Contrastes fluviales, II

2. El Mosela en sazón

Al día siguiente ha dejado de llover; el cauce del Mosela nos recibe medio encendido por un sol de otoño que les pelea el sitio a las nubes, y la prosa de los viñedos que trepan por las colinas en diagonales cruzadas nos gana sin esfuerzo para su causa. Nos encontramos en terreno conocido: esta tierra rojiza y estos viñedos son primos y vecinos de los que recorrimos en bicicleta un año antes.

El afán de exprimir las mejores vistas nos ha hecho trazar un plan enredoso: dejamos el barco en Moselkërn, antes de las esclusas, para tomar allí el tren que lleva a Treveris (Trier), pero con la intención de bajarnos en Bullay, donde la vía se aleja del Mosela; a partir de ahí, en cambio, es la ruta por carretera la que discurre a pie de río, y hemos leído una descripción del recorrido en términos tales que no sabemos resistirnos.

En Moselkërn todos los carteles indicadores, las fotografías en los escaparates, los nombres de bares y tiendas apuntan al imponente Burg Eltz. Sin embargo el viajero, por torpeza inaudita o conjura de los espíritus, es incapaz, en un rato largo de paseo con la vista hacia lo alto, de localizarlo en parte alguna. Aunque encuentra a cambio, tras una tapia forrada de trepadoras que brillan en una fantástica gama de rojos, el recoleto, inesperadamente hermoso cementerio local, empieza a ganarlo la sospecha de que el día de hoy no se va a adaptar al plan con la suavidad de los anteriores.

Una hora más tarde, en la estación de Bullay, se confirma la impresión de que habíamos estirado en exceso nuestra confianza en la red alemana de transportes. Existe, sí, el autobús a Trier, pero tarda más de seis horas. El conductor, italiano y amabilísimo, nos ayuda a trazar un plan de emergencia absurdo pero viable: llegar hasta Bernkastel-Kues y allí retomar el tren del que imprudentemente nos hemos bajado. Como ya no queda más remedio, nos atenemos a lo que recomienda De Quincey en caso de incendio: una vez hecho todo lo posible, relajarse y gozar del espectáculo.

El día, magnífico desde el principio, se ha ido refinando hasta lo milagroso. A las seis de la tarde hay una cualidad exaltada y exhausta en el iluminarse las cosas como desde dentro, una incandescencia templada que otorga plenitud de existencia única a cada brizna de hierba. La carretera va cruzando de una a otra orilla para buscar cada pueblo; no hay grandes perspectivas, roquedos abruptos ni cortados verticales en los que abismar la mirada: sólo, entre las cosas y uno, un aire adelgazado, tenue, exquisito, y en las vísceras una alegría ininterrumpida por estar el mundo tan bien hecho.

Bernkastel resulta ser un enclave pintoresco, simpaticón, centro de un turismo interior bullente y atrafagado, por el que el viajero, un poco fuera de lugar, camina como metido en una campana de silencio; en espera del tren (bueno, del autobús local que nos llevará al tren) el tiempo nos alcanza para dar un último paseo por la ribera. La calidad de la tarde aguanta aún: es un prodigio lo que hace esta luz con las fachadas, y uno sigue haciendo fotos aun sabiendo que lo más importante se perderá en la química siempre fallida, y que estas notas alcanzarán tal vez a evocar lo que uno sintió o pensó, pero nunca la realidad de ese día irrepetible.

Para eso nos haría falta Vermeer.

El Deutsches Eck

El punto donde se encuentran Rhin y Mosela (difícil a simple vista decir cuál es el afluente) queda señalado por la mole del Deutsches Eck, un promontorio natural que fue utilizado por el kaiser Guillermo I para levantar una especie de altar de la patria, en un lugar que vinculaba su figura con los legendarios Caballeros Teutones. Es el clásico monumento con mala fama; siguiendo la pista del cliché encontramos en alguna parte que en 1930, el escritor Kurt Tucholsky ya decía que el lugar era demasiado bello para el monumento del “Rincón Alemán”, “un adorno de tarta gigante”, un “montón de piedra deforme”.

No nos parece justo ese fácil desprecio repetido (de ahí que nos hayamos tomado el trabajo de indagar). Llegando por el paseo ya nos ha impresionado, y desde el río aún mejora su imagen, menos forzada. Las proporciones son magníficas, el trazado de la explanada lo encontramos hábil en su juego de líneas convergentes, y los detalles, de mucha calidad (hay unos amarraderos impresionantes). La estatua es verdaderamente enorme; no sé si es buena escultura: con ese tamaño no le hace falta. Transmite poderío, grandeza, una enorme energía en reposo que uno no querría despertar. No es Abu Simbel, pero desde luego consigue sobradamente su objetivo.

La monumentalidad pura (recordemos que para Loos sólo la tumba y el monumento eran, por no funcionales, el lugar de la arquitectura como arte) es una de las cuestiones que el Movimiento Moderno no supo resolver: es significativo que hasta bien entrado el siglo XX los distintos mausoleos, altares patrios, monumentos a las victorias o derrotas hayan adoptado lenguajes eclécticos, con la mirada más bien hacia atrás.


Tenemos a nuestra disposición no solamente las herramientas de lenguaje abstracto y desnudo que convienen a este tipo de temas, sino un poderío técnico jamás soñado, y sin embargo no acabamos de resolver la cuestión monumental: tal vez es que nos falta fe.

Mainz. Tribus urbanas

El teatro es otra muestra de esa desenvoltura arquitectónica con que tratan aquí el patrimonio: en el cascarón del edificio barroco se ha incrustado, amenazando con reventarlo, un artefacto de cristal iluminado de neones rosas y celestes, más pinturero que hermoso pero desde luego de gran efecto. En sus escalinatas se ha reunido un grupo lo bastante amenazador como para que el paseante trace una prudente diagonal hacia el otro extremo de la plaza. Al pasar un rato antes los había visto llegando a la reunión; ahora que están en pleno festival, la incongruencia de los cánticos sorprende al oído: el repertorio años treinta, el acompañamiento de acordeón, la afinación más que aceptable hacen pensar antes en señores de cara colorada vestidos de verde caza y tremenda jarra en mano que en esas crestas e injertos metálicos, en el olor a meado y los cascos rotos por el suelo.

El nexo entre un mundo y otro es, claro, el nazismo, pero sólo caemos en la cuenta al cabo de un rato, porque lo cierto es que no vemos por dónde pueden encajar, ni siquiera superficialmente, la brutalidad desharrapada y más bien de boquilla de los seguidores de Sid Vicious con la barbarie bien real, ordenancista y almidonada de Martin Bormann y su gente. Pero en fin, una vez asumida la inconsistencia vital de esos desgraciados, ignorantes de que ellos serían, de triunfar el horror que jalean, poco más que carne de cañón, y como uno siempre ha tenido tendencia a rellenar huecos de manera que las historias encajen, la letra en alemán del clásico O bella, ciao llega a sonarle al oído predispuesto algo así como Ein volk, ein Führer.

