Un concierto

A pesar de todo marcharse de Salzburgo sin escuchar música en directo sería un pecado contra la tradición que uno no está dispuesto a cometer. Durante todo este octubre alemán hemos tenido ocasión de ver anunciados en cada ciudad los excelentes conciertos que se celebraban en teatros e iglesias siempre un día antes o después de pasar nosotros por allí. Tampoco en Salzburgo nos es propicio el calendario, pero aquí el exceso de oferta permite encontrar siempre alguna cosa. En el Schloss Mirabell hay música todas las noches: ni el tipo de publicidad ni la frecuencia destajista de los conciertos nos animan a esperar milagros, y tampoco es que nos llene de ilusión comprobar que las entradas se venden a ciegas, sin programa por delante, contando con que baste el nombre de Mozart. El marco en cambio es tan estimulante como cabe esperar, y siendo como somos de natural contentadizo nos basta subir las espléndidas escaleras tenue y sagazmente iluminadas para entrar en situación.

El público se compone básicamente de señoras japonesas vestidas como para una recepción en Palacio y algún joven mochilero de mirada ávida que podría haber sido uno mismo de haber llegado aquí en edad más tierna. Todos incongruentes, en cualquier caso, con la preciosa Marmorsaal, una cajita de música reluciente de mármoles crema y verde claro, dorados y espejos que pide otra elegancia y sobre todo otra disposición en el público.

Justo a la entrada hemos podido enterarnos de lo que vamos a escuchar: violín y piano; Mozart en la primera parte, luego Beethoven y Brahms. Los músicos resultan ser de un pedigrí más que aceptable, si bien algo apolillado. Detlef Kraus es una reliquia de la vieja Europa: en activo desde 1936, ha compartido tarima con bastantes de los grandes del siglo. Verlo caminar hacia el piano con pasos medidos es una experiencia acongojante y alentadora a la vez. Luz Leskowitz es más joven, andará por los sesenta años: repulido y flexible, cultiva un aire de seductor otoñal, con el pelo blanco muy tirante y las cejas inmaculadamente negras. Es fácil, a primera vista, imaginarlo violín en mano dejándose caer en los ataques a lo zíngaro, cortejando veladamente a alguna dama del público un poco por no perder la práctica, y algo de eso hay en su manera de interpretar: no desde luego el exhibicionismo de baja ley de los músicos de restaurante, sino una tendencia a romantizar, un gustarse en ciertas languideces y arrebatos en los pasajes lentos que contrasta con la parsimonia metronómica de su compañero (parsimonia que en algún momento deriva, todo hay que decirlo, en soñolienta pérdida de tensión).

Libre de las emociones pueriles que le estorban a veces la escucha cuando se trata de músicos famosos (esas que tan admirablemente desmenuzó Proust a cuenta de la Bernhardt), el viajero se relaja incluso demasiado y se le va el pensamiento a otros derroteros, a la observación más que a la escucha. De los músicos que conoce le ha llamado siempre la atención cómo se las arreglan para hacer convivir entusiasmo y rutina, la manera resolutiva y profesional que tienen de ponerse de acuerdo con pocas palabras y gestos mínimos para luego llevar a cabo cosas que a uno le parecen milagrosas, exaltantes, arrebatadoras del ser. No se puede ser sublime sin interrupción, lo sabemos, y cualquier trabajo tiene una parte de carpintería y formulario: de la pintura o el oficio de escribir, tal vez porque se dilatan en el tiempo a voluntad, cuesta menos encajarlo, pero cuando se trata de músicos al viajero le sigue costando sacarlos del escenario. ¿Qué parte de sí mismos estarán poniendo estos dos veteranos encallecidos en el enésimo bolo del enésimo verano de sus carreras? Imposible saberlo, pero tampoco importa mientras sean capaces de construir para nosotros efímeras maravillas.

