Al día siguiente ha dejado de llover; el cauce del Mosela nos recibe medio encendido por un sol de otoño que les pelea el sitio a las nubes, y la prosa de los viñedos que trepan por las colinas en diagonales cruzadas nos gana sin esfuerzo para su causa. Nos encontramos en terreno conocido: esta tierra rojiza y estos viñedos son primos y vecinos de los que recorrimos en bicicleta un año antes.
Una hora más tarde, en la estación de Bullay, se confirma la impresión de que habíamos estirado en exceso nuestra confianza en la red alemana de transportes. Existe, sí, el autobús a Trier, pero tarda más de seis horas. El conductor, italiano y amabilísimo, nos ayuda a trazar un plan de emergencia absurdo pero viable: llegar hasta Bernkastel-Kues y allí retomar el tren del que imprudentemente nos hemos bajado. Como ya no queda más remedio, nos atenemos a lo que recomienda De Quincey en caso de incendio: una vez hecho todo lo posible, relajarse y gozar del espectáculo.
El día, magnífico desde el principio, se ha ido refinando hasta lo milagroso. A las seis de la tarde hay una cualidad exaltada y exhausta en el iluminarse las cosas como desde dentro, una incandescencia templada que otorga plenitud de existencia única a cada brizna de hierba. La carretera va cruzando de una a otra orilla para buscar cada pueblo; no hay grandes perspectivas, roquedos abruptos ni cortados verticales en los que abismar la mirada: sólo, entre las cosas y uno, un aire adelgazado, tenue, exquisito, y en las vísceras una alegría ininterrumpida por estar el mundo tan bien hecho.
Bernkastel resulta ser un enclave pintoresco, simpaticón, centro de un turismo interior bullente y atrafagado, por el que el viajero, un poco fuera de lugar, camina como metido en una campana de silencio; en espera del tren (bueno, del autobús local que nos llevará al tren) el tiempo nos alcanza para dar un último paseo por la ribera. La calidad de la tarde aguanta aún: es un prodigio lo que hace esta luz con las fachadas, y uno sigue haciendo fotos aun sabiendo que lo más importante se perderá en la química siempre fallida, y que estas notas alcanzarán tal vez a evocar lo que uno sintió o pensó, pero nunca la realidad de ese día irrepetible.







