A la parada de autobús llegan dos de ellos: desgajados del grupo dan mucho menos miedo; los ciudadanos normales dan un pasito atrás de forma maquinal, pero sin perderles la cara ni mostrar nerviosismo. Ahora que podemos individuarlos vemos que coexisten en el grupo tendencias muy distintas: uno de los dos es el prototipo de bestia rubia de mirada estólida, un armario tan ancho como alto erizado de puntas que celebra con risotadas de paleto las ocurrencias del otro, un dandy de guardapolvo de cuero con flequillo rubio que le cae sobre la cara en un arco redibujado. Basta un vistazo para saber quién haría carrera en el IV Reich y quién se dejaría matar en las primeras algaradas.

Otros dos miembros se acercan; tres, en puridad, porque la pareja lleva en un carrito de los años cuarenta a un bebé sonriente envuelto en harapos. Son más del tipo postnuclear: trapos recosidos de arpillera tintada, maquillaje Sioux, tornillos por toda la cara. El chaval no tiene interés ninguno, se le ve un aire entre bovino y disperso, pero ella es otra cosa: de rasgos afilados, bastante guapa, bella incluso si conseguimos obviar el desaliño, los andares forzadamente hoscos, la rata que le corretea entre el hombro y el escote. Tiene ese tipo de presencia callada y digna que domina sin esfuerzo las reuniones; no habla mucho, pero la conversación empieza pronto a girar de modo natural en torno a sus graves gestos de aprobación y a sus miradas que dejan adivinar una ironía despiadada.

Uno se pregunta qué hace una muchacha así metida en semejante situación, cargada a su edad con un bebé y un hotentote, participando de unos ritos de tribu en los que es muy difícil, con sólo mirarla a los ojos, creer que tenga fe. Y aunque trata de no juzgar, de aceptar que la vida es rara y enmarañada y pocas veces se pliega a nuestras ideas preconcebidas sobre lo que es una existencia feliz o aceptable, lo cierto es que está lejos de conseguirlo, y que al verlos bajarse del autobús rumbo a lo que sea que tengan por casa no puede evitar mirarlos con lástima, aunque sólo sea por lo que se les viene encima.


Haciendo justicia

Mainz. Un paseo rebañado al planning

La infinita disponibilidad de trenes le permite al viajero esquivar una tarde poco prometedora en Koblenz (ciudad sin gracia donde las haya) y llegarse a cenar a Mainz, que había quedado eliminada del itinerario por un prejuicio poco contrastado.

La primera impresión que se lleva uno, en el paseo de la estación al centro, es que la ciudad de Gutenberg sigue teniendo una gran afición por los libros: la densidad de librerías (de ocasión, exquisitas, multimedia, temáticas, abiertas de noche…) es abrumadora incluso para los estándares alemanes, y eso basta desde luego para encariñarse sin remedio con el lugar. Va uno atravesando galerías comerciales y espacios peatonales animados de un bullicio considerable. No es fácil orientarse hacia la ciudad vieja; mientras en otros sitios ha bastado salir de la Hauptbanhof y seguir el reguero de gente en marcha hacia el único polo de atracción, aquí la actividad ciudadana se ramifica y enreda de forma natural, cada uno a su labor. Nada de parque temático, pues.

Ni de cartón-piedra. La misma estrategia de presentación del recinto histórico a base de negarle la condición de recinto, con una operación de apertura de grandes plazas conectadas nos habla de una mano firme y valiente en el diseño urbano. No es que falte la reproducción meticulosa de las casitas de juguete, pero está muy restringida al circuito del viejo mercado, y aun allí el caserío aparece entreverado de piezas medievales realmente conservadas sin mucho emplasto, y de intervenciones contemporáneas mejores o peores pero bien decididas y rotundas (hay un conjunto residencial de los 70, magníficamente salvaje, con una cubierta de chapa que se va plegando hasta el suelo). Y esta falta de prejuicios a la hora de superponer y mezclar no parece que venga de ahora: la catedral (ya en origen muy bastardeada y zarandeada por otras guerras) aparece ceñida de un conjunto de viejas tiendas amansardadas a la francesa, de modo que se nos hurta la fachada y se marca la entrada por un lateral, donde un pórtico de ingenua pureza románica da la impresión de haber aterrizado por casualidad.

Para la inacabable lista de cosas que uno se dejó sin ver, o (en la versión positiva) de motivos para volver, anotamos aquí la iglesia gótica de St. Stephan, donde Marc Chagall dejó poco antes de morir unas maravillosas vidrieras de las que tuvimos noticia demasiado tarde.

Contrastes fluviales

1. El Rin como escenario

Si quisiéramos apoyarnos en la eficiente muleta de las oposiciones diríamos que, de los dos ríos que confluyen aquí, el Rin es el más salvaje y abrupto, el más novelesco tal vez con sus castillos entre la bruma y sus meandros escenográficos; el Mosela sería, en cambio, el apacible y luminoso, el de lento discurrir, representante de una cierta joie de vivre. El primero, así, habría de recorrerse en actitud intensa, un tanto impostada, concentrando la atención en encuadres dramáticos y golpes de claroscuro que se presumen irrepetibles. El segundo, por su parte, pediría sosiego, lenta conformidad, posición horizontal. Y desde aquí, dejándonos deslizar por la pendiente de las caracterizaciones someras, resultaría casi inevitable adjudicar, a favor de la geografía, identidad francesa a uno y alemana al otro. El contraste no da, sin embargo, para tanto. Una formulación más ajustada (si bien menos apta para apoyar en ella un ensayo de cierto vuelo) lo dejaría en que el Rin es, en estos tramos, el más plácido de los ríos arriscados, y que el Mosela en su encuentro con él dibuja el recorrido más bravío entre los amables.

Como queriendo confirmar los estereotipos, el día destinado al Rin amanece ominosamente nublado y rompe pronto, nada más salir, en aguacero. Indiferente a las molestias, el viajero permanece en cubierta, semirresguardado, registrando la aparición de los castillos de opereta trepados a los riscos en encuadres sucesivamente perfectos, (la manta de agua los aleja, difumina y ennoblece). Tienen estos hermosos paisajes un algo de artificioso que seguramente resida (la naturaleza ha de ser por fuerza inocente y ajena a tales lucubraciones) en el peso acumulado de cierta mirada romántica; como los poetas de pelo alborotado, el Rin quiere ser sublime sin interrupción, y la sensación de urgencia se va retroalimentando de forma que si hay aguacero el cuadro pide rayos y truenos, y si escampa, cañones diagonales de luz entre los nubarrones preñados. A la postre uno encuentra más satisfactorias, más en su sazón las gamas duras de plomo sin reflejos que se despliegan entre el cauce y el cielo; o los destellos vibrantes, temblorosos que el sol, cuando asoma, arranca de las cubiertas de pizarra en los pueblos de ribera.

Si fuera un wagneriano entregado encontraría uno sin duda el modo de estremecerse de pasión estética en el lugar donde las leyendas nacieron: nada más fácil ni apropiado que haber dispuesto la banda sonora ad hoc y dejarse, frente a la peña de la ninfa Lorelei, enredar como Alberich por el canto iridiscente de las Doncellas del Rin. Demasiado apropiado, de hecho. Reticente a tales entusiasmos, el viajero ha preferido prescindir por hoy de acompañamiento musical.

¿O se le ha olvidado meter el CD en la mochila?


La tarde pasada en Friedrichsbad

Un folleto de los baños termales de Friedrichsbad abandonado en la pensión Astoria de Frau Porth basta para hacer tambalearse los planes hasta entonces estrictamente cumplidos. El viajero, mirando la fotografía de esa piscina cubierta por una cúpula más palaciega que catedralicia, no encuentra ninguna razón de peso para no llegarse esa tarde a Baden Baden y darse el capricho.

