Montañas

Les muntanyes! Quina cosa, Déu meu! Que altes que poden arribar a ésser! A Andorra, al matí, en llevar-vos, obriu la finestra una mica més del compte i amb el nas hi topeu... En el curs de la vida hom ha hagut de comprendre-ho gairebé tot, fins les coses més absurdes i estranyes. Passen, però, els anys i, malgrat tots els esforços, no he pogut comprendre les muntanyes. Les he trobades sempre massa altes. Les trobo inútils. Les trobo inassequibles. No puc comprendre per què les muntanyes han d’ésser tan terriblement altes, tan inútils, tan fantàsticament inassequibles.

Catalunya és un país muntanyós. Hom desitjaria poder, bufant, reduir a la meitat, l’alçària d’aquestes berrugues del planeta. Les muntanyes us porten sempre a fer coses extraordinàries, a estar hores i hores amb un peu més alt que l’altre, a vestir-vos d’alpinista, amb unes sabatasses espantoses i un pal amb una virolla perillosíssima. Les muntanyes us converteixen en un personatge llegendari. Això no m’agrada. Els meus ideals són vulgars i pedestres. L’heroisme desaforat dels alpinistes és excessiu. Les meves pretensions consisteixen a arribar a tot arreu pels meus propis passos, sense massa cordes ni escales, vestit com tothom i sense que els mèrits se’m pintin a la cara. A Sils-Maria, a l’Engadina, Nietzsche va escriure: “Em trobo a tres mil cinc-cents peus d’alçària. Ho veig tot clar. He formulat la doctrina del retorn etern”. No he pas tingut mai tanta sort. Ho veig tot fosc. No veig res i el que veig menys és el retorn etern.[...]

En les altures els horitzons vastíssims buiden l’estómac, l’aire és subtil encara que sempre fred, però hom sempre té el recurs de mirar el paisatge del llit estant. Al fons de les valls la vida queda com aclaparada per la geologia.

Decididament, els paisatges que m’agraden més són els ondulats, amb cafès, restaurants, caixes d’estalvi i senyoretes fines i amables.

Josep Pla


A uno le gustaría tener, ya que no la seca, solvente precisión de adjetivos del maestro, al menos su seguridad de criterio, esa cosa adulta de decir esto me gusta y esto no. Pero a cierta edad se sabe ya que no va a haber cambios radicales, y en eso de los gustos uno ha sido siempre más bien poco particular. A uno, en fin, le gustan los panoramas de montaña en lo suyo, cuanto más impresionantes y dramáticos y despeñados mejor, como le gustan las llanuras amarillas por lo ascéticas y horizontales o por amables y undosos los valles toscanos; y le es imposible imaginar un tipo de paisaje que no le agrade mirar con tal de que esté, en su modo propio de ser, logrado y en su punto.

Con la nieve, por otra parte, tiene el viajero una debilidad para la que no hay defensa ni distancia posibles. Nacido y criado al pie del Mediterráneo, le bastan los dedos de una mano para contar sus días nevados, así que no es de extrañar verlo perder los papeles. Desde Lucerna, en uno que seguramente habrá sido de los días más soleados del año, nos hemos lanzado carretera arriba en busca del Süssten Pass ignorando españolísimamente todos los carteles que avisaban del paso cerrado (esto está equivocado, cómo va a ser), tomando en cada encrucijada la subida hasta que nos hemos topado con el alud de deshielo, y ahí ha sido ya bajar del coche y sin siquiera asomarnos al panorama como buenos turistas echar a correr por la pequeña hondonada rellena de nata que quedaba al otro lado, pisando como patos y hundiéndonos hasta el muslo en cada agujero, tirándonos bolas tan torpemente prensadas que se nos deshacían nada más salir.

Antes de eso, trepados a un farallón cortado entre dos curvas que parecía puesto ahí expresamente por el gobierno para sentarse a comer, hemos tenido ocasión de considerar en actitud más formal la cuestión de los panoramas alpinos. El espacio abierto a nuestros pies es enorme, pero a diferencia del mar o el desierto no es ilimitado, y es precisamente eso lo que nos hace percibir de manera más angustiosa la dimensión.

Y luego está la transparencia del aire, que vuelve irreales las distancias y confiere a la geografía una inmediatez de diorama. Los abetos lejanos se distinguen con tanta nitidez como los del primer plano; no hay foco en esta visión, todo está a la vez entero y disponible a la mirada. No es la luz, al menos no es directamente la luz la responsable, sino el aire delgado, rarefacto, en que las partículas (permitámonos este lenguaje, ya que la ciencia asume su carácter de metáfora) se abren camino hasta el ojo sin obstáculos: se trata del mismo aire fino como una hoja de afeitar que había de sajar la pequeña mancha húmeda de Castorp, un aire que llega a los pulmones intacto, seco, vibrante, como un manojo de hilos de plata que descendieran por el esófago sin enredarse entre sí y provocando esa exaltación sin objeto, esa placidez exhilarante y atónita de cuyos peligros tanto sabía el razonable (el apasionado) Settembrini.

En esta atmósfera la luz expone cada objeto, lo aísla y siluetea, lo levanta en existencia individual. Es el dominio de lo superreal, de una realidad hecha de acontecimientos contiguos sin jerarquía ni gradación, de cercanía absoluta en que todo se hace presente. Así debió perderse la mirada iluminada de Nietzche en Sils-Maria.