no es lo mismo, no señor, evocar victorias que derrotas- que tiene su fácil remate, ya de vuelta por la carretera, en el café Sidi Salem. Descolgándose por el promontorio del ribat, el propietario se ha adueñado con buen tino de las mejores vistas, y con ellas de la escasa clientela extranjera. Un rato en esa terraza, mirando los últimos brillos del sol en el mar, con un zumo de frutas repugnantemente dulce, lo sume a uno en un estado beatífico en que tiende a darle todo igual.

Al viajero, que a pocos kilómetros de su casa tiene decenas de pueblos blancos que se miran de reojo en el mismo mar, con fortificaciones arruinadas y torres que nada vigilan desde hace siglos; con las mismas barcas pescando al copo, las mismas escolleras, las mismas parejas de jubilados europeos vestidos de colorines gastando idénticas losas del paseo marítimo y los mismos viejos jugando a las cartas en el casino forrado de arriba a abajo de los mismos azulejos, no se le ocurre sin embargo un lugar mejor donde estar un domingo por la tarde que este bendito pueblo de Mahdia.
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