La ciudad, claro, habrá conocido mejores tiempos, pero vista así de refilón, llegando al atardecer y fuera de temporada, se le encuentra un brillo sofocado y como la promesa vaga de lujos y elegancias de otra época; una promesa a salvo de decepciones siempre que no se nos ocurra indagar. Camaleónico como es uno en sus gustos y criterios, decide para esta tarde ser un firme e intransigente defensor del mundo de ayer. Así, caminando en busca de hotel, la mirada descarta por igual la obscena evidencia del actualmente llamado comercio de lujo y la indignidad de los restaurantes franquiciados, para detenerse en algún que otro escaparate de camisería o accesorios sobrevivientes de tiempos más refinados.

Una vez instalados –hemos encontrado un hotel aceptablemente suntuoso y convenientemente venido a menos, perfecto para el tono de la tarde- se plantea la alternativa entre uno u otro de los baños; como están cerca, nos llegamos a echar un vistazo y realmente no hay color: uno no se explica cómo puede nadie preferir la monstruosidad postmoderna en vidrio azul de las llamadas Caracalla Thermae, por más adelantos que prometan, teniendo al lado el Friedrichsbad original, un trozo de vieja Europa a su disposición. Hay que confesar sin embargo una cierta decepción a la entrada: las áreas públicas del edificio carecen casi por completo de gracia, y no precisamente por estar demasiado tocadas, sino más bien por una desnudez color marfil que no favorece a una arquitectura sin duda pensada en su día para soportar alfombras, colgaduras y lámparas.

Pero la zona de baños es una maravilla. Tiene, para empezar, los mecanismos de ducha más bonitos del mundo: hay una elegancia imposible de encontrar hoy día en esas tuberías vistas de latón atravesadas de clavijas y válvulas, en esas enormes alcachofas, en las palancas larguísimas que abren y cierran el agua con un arco horizontal de mucho más empaque que el mero girar un grifo: sólo en los anticuarios de Tribeca, que venden despojos de edificios art deco, ha visto uno piezas lejanamente parecidas.

El sistema se anuncia un tanto pomposamente como Römisch-Irischer baden, y despliega, en unas detalladas instrucciones, la secuencia correcta que uno debe seguir para obtener los efectos salutíferos deseados, combinando la sabiduría de los antiguos romanos con una tradición irlandesa cuya existencia el viajero ignoraba hasta la fecha. Lo mejor es que esas instrucciones están incorporadas al recorrido en mosaicos de un gusto delicioso, suspendido entre el pompier académico y las primeras, tímidas estilizaciones geométricas.

Empieza uno obedeciendo con escrupulosidad y entusiasmo, sometiéndose al calor de las saunas progresivas con cara de póker, hasta que se asoma al último recinto, que nominalmente está a 68ºC, y sale corriendo de puntillas sin preocuparse casi de salvar la dignidad. A partir de ahí se dedica a enredar sin respeto alguno por la ordenanza, entre piscinas a distintas temperaturas, bajo hermosas bóvedas pintadas. Los efectos salutíferos tal vez se pierdan al no seguir la secuencia, pero a quíén le importa eso. Sólo abandona la majestuosa piscina central cuando empieza a arrugársele la piel igual que de niño. Al final, después de un chapuzón en agua helada (esa parece ser, leeremos después, la aportación irlandesa) nos aguarda una sala de altos ventanales con pesados cortinones que fabrican un silencio cálido, una oscuridad acolchada y acogedora; enrollado en tres vueltas de sábana de hilo crujiente, relimpia, el viajero, que siempre ha sido refractario a toda técnica de relajación mística o civil, ha de reconocerse a sí mismo que está muy bien esto. Pero que muy bien.

El culto de la ruina

Con Heidelberg ocurre que nos resultan mucho más interesantes las vistas cruzadas desde las colinas de alrededor que el paseo por el casco. No es que la ciudad vieja esté desprovista de interés, ni mucho menos (anotamos una plaza cuadrada fenomenal al extremo, el pinturero edificio de la Biblioteca, unos magníficos comedores universitarios en el mismo edificio de la mensa medieval que nos dan el deseado sentido de continuidad histórica), pero basta enfilar la primera callejuela de subida en herradura para que la visión cambie del todo. La ciudad vieja, atrapada entre el río y el cortado, tiene una forma neta y definida que se hace entender muy bien en la distancia media: uno reconoce casi los escaparates frente a los que ha pasado un rato antes a la vez que controla el conjunto como si estuviese inclinado sobre una maqueta.

En un descanso de la subida al castillo aprovechamos para aprender un poco de historia: había ya una estructura en 1303, que fue sufriendo ampliaciones y refuerzos durante el medievo tumultuoso hasta terminar convertido en un gran edificio renacentista, que en el siglo XVII fue destruido dos veces, la segunda por Luis XIV. Lo que vamos a ver es una inmensa ruina, y no es por dejadez que se mantiene así. En algún momento del siglo XIX la ciudad reunió por fin fondos para emprender la anhelada reconstrucción de su monumento más señero. Sin embargo para entonces, y en gran parte por influencia de Goethe, la mole a medio derrumbar se había erigido en símbolo romántico. En torno a ella se desarrolló un culto a la ruina que visto con perspectiva nos resulta muy endeble intelectualmente, pero que inevitablemente prendió en esos corazones bávaros tan necesitados de estímulo estético. La presión de los intelectuales convenció a la autoridad de que era mejor dejarlo así.

Ejecutado en la misma piedra rojiza que los edificios nobles de la ciudad -una piedra porosa, poco grávida, que confiere a las fábricas un punto irreal, como de modelo en arcilla- el castillo es un objeto fragmentario hasta la exasperación, y no sólo por su estado; las épocas se superponen a capricho, sin que sea posible leer e interpretar la secuencia de construcción y destrucción. Tremendos estribos, farallones a medio quebrar se alternan con tramos de fachada exquisitamente labrados; hay arcos sobre medios arcos, ventanas que no dan a ninguna parte, una casucha sobre la base de un torreón caído. Como no hay dentro ni fuera, siguiendo el recorrido del foso cuajado de vegetación se puede sin problemas (se podría, si no hubiera barreras para poder cobrar una entrada) pasar al otro lado de una muralla que es de todo menos inexpugnable.

Clavado en medio de ese ambiguo foso, un enorme trozo de muralla patéticamente desgajado de su estructura se constituye en alegoría del paso del tiempo: su posición, sólo puede definirse en términos sentimentales. Mirado de cerca resulta estar cosido con grapas de acero para mantener su integridad, en una perversión estética de tal calibre que nos arranca la carcajada; esos dispositivos se usan para aguantar en pie estructuras precarias: es frecuente verlas en las torres medievales italianas, agarrando las esquinas, pero en un fragmento ya caído no lo habíamos imaginado siquiera.