En vano hemos buscado todo el día un resquicio por el que acceder a alguna verdad sobre Salzburgo, en la certeza de que lo que hoy se nos presenta como abaratamiento y corrupción ha de tener un origen más alto, de que esta ciudad ha rezumado y difundido durante siglos una forma propia de cultura y en alguna parte se la debería poder encontrar; finalmente es en esta sala palaciega, escuchando a dos viejos músicos profesionales, donde creemos recuperar por un momento lo que debió ser la manera natural de acercarse al arte: el placer. Un placer desenfocado, si se quiere, indiscriminado, que se construye sobre el encadenarse de reflejos y los brillos del mármol bruñido y terso (cuánto más turbiamente logrado no sería el ambiente con luz de candelabros), el agradable entumecimiento de una digestión en curso, la visión de unas pequitas sobre un hombro desnudo; un placer que participa tanto de la charla insustancial y cadenciosa como de la dulzura y suavidad de las melodías: porque hablamos, y ahí seguramente esté la clave, de un tiempo en que dulce o armonioso eran las palabras con que se elogiaba una obra; y aunque se puedan llenar folios y folios de teoría del arte basta con pensar en esos adjetivos, en la imposibilidad de usarlos hoy para calibrar la grieta que nos separa de aquello.

Salzburgo de lejos

Salzburgo se resuelve en vistas generales y cruzadas entre sí, de un monte a otro o de orilla a orilla, a los dos extremos de un mismo puente. La primera visión debería ser tal vez la que este paseante se procuró justo antes de marcharse: desde lo alto del Kapuzinerberg, -adonde se accede además por unas escaleras de desarrollo amplio y dramático, unas escaleras que da gusto subir pero sobre todo bajar por la riqueza de vistas que te van ofreciendo- la ciudad es una bellísima maqueta en que, invirtiendo el orden natural de las cosas, la geografía parece haber sido levantada después que los edificios, de tan bien que los completa y acoge. Desde la línea de sobrias fachadas en colores pastel que con altura uniforme acompañan la curva abierta del río a modo de zócalo, la ciudad, acunándose contra el monte cóncavo y vertical, se las arregla dentro de un área mínima para dibujarse sin brusquedad ni apelotonamiento un perfil de tejados, cúpulas y campanarios que conduzcan suavemente a la mirada hasta la horizontal dominante del castillo.

Los tejados de pizarra devuelven, cuando como ahora les da el sol, un resplandor sofocado y mate; las cúpulas forradas de cobre lucen sin aspavientos su pátina de años. Hay en esta visión lejana un brillar contenido de muy buena ley que contradice y hace olvidar el rechinar de los escaparates (y aprenderemos que entre estos dos polos se mueve Salzburgo, entre el oro viejo noblemente gastado que rehúye mostrarse y el dorado falso y reluciente que nos asalta sin pudor). Lo que en cualquier caso resplandece con una intensidad desaprensiva es el verdor del paisaje, que aquí hace funciones de telón pero que el día anterior se nos abrió espectacularmente desde lo alto del Mönchberg, borrando de un plumazo todo interés por un castillo que sin embargo es tan honesto y bien plantado como cualquiera.

Pero es necesario volver a ras de suelo. Hay una calle paralela al río que concentra la mayor parte del comercio banal y por la que fluye el turismo como una riada; la experiencia dicta que pasando al otro lado encontraremos vida, pero en este caso pronto descubrimos que no es cierto: hay más bien que recorrerla a toda la velocidad que se pueda hacia el paredón natural que enmarca y protege la ciudad, visible siempre como fondo de perspectiva detrás de la proliferación de banderolas. Alcanzado el final toparemos con el palacio de festivales incrustado en la roca, de un brutalismo que ha tenido tiempo de pasar de moda primero y retomar luego un valor ya más sólido y asentado. De ahí, en paralelo al cortado, el encuentro de la trama de calles con su abrupto límite físico produce unos espacios complejos y ambiguos por los que adentrarse y husmear con un entusiasmo que ya no creíamos poder convocar.

A la sombra de la roca vertical, en los intersticios entre manzanas bruscamente interrumpidas se esconde algún pequeño huerto o se abren plazoletas interiores comunicadas por pasajes cubiertos. De una en otra desembocamos frