Por Barcelona sin cámara

2. En el carrer de Wellington

La calzada está dividida en tres franjas iguales. La del centro la ocupan las vías de un tranvía modernísimo, limpio y silencioso. En torno a ellas, a todo lo largo, se ha dejado crecer un césped de color bastante artificial, recuerdo domesticado de una pradera devenida alfombra por la que parecen deslizarse los trenes al pasar. Las bandas laterales son de un pavimento enrasado de baldosas hidráulicas rectangulares, sencillo y sobrio, fácil de mantener; en cada bocacalle la hierba se interrumpe y las baldosas atraviesan de lado a lado.

La calle así dispuesta resulta amplia y despejada, e invita de modo convincente al paseo. A la izquierda, hasta el final de la calle, el muro del parque de la ciudadela, con árboles altísimos por detrás y una algarabía de pájaros no del todo familiar que se explica por la presencia del zoológico. En la fachada derecha, con cierta frecuencia, edificios e instalaciones de disfrute público, unos muy sencillos, otros costosos y elaborados: campos de deporte, centros de barrio, una fabulosa biblioteca en un edificio industrial rehabilitado.

Se han ensayado muchas definiciones del urbanismo, la mayoría de ellas entre lo mesiánico y la ingeniería social. Tal vez no se trate más que de esto, la práctica de habilitar espacios donde el ser humano pueda desenvolverse con agrado y tener una vida buena. Que luego la tenga o no es cosa en la que nadie nos ha mandado meternos.