Visto que no vale mucho la pena bajar al foso, nos alejamos del castillo hacia los jardines, que por sí solos habrían valido la subida, como la valen también las vistas anguladas del castillo a media distancia o las del puente, el río y la ciudad desde el borde. En esta atmósfera cargada de humedad los verdes son de un jugoso que dan ganas de morder. Contra el fondo del bosque, casi negro a pleno día, unas arcadas dibujan con perfil premeditado la más sutil invitación al desparrame sentimental: el simulacro extiende su influencia hasta la naturaleza, pero no consigue penetrar mucho. La increíble potencia del paisaje frena, limita y enmarca el pathos romántico, poniendo por así decirlo cada cosa en su sitio.

Heidelberg. Un paseo poco filosófico

Cuando por la mañana consultamos el plano vemos que hemos ido a instalarnos prácticamente en la embocadura de subida del celebrado Paseo de los Filósofos. El barrio tiene a la luz del día mejor aspecto aún que la noche anterior. Aunque tenemos a nuestra derecha el camino recto nos llama la atención, al lado opuesto, un mercadillo de frutas, delicatessen y comida preparada, y ya puestos no podemos resistirnos a dar una vueltecilla por las calles semipeatonales; hay, no sólo en las casas hermosas y bien puestas sino en la misma configuración de adarves que distribuyen a tres o cuatro propiedades, en la red de plazoletas o en un comercio local que no es llamativo pero que ofrece sólo, a poco que se fije uno, calidades superiores a precios bien altos, un agrado plácido y en sordina, un ronroneo de vida acomodada y satisfecha. Aunque luego verá al borde del Neckar auténticas mansiones, el viajero piensa que es aquí donde le gustaría vivir si tuviera que quedarse un tiempo.

La subida es preciosa, entre muros cubiertos de hiedra, árboles de buen porte y edificios nobles; uno, que de vez en cuando se pone exigente, echa de menos sin embargo una luz mejor: ya que el sol no ha comparecido, habría querido un ambiente más decididamente otoñal. Desde luego con las hojas doradas y rojizas esto tiene que ser abrumador, sobre todo una vez que se alcanza el nivel del paseo y empieza a abrirse el panorama. Es uno de esos lugares en que tanto como las vistas vale el color del aire, el frescor, los olores de hierba jugosa y tierra húmeda; no cuesta imaginar a los sabios profesores dejando vagar sus cansadas mentes por esta arboleda, pero no le parece a uno que las ocuparan precisamente en cuestiones metafísicas: todo aquí predispone a las ensoñaciones sensuales -si es que no se tiene a mano con quién llevarlas a la praxis.

Las aspiraciones que pudieran quedarle al viajero de parecer un tipo singular se desvanecen nada más abrir el bloc de dibujo: apenas ha hecho ademán de sacar punta y ya tiene a su derecha a una japonesa con un cuaderno mucho más grande y un estuche de lápices de colores que harían morirse de envidia a más de un profesional. ¿Cuál es la probabilidad? ¿se trata de un caso extremo del famoso espíritu de imitación? Si en vez de dibujar se hubiera puesto uno a recoger hierbas aromáticas ¿habría sacado ella unas tijeras de podar de la mochila? Mirando a su alrededor se da cuenta de que hay más dibujantes, y profesores que pasean entre ellos manos a la espalda, haciendo breves comentarios: ha topado con una academia itinerante.

Al menos no se le ha sentado al lado el chaval de la acuarela, que en cuclillas al pie de un árbol ha clavado en diez minutos una perspectiva que uno mataría por resolver con la mitad de firmeza y claridad (sin hablar del color, para el que siempre ha sido un negado); la señora de la izquierda no supone, sin embargo, amenaza alguna. De hecho, en cuanto el encaje ha empezado a tomar forma la dificultad principal consiste en agradecerle con inclinaciones de cabeza sus repetidos elogios –para mayor seguridad se mantiene en un danke schön estereotipado, no vaya a ser que hable español como Gwyneth Paltrow. Precauciones vanas, porque aunque es tímida como una florecilla en lo que se refiere a la conversación, no se arredra a la hora de llamar a una compañera para que le haga una foto al dibujo, que ya que anda por Japón poca cosa será pegarlo aquí.


Heidelberg. Ventajas de no ser organizado

Para cuando se quiere dar cuenta, el viajero se está bajando del tren en Heidelberg a las nueve de la noche y sin hotel. Una serie de gestiones caóticas por teléfono lo llevan a quedarse, por eliminación, con el que no está junto a la estación ni en el centro, sino en un lugar indefinido del plano. No le hacen falta, sin embargo, más que un par de minutos después de que el taxi lo deje al borde de una calle peatonal para dejarse conquistar por la buena pinta del vecindario: casas blancas de amplios ventanales que dan a caminos semiprivados de gravilla, una placita cubierta por la copa de un árbol antiguo, farolas de luz amarillenta.

Frau Porth, que por teléfono había hecho gala de un magnífico inglés –con esa pronunciación que uno no puede dejar de encontrar inquietante después de oírsela a tanto nazi en las películas- resulta ser, vista en persona, no diremos el sueño de un narrador de viajes, pero sí una baza segura para alimentar estas notas. Unos cincuenta años, pelo muy corto, rizado, delgadísima y con el tipo de ropa inverosímil (por mal combinada) que se ponen las alemanas cuando les da el punto, llama sobre todo la atención de su cara un como tic nervioso que tiene, un ojo que le tira hacia arriba. Tanto sus maneras como la propia casa –en la que muebles de calidad conviven con horrores de mercadillo- hablan de una familia burguesa venida un poco a menos, reducida sin mucha resistencia a vivir de alquilar habitaciones. Si hubo un Herr Porth no hay rastro de él ni en fotografía.

El viajero, que no es especialmente paranoico, nota ciertas alteraciones en el comportamiento de la señora, pero aunque ahora le divierta exagerarlo no ha llegado a pensar en serio que pudiera entrar en su cuarto por la noche con un hacha ni cuando le ha mandado callar con alguna brusquedad mientras rellenaba los impresos (los alemanes, ya se sabe, si hacen dos cosas a la vez se aturrullan), ni cuando ha decidido categóricamente que esa noche no valía la pena salir (tampoco es grave, le ha dicho que sí pensaba dar un paseo y se ha aguantado sin más), ni cuando se le ha disparado el ojo explicando que el cuarto tiene ducha pero no retrete porque alguien ha atascado la cisterna.

Por si faltaran motivos de regocijo, la habitación resulta ser espléndidamente impráctica: un tresillo completo para recibir visitas, un ventanal de tres metros con espesos cortinones, ni rastro de televisión, el baño dividido en dos estancias (sobre el inodoro un cartel escrito con letra crispada y abundancia de mayúsculas incluye la palabra kondoms subrayada tres veces: una silueta con bucles y un hacha levantada pasan momentáneamente por la imaginación del viajero). Está muy bien, piensa mientras busca sin éxito una percha, organizarse y tenerlo todo estudiado de antemano, pero así jamás daría con estos sitios.


