¿Saben esa como urgencia que entra en los grandes museos de querer verlo todo y no tener tiempo, esa mala conciencia de ciudadanos cumplidores de sus deberes que nos impide saltarnos siquiera una sala? Pues en Lousiana no, en Lousiana todo lo contrario. Aunque no hemos visto nada aún, nos dejamos caer hacia el mismo borde de la playa sin ningún remordimiento, y si no llega a haber una de esas vallas ambiguamente traspasables que nos puso en duda sobre si se podía o no, nos habríamos sentado un buen rato en ese maravilloso embarcadero a mirar el cabrilleo del solete nórdico sobre el agua.

Los visitantes tienden a confluir en la loma, y no es de extrañar: en este museo que es todo él un lugar placentero, el suave declive verde que mira al mar es seguramente donde mejor se está. Hay familias que se han traído la comida (a nosotros no se nos ocurrió, pero la próxima vez sin falta) y están de picnic divinamente, los niños dejándose rodar cuesta abajo con esa torpeza y falta de gracia que tienen los niños nórdicos. Se ve que hay costumbre de venir aquí a pasar el día, que la cultura se toma como una parte más de la vida, sin solemnidades ni alharacas (nada menos danés que las alharacas y las solemnidades).

En la explanada de abajo hay sólo una pieza, pero ocupa su lugar con la naturalidad y certeza de quien ha estado siempre ahí: el espacio queda tan pleno y colmado que uno encuentra igualmente imposible moverla o poner cualquier otra cosa al lado. Y no es que sea un acierto casual: en el borde superior una figura de Henry Moore se recorta, nítida y exacta contra la línea de horizonte; al pie del talud de la cafetería, un par de enormes chapas oxidadas de Richard Serra parecen hacer de presa para una torrentera que baja del bosque (y uno queda convencido de que no es posible colocar una obra suya con mayor acierto); sentados en la terraza de arriba, tomando una Carlsberg helada, el móvil de Calder nos parece un maravilloso juguete para los niños que corretean alrededor.

Las galerías de la colección permanente se han organizado con la misma delicadeza y atención a la obra expuesta; hay ventanas y nichos que se abren expresamente para enmarcar o iluminar ciertos cuadros, hay lugares donde la cubierta se pliega y hace sitio a alguna pieza más vertical, hay un balconcito precioso, una cápsula de vidrio que enseña al paseante el jardín que queda al otro lado. Es una arquitectura discreta y noble, puesta al servicio del arte que contiene, y que a pesar de un cierto, inevitable aire de época envejece mucho mejor que los museos de autor tan deseados desde los ochenta por alcaldes de toda condición.

Solo, perdido en una sala de doble altura a la que inevitablemente se asoma uno primero desde arriba, el paseante filiforme y tristísimo de Giacometti enfila una diagonal de espaldas al estanque desbordante de vegetación que un ventanal de suelo a techo deja ver al otro lado. En ningún otro lugar del mundo hemos visto escultura alguna expuesta de manera tan exquisita y llena de sentido. Luego, al bajar, veremos otra figura extraordinaria de mujer, vitrinas con miniaturas, una cabeza portentosa; pero esa primera impresión del caminante es inolvidable.
En ese estanque y el jardín semisalvaje que lo rodea encontraremos más tarde una colección de arquitecturas efímeras: ejercicios en torno al tema de la casita en el bosque, unos mejores que otros pero siempre entretenidos de ver, donde los autores invitados –Aldo Rossi, Jean Nouvel- exhiben ego e ironía sin las cortapisas de los edificios verdaderos. Es reconfortante comprobar, como en Holanda, que no en todos los países se excluye a la arquitectura de la nómina de las Bellas Artes. En el ala de exposiciones temporales hay una muestra completísima sobre Jorn Utzon, auténtica celebridad en este país pequeñito que siente a sus escasos notables (Andersen, Viggo Mortensen, Laudrup) como de la familia. Entre cientos de dibujos, proyecciones y maquetas con los que entretenerse y aprender, nos quedamos con el recuerdo de un objeto fascinante que pasa por ser la semilla de la Ópera de Sidney: nada más que un trozo semiesférico de madera al que se le trazaron tres cortes excéntricos; las cuñas resultantes junto con los vacíos que dejan al extraerse, producen al combinarse los volúmenes de la famosa cubierta. Eso nos dicen, al menos, y no nos importa creerlo porque es sencillo y hermoso.

El reagrupamiento en la puerta, en torno a la tienda llena de fantásticos caprichos, se hace perezoso y gradual; cada uno se pega sus vueltecitas cuando cae en la cuenta de que no había visto esto o aquello. Lo cierto es que cuesta trabajo marcharse de Louisiana. Es posible que este país tenga un lado oscuro o menos admirable: hay rasgos que a nosotros nos cuesta entender, pero aquí desde luego no encontramos ninguno de ellos; aquí es donde, por así decirlo, el genio danés brilla sin sombra alguna, y a uno no le queda sino quitarse el sombrero.