Bamberg. Recorridos paralelos

La ciudad de Bamberg es tal vez la más sólidamente monumental que nos vamos a encontrar en nuestro itinerario. No es precisamente un conjunto homogéneo: hay aquí una irrupción del barroco que nada tiene que ver con el caserío tradicional; sin embargo, los palacios italianizantes, de proporciones generosas y colores cálidos se funden sin dificultad con las fachadas de ese medievo tardío, próspero y burgués tan propio de la zona. A uno no le cabe duda, a estas alturas, de que las ciudades absorben tranquilamente las diferencias estilísticas y las superposiciones de distintas épocas. Por alguna razón se tiende a pensar que el siglo XX supone una ruptura, que una fachada blanca y sin molduras de Adolf Loos o la última chifladura de Peter Cook no pueden, por esencia, empastarse en un conjunto urbano antiguo (y sí, curiosamente, entre sí, por distintas que sean); pero no es más que cuestión de tiempo, como entenderíamos plenamente si nos pudiéramos retrotraer a cualquier momento intermedio de la ciudad y oir los comentarios en las tabernas sobre las novedades de la hora (aquí, concretamente, esto implicaría además probar la cerveza local, con un extraño sabor ahumado al que uno podría acostumbrarse).

Al final, sin embargo, siempre hay una época que marca más que otras, y esta ciudad es decididamente barroca; no resulta ajeno a ese espíritu (aunque difícilmente pueda atribuirse a intención planificadora) el hecho de que la enorme catedral no se vea prácticamente desde ningún sitio de la ciudad vieja. Uno va subiendo calles en pendiente curva y se la encuentra de golpe en una revuelta, como quiso Bernini que se llegase a la columnata de San Pedro (sin imaginar la obviedad de perspectiva que iba a perpetrar Mussolini siglos después).

La Domplatz es uno de los espacios urbanos más elegantes y logrados que uno haya visto, y sin tener ninguna de las características académicas (no hay perspectivas forzadas, ni simetrías, ni curvas y contracurvas) resulta también, por el manejo de la escala, por la proporción, por la alternancia de vacío y lleno, del más puro y genuino barroco, a pesar de no serlo la mitad de los edificios que la conforman.

Subiendo por la izquierda de la Residenz se va a parar a un barrio poco transitado, de buenas casas, desde el que se inicia el descenso por un lugar en verdad encantador, un jardín urbano llamado Domgrund que se encastra en un nivel intermedio de la ciudad, a los pies de la catedral y de espaldas al rebullir de la Altstadt. El bucle que hemos tomado por el reflejo instintivo de no repetir camino de vuelta nos ha sacado del circuito, y a escasos metros de las calles por las que subimos hace un rato nos encontramos en otra ciudad, menos fastuosa pero mucho más agradable de pasear. Nunca dejará de llamarnos la atención lo que hace el turismo con las ciudades pequeñas; no podemos, por un prurito de honradez, quejarnos de un fenómeno del que formamos parte (porque si bien uno prescindiría sin pena del engalanamiento, de las tiendas de recuerdos y el adelgazamiento de la vida urbana, sí que reclama hoteles y restaurantes, e impone su mera presencia como uno más de los causantes). Soluciones sencillas no hay; se trata de encontrar un equilibrio siempre delicado y precario, y lo único que sabemos a ciencia cierta es que eso no se puede forzar.

Regensburg. El pasado en las trazas

La llamada Ruta Romántica es un pernicioso recorrido de pueblos medievales reconstruidos de manera minuciosa, encarnizada, en ocasiones ridícula, ahogados en la pulcritud almibarada de sus enseñas comerciales, sus vigas pintadas, sus gallardetes, invadidos de ese comercio de objetos encantadores (velas de olor, juguetes antiguos) o directamente obscenos (armaduras, panoplias) que, al renunciar de plano al cliente local, señala inequívocamente la muerte de la ciudad como tal, convertida en expositor de sí misma. El viajero, alertado por un folleto que rescató en casa paterna, se propone eludirlo en favor de ciudades mayores en las que la mezcla de usos y habitantes mantenga el tono vital.

No quiere ser uno demasiado radical en sus condenas: esas cosas, tomadas con la debida distancia, tienen su punto; lo que ocurre es que ya tuvimos, el año anterior en Alsacia, nuestro encuentro con un pintoresco europeo tal vez no tan reconcentrado como el alemán pero en cualquier caso de digestión tan pesada como los codillos asados que a uno y otro lado del Rhin lo acompañan. Y que aunque a estas alturas ni se nos ocurre proclamarnos adalides de una autenticidad inexistente, lo cierto es que aún aspiramos, con la mayor de las modestias, a encontrar tonos, sabores, reminiscencias –y tantas capas de melaza acaban por ahogarlos.

Con ese criterio en mente, y Frankfurt como punto final, trazamos una ruta más al norte empezando por Regensburg (Ratisbona), villa de vago prestigio danubiano, adornada de lejos con esa pátina culta que se concede a las ciudades universitarias. Llegamos de noche, y ya en el primer recorrido en busca de hotel, bajo una suave llovizna, nos quedamos con su belleza discreta y elusiva, más de trazo que de color.

Al salir por la mañana, como suele pasar, no reconocemos nada de lo que vimos por la noche. La gravedad nos lleva hacia el Danubio (que no tiene en la ciudad el protagonismo esperable) por una red de calles en que el pasado medieval se hace vivo de la mejor manera posible: no en la reconstrucción empeñada (y a la postre imposible) de cada edificio, sino en la memoria misma del trazado, en el juego de los pasajes y los jardines semipúblicos; memoria más viva y fiel, paradójicamente, cuando el planificador ha alterado la trama sin que le tiemble el pulso, abriendo aquí y allá espacios de desahogo dentro de las manzanas o conectando donde es necesario para el tránsito; si estas operaciones se hacen, como es el caso, con conocimiento de las leyes complejas que han gobernado el crecimiento de la ciudad, ésta las encajará con naturalidad y se beneficiará de ellas, como el árbol que agradece una poda sensata. El problema viene cuando (escarmentados de otras podas desconsideradas) las tijeras se usan para cortar toda posibilidad de movimiento y respiración: entonces se obtiene un bonsai, que es una cosa bonita de mirar pero inútil y vagamente inquietante.

Así que dejándonos llevar vamos registrando un puente romano sobre el Danubio, hermosos patios con medianeras pintadas, carteles que dan fe de una vida cultural larga y ancha, una iglesia románica espléndida un poco desubicada, en fondo de perspectiva; la notoria escasez de estudiantes por la calle, en los bares; las siempre estimulantes traseras de la catedral gótica (donde empezamos a husmear una estatuaria de mucha categoría); un par de edificios contemporáneos estupendamente encajados; la sensación general de que todo el mundo está atareado pero nadie se agobia; el mercado al aire libre, feote y utilitario; una supuesta joya del rococó que no sabemos por dónde coger, totalmente ajena a los esplendores que en Munich nos hicieron repensar conceptos; los palacios de la dinastía local (que nos procurarán más tarde una evocación vagamente épica).

A este paseante, avezado en fabricarse impresiones rápidas, le basta una mañana para hacerse de la ciudad una idea con que recordarla y describirla, para armar una relación plausible de vidas tranquilas y prósperas, concienzuda asistencia a conciertos y exposiciones, polémicas inanes en los diarios provinciales (uno conservador y otro reformista), bares transgresores en su justa medida; y para conjeturar incluso un fondo monstruoso bien guardado en los sótanos que serviría de material a novelistas exiliados.

Para conocerla de veras (para conocer de veras cualquier sitio), una vida no alcanzaría.

Berchtesgaden. El Nido del Águila

No sé a otros, pero a mí el deseo de conocer sitios se me despierta sobre todo cuando se establece una asociación que me emocione, algún tipo de mitomanía añadida. Y las fuentes no suelen ser las más elevadas; por Berchtesgaden no creo que me hubiera interesado nunca si no llego a ver un capítulo de la serie “Hermanos de Sangre” en que, terminada la guerra, los soldados americanos subían al refugio veraniego de Hitler, el legendario (y para mí hasta entonces desconocido) Nido del Águila.

El camino de Salzburgo a Berchtesgaden en tren es de una belleza inagotable y agotadora, que nos tiene cambiando de asiento todo el rato para no perdernos nada. El escenario se organiza en bandas horizontales de color que, entornando los ojos, podemos casi desvincular de la materia que las sustenta: masas boscosas con perfil dentado de un verde casi negro, que en la visión cinética desde el tren parecen derramarse como un fluido viscoso por entre los cortados de piedra gris, buscando las plataformas de menor pendiente, pero siempre limitadas arriba y abajo, contenidas entre dos franjas inmóviles: el verde uniforme, domésticamente llano de los prados y el azul hoy reconcentrado e impoluto del cielo de montaña. Nunca podremos calibrar qué parte de la impresión se debe a la luz. Para conocer y amar de verdad un paisaje hay que convivir con él mucho tiempo y verlo con todas las capas que la luz le pinta, pero uno no va a pasar más de una vez por la mayoría de los sitios, y el tiempo que haga va a ser decisivo en la idea que se lleve.

Una vez en las proximidades de la montaña hitleriana se hace cargo de nosotros uno de esos engranajes organizativos perfectos que el tópico nos hace esperar de los alemanes, y antes de que nos demos cuenta, tras un trayecto sobrecogedoramente hermoso en autobús nos encontramos agrupados, numerados y en fila hacia el pabellón. Las instalaciones conservan un inquietante aire de época: una gran bóveda de hormigón a modo de hangar da paso a una estancia con pilastras y arcos fajones de ese clasicismo simplificado tan del gusto del régimen, iluminada por antorchas eléctricas, y conduce a su vez a un ascensor en el vientre de la montaña que es como un saloncito art deco, chapado en latón dorado y con asientos forrados de terciopelo. La antigua casa de verano que el Führer al parecer no llegó a ocupar la han convertido en restaurante: ahí acaba nuestra mitomanía histórica, ante las mesas con los cartelitos de reserva para grupos; liberados, nos dedicamos a las vistas, que son en verdad deslumbrantes.

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Releo las notas tomadas el mismo día desde la cumbre y me doy cuenta de que mi mirada no llega más lejos del lugar común, que el paisaje alpino me dejó sin aliento como a cualquiera pero no me entregó ni mucho menos sus tesoros. He aprendido a escudriñar un rostro y leer en él o inventarme lo suficiente para armar un texto; no se me da mal coger teorías y hacerlas girar hasta que den los reflejos que me gustan; de vez en cuando consigo entresacar de los libros que leo, de los cuadros, de los edificios verdades pequeñas pero poco vistas, y de las ciudades me atrevo a decir que soy un buen observador, atento y enamorado. Pero los paisajes no son lo mío.

Por fortuna la palabra no es la única manera de aproximarse a la realidad; el dibujo, aun practicado de higos a brevas, por puro placer y sin pretensión alguna, sigue siendo una disciplina que educa la mirada, una vía de conocimiento no verbal: y por ese camino indirecto, traduciendo lo que la mano y el ojo aprendieron in situ, es posible en ocasiones escribir algo que merezca la pena. No es este, de todos modos, el caso.

Alpes bávaros. Tegelberg y Neuschswanstein (II)

Ludwig de lejos

Porque lo cierto es que conforme desciende, además de canturrear a carrillo inflado la parte de trompas y trompetas y recrearse en la morosa complacencia con que el sol recorta cada hoja, el viajero se va fijando con creciente interés en los esfuerzos silenciosos que se han hecho para convertir esas trochas en camino practicable para urbanitas de excursión: troncos atravesados al pie del talud para contenerlo, escalones tallados como al descuido, agrupaciones de raíces que han quedado descubiertas y sirven de apoyo al pie indeciso… está, claro, la acción del tiempo, el camino que se allana a medida que se transita, pero aquí hay algo más, una discreta gentileza de los pobladores (ellos, que bajarían de todos modos sin estas muletas) que uno agradece con el corazón hinchado de emoción y el aliento entrecortado de cansancio.


El camino va buscando la cresta oriental del macizo, de modo que en un momento dado, todavía a gran altura, se abre hacia otra perspectiva inabarcable, aparatosa, heroica. Uno siente que tiene que hacer algo al respecto, aunque no sepa bien qué: mirando alrededor encuentra un pequeño desvío del camino que parece a su vez bastante practicable y que lleva a un peñasco volcado sobre el abismo; lugar perfecto para emborracharse de distancia y pétrea majestad sin riesgo de romperse el cráneo.

Poco después, ya internados de nuevo en el bosque, se nos aparece por primera vez a lo lejos el palacio de Ludwig II. Visto desde arriba, Neuschwanstein muestra plenamente su carácter anecdótico y prescindible. Un edificio proyectado pensando en un par de vistas controladas, desde las cuales se presenta magnífico: pura escenografía a la que en la vista de pájaro se le ve el cartón (y no es que tenga nada de malo la escenografía, pero es lo que es). Contemporáneo del puente de Brooklyn y tan ensimismadamente ajeno a su tiempo como el puente es rabiosamente representativo, nos interesa mucho más como síntoma que como arquitectura.

Este rey inverosímil, situado en el centro de todas las corrientes, demasiado lúcido para ignorarlas pero incapaz de absorberlas, negado a toda acción, que se encerró en un palacio incongruente a jugar al escondite con la locura enchufándose estímulos estéticos como heroína, representa como nadie la variante alemana de la enfermedad de aquella Europa. Una sensibilidad neurótica, enfermiza, crispada, un atroz recrearse en los matices, una mirada atrás que no tiene, como en el caso excepcional de Richard Strauss, el sabor de la nostalgia tranquila y satisfecha, sino la urgencia desesperada del que mira con pánico el porvenir. Si hubiera habido un Saint Simon en aquella corte no le habría costado prefigurar, sin salir de ella, el siglo que vendría. La eclosión brutal del nazismo no pasó por encima de estos espíritus (habría podido sin esfuerzo, de tan exangües). No; los sedujo, los deslumbró con un despliegue de vitalidad animal que no estaban preparados para resistir. Sólo hizo falta un envoltorio estético diseñado a propósito, y bien que conocían a sus compatriotas quienes lo crearon.

Terminado el descenso, exprimidas las posibilidades visuales del Schloss en la lenta aproximación, decidimos (pesa en nosotros el recuerdo de la penosa visita al Palacio da Pena en Sintra, consecuencia inevitablemente demencial de esta extravagancia, del que hablaremos otro día) dejar el interior para los americanos y correr a por un schweinehaxe que por una vez estamos seguros de merecernos.


Alpes bávaros. Tegelberg y Neuschswanstein (I)

Lápiz en mano

Al pie del Tegelberg, mirando con desánimo la plataforma de niebla perversamente estacionada a media montaña, el viajero tiene una vez más ocasión de añorar el lento discurrir de los viajes antiguos, cuando una lluvia inoportuna no hacía más que prolongar la estancia unos días, hasta que escampara. Pero de nada vale recrearse en los lamentos: víctima de su autoimpuesto calendario, no le queda otra que subir al teleférico encogiéndose de hombros: algo se verá.


En cuanto la cabina se introduce en el puré espeso se pierden las referencias de altura y distancia. Sólo de vez en cuando la aguja más alta de algún abeto abre un jirón por el que la vista se despeña en vértigo hasta la roca viva ya terriblemente distante. Pocos metros antes de la cima el prisma de niebla se acaba tan brusca y geométricamente como empezó: asomados al mirador, en lugar de la apertura ilimitada que la altura hace esperar, vemos una superficie horizontal blanda y gris, interminablemente uniforme, sobre la que casi nos parece poder saltar.

En busca de algún panorama abierto que echarse a los ojos, y aunque el plan siempre ha sido descender, el viajero tira intrépidamente por un sendero monte arriba (eso sí, a su ritmo: los preparadísimos excursionistas con botas y bastones de alta tecnología lo dejan atrás en cuestión de segundos); para acompañar esta primera incursión alpina ha elegido Götterdammerung, de manera que el trabajoso avance se va tiñendo de épica sombría, ennoblecido inmerecidamente por las pregnantes oleadas de Kna. Por fortuna no le da tiempo a rendirse: al poco rato gana la otra vertiente, y con ella un motivo tan bueno como cualquier otro para dar el ascenso por terminado.


Sentarse a dibujar un paisaje de montaña es una manera estupenda de vencer la impaciencia y pasar un buen rato mirando: resulta sorprendente todo lo que se ve cuando uno mira de verdad durante un tiempo en lugar de pasear sin más la mirada. Además, y sobre todo, es un disfrute considerable, barato y –en nuestro caso- sin pretensiones. Dar las proporciones generales no es difícil, pero surgen problemas inesperados (y entretenidísimos de resolver) con la escala y precisión de los objetos en la perspectiva lejana. Hay una contradicción insalvable entre lo que el ojo recibe realmente y lo que el cerebro interpreta: sabemos que aquello es un abeto, conocemos la manera en que sus ramas se elevan, las estrías que suele tener su tronco; vemos una masa parda pero nuestra cabeza distingue siluetas individuales, y el lápiz insiste en recortarlas. De esas tensiones, a las que el ojo de la cámara es totalmente ajeno, se alimenta el dibujo.

La paciencia y buena voluntad se ven recompensadas a la vuelta: la niebla se ha despejado casi por completo y la vista desde el mirador hace honor a su carácter de maravilla oficialmente establecida. El viajero inicia el descenso hacia el Schloss de Neuschwanstein bajo un sol radiante, con medio litro de cerveza en el cuerpo y confiando en que la melancolía del ocaso wagneriano modere una euforia que no siempre es la mejor guía cuando uno está bajando una montaña, por domesticada que esté.

Munich: un bebedor

Muy de vez en cuando este paseante se anima, venciendo un pudor perfectamente justificado, a robar una foto a algún personaje que se preste; a falta de uno de esos objetivos monstruosos que garantizan la impunidad de la distancia sólo existen dos métodos posibles: fingir que se busca el enfoque de algún balcón o detalle, moverse mucho encuadrando y atraparlo al desgaire, o bien –como en este caso- apoyar la cámara en la mesa y darle al botón sin mirar, a ver qué sale.

A los meridionales nos es extraña la costumbre de beber solos. Uno puede, por aprovechar un solecito inesperado, sentarse en una terraza, pedir un vermú y un plato de aceitunas, desplegar el Marca y echar un rato. Pero así, por norma, salir del trabajo y encajarse medio litro de cerveza mirando al frente, sin hablar con nadie, sentado junto a desconocidos en un banco común, eso no lo acabamos de entender.

El marco, desde luego, ayuda: esas cervecerías al aire libre son sitios de una amabilidad pedestre, de andar por casa, invitadora. No se necesitan más que unos tablones sobre troncos a modo de mesas y bancos corridos, un chiringuito mínimo con los tiradores y el espacio justo de mostrador para ir pasando a por las jarras; el suelo nacional proporciona los árboles que se bastan para crear un emplazamiento donde ciertamente se está a gusto con o sin compañía. El tópico reclama, y más en vísperas de Oktoberfest, alegres grupos de borrachines cantando a coro, pero lo cierto es que nosotros hemos coincidido más bien con bebedores sosegados, poco expansivos.

Nuestro hombre ha llegado a última hora (uno, con su horario español ya se encontró aquello un poco en retirada), pero nada más lejos de su intención que apresurarse. Para describir su actitud habría que recurrir a las eliminaciones sucesivas: no bebe alegremente, pero desde luego tampoco con amargura; es concienzudo, sistematico, aunque no nos atreveríamos a decir que se aburre; consume una gran cantidad, pero no a la ansiosa manera inglesa, sino a la medida de su apetencia; aunque parezca que cumple con un deber, diríamos que bebe por gusto: desde luego el sabor, la calidad y la temperatura son importantes; está claro que este hombre no aceptaría cualquier cerveza.

Hay, no quisiéramos exagerar su importancia pero tampoco desdeñarlo, un matiz desafiante en su mirada al frente que nos da un hilo del que tirar. Es la mirada del que sabe que está ejerciendo un derecho y advierte a quien haga falta de que no se lo va a dejar arrebatar. A un mediterráneo le parecerá siempre un error crisparse así, porque eso acaba inmediatamente con el disfrute, pero para esta gente es más cierto lo contrario: no podrían abandonarse al menor de los placeres si no estuvieran seguros de habérselo ganado. Es justo tomarse una cerveza tranquilamente al mediodía de la misma manera que es justo dedicar cada uno de nuestros minutos laborales a la ejecución precisa y empeñada de las tareas, y la satisfacción deriva más de ese equilibrio logrado que del momento en sí.

Lo que tienen los hilos es que cuando uno empieza a tirar ya no sabe detenerse. Ahora todo en el personaje -la cazadora de cuero un poco raída, los zapatos de faena, la gorra gris, el bigote incluso- nos habla de lo mismo: del orgullo tranquilo y sin alharacas del trabajador, de una firmeza basada en la conciencia de tener los deberes hechos, de un sindicalismo honesto, a la antigua que entre nosotros se perdió hace tiempo, si alguna vez lo hubo. Antes de embalarnos e inventarle un pasado heroico echamos el freno y lo dejamos ahí, tranquilamente, con su cerveza.

Que sin duda se la merece.


La nariz en el vidrio

Munich: una librería

Ya es suplicio suficiente entrar en una buena librería y juguetear con libros maravillosos que nunca leeremos. Hay que resignarse: no vamos a comprar más que una parte infinitesimal de los libros disponibles, y ni siquiera leeremos a la larga la mitad de lo que compramos, visto que cada vez compramos más y la velocidad de lectura no crece.

En un país extranjero el tormento de la impotencia es doble, por así decirlo, aunque conviene distinguir varios grados. Están (en mi caso, y cada lector podrá operar las sustituciones precisas) Italia y los países de habla inglesa, donde el sufrimiento estriba sobre todo en el vértigo de las posibilidades que se abren: otras tradiciones, otros autores imprescindibles (Goldoni, Coleridge, Pope) de los que se leen sólo en sus países y a los que sabes que tendrías que acercarte; pero también los que has leído y releído (Calvino, Chesterton, el mismo Shakespeare) y que ahora te preguntas por qué narices no los tienes en versión original (por así decir), olvidando que ni han estado siempre disponibles en tu provincia africana ni tú has sabido idiomas desde que naciste, aunque tu memoria selectiva te lo haga creer.

En el otro extremo estarían las librerías rusas, chinas, árabes, donde la ignorancia (empezando por el propio alfabeto) es tan absoluta que la ansiedad se diluye en una vaga desesperanza genérica: hay muros que no se pueden saltar, es cierto, pero con la lejanía infinita se encaja mejor la frustración.

En medio (ah, el justo medio) están el francés y el alemán; idiomas a los que sólo me puedo asomar como un niño a una pastelería: si los ignorase completamente –si fuera como las personas normales, que cuando no saben un idioma no lo saben- sería más llevadero, pero esta maldita facilidad mía me deja trastear, enredar con lo que no puedo –no puedo- aprehender. Sólo se me ocurre una comparación, y no es de las que gozan de raigambre libresca (pero alguna vez habrá que ir dando paso a estas cosas): es como jugar a la versión demo de un videojuego, sabiendo que hay movimientos, golpes, trucos que no podemos usar. Y no estamos hablando, maldita sea, del húngaro y el checo –que para leer a Kundera y Marai me conformo con las traducciones- sino de dos de los troncos fundamentales de nuestro mundo.

Todo esto viene a cuento de que la Schellingstrasse está cuajada de librerías de viejo (Antiquariat las llaman, como si se diera por hecho que se trata de libros) y no he podido resitirme a entrar en la más atractiva. Una moqueta verde gastada, con flecos en el borde de los escalones que hay que subir a la entrada, estanterías desparejas (vitrinas de cristales biselados, tablones en bruto con cantoneras, anaqueles noblemente labrados), recovecos fuera de la vista de la dueña para permitir su pequeño porcentaje de robos; y los libros desbordando el espacio, apilados contra las paredes, en el mostrador, pendientes de clasificar, bajo llave como joyas, dispuestos en el escaparate a base de vínculos sutiles (las memorias de Saint Simon junto a los diarios de Thomas Mann); el olor, el maravilloso olor a papel antiguo, el aire como ocluido, denso de luz gastada.

Me he puesto a hojear traducciones de poesía española, me he entretenido tratando de identificar las colecciones, las editoriales: cuál es la de moda, cuál la de prestigio, cuál la secreta; cuando la señora, que ha mostrado una exquisita paciencia, me ha preguntado algo por fin (debía de llevar mis buenos diez minutos) he dicho por automatismo en inglés que no hablaba alemán, y viendo en su mirada la incongruencia de la declaración, he querido explicarle tantas cosas que sólo me ha salido , como si fuera yo una princesa en trance de bodas, un obvio y autorreferente “es todo tan hermoso” que ha debido de confirmarle lo que todo el mundo sabe: que los extranjeros están todos locos.

Munich. Tirando del hilo

En este mundo asfixiado de falsas nociones existen puntos de inflexión, verdades que no están ocultas pero tampoco disponibles del todo y cuyo descubrimiento constituye algo así como un rito de paso intelectual. No es la menos importante de entre ellas la de que, en el juego de las caracterizaciones sumarias, y al contrario de lo que se suele creer, es Italia, o el Mediterráneo si se quiere quien representa lo fuerte, lo claro y viril, lo definitivamente serio frente al abigarramiento, la puerilidad, el sentimentalismo gárrulo de Alemania.

En Munich es especialmente notoria esta afirmación de lo bonito frente a lo bello, o más bien en lugar de lo bello, porque uno no puede por menos de percibirlo como carencia. Esas fachadas pastel, esos carillones (¿cómo puede tomar nadie en serio unos relojes con muñequitos?), esos frisos esculpidos… de lo grande a lo pequeño, en todas partes se encuentra lo mismo: los ramos de flores, las muestras de las tabernas, los montoncitos de frutas en el mercado, todo está dispuesto, a falta de la gracia y el golpe de vista eficaz, con mucho primor y esmero, como el salón de la tita solterona. No deja de sorprender que en el país del orden, la disciplina, la severidad de la ordenanza florezca una estética tan melindrosa. Para disfrutar de Munich (y se puede, y lo hemos hecho) hay que olvidarse de Nápoles, borrar de la mente Vicenza, ignorar la existencia de Mantua.

No es un pueblo con sentido plástico, nos decimos, nada que hacerle. Sin embargo nos cuesta trabajo aceptar que no haya nada que nos conecte visualmente con el modo alemán de grandeza, tan reconocible en letra impresa o en el sonido compacto y trémulo de cien violines al unísono, de modo que seguimos con los ojos bien abiertos. Y mirando escaparates (porque el viajero moderno, condenado a no disponer del tiempo que sus mayores empleaban en largas conversaciones de sobremesa con el elemento local, ha aprendido a sacar conclusiones no necesariamente exactas de la forma de conducir, el perfil de las aceras, el género que venden en las tiendas) se le antoja a uno que puede haber una esperanza, el extremo de un hilo del que tirar. No lo que buscaba, porque rara vez se encuentra lo que se busca y si ocurre hay que desconfiar, pero un hilo al fin y al cabo.

Por la calle nos ha llamado la atención algún que otro señor con facha inmejorable, estupendamente vestido, de esos señores mayores que da gusto ver. Y en las numerosas y bien surtidas tiendas de ropa de caballero uno empieza a distinguir (una vez dejado a un lado el estándar internacional, que aquí es sobrio y de nivel) entre el mundo en principio chocante de la vestimenta regional que ante la inminencia de la Oktoberfest ha invadido las vitrinas, los elementos que al menos en teoría podrían producir una elegancia determinada, un estilo propio -¿y no es algo así precisamente lo que andábamos buscando?

En los sombreros, en los bastones con puño de plata, en las chaquetas que son como chaquetas normales pero lo llevan todo recercado hasta lograr un aire vaga e inquietantemente militar, en los abrigos de pelo bueno y caída impecable hay un aire de antigua dignidad, de profunda conformidad con uno mismo, sus creencias y su modo de vida, de autoexigencia y firme control que seducen como todo lo que encarna una verdad particular, una manera clara y definida de estar en el mundo.

La cuestión del cuaderno

Bien, empecemos por confesar. Ayer, a última hora antes de salir, fui a buscar un cuaderno para las notas de viaje. El moleskine de bolsillo, por más estiloso que resulte, es bastante incómodo para escribir seguido, como ya he podido comprobar en otros viajes. Quería algo del estilo en un tamaño mayor, pero el surtido de las papelerías malagueñas resultó limitadísimo y me tuve que llevar una cosa escolar, horrible, con anillas.

Esta mañana, ya en Munich, me he quedado mirando el escaparate de una papelería fastuosa: había variedades de moleskines cuya existencia yo ignoraba: agendas, libros de cuentas (por supuesto que eso acaba con el concepto mismo, si la producción industrial no lo hubiera hecho; pero quién soy yo, que he accedido al producto gracias a la vulgarización, para protestar) y entre ellas, el cuaderno exacto del tamaño exacto que yo quería. No he podido resistirme: por un precio absolutamente desproporcionado, aquí estoy sentado frente a una weizenbier y escribiendo en mi nueva moleskine este menos que prologuillo que debería titularse “El cuaderno culpable o De la inconsistencia como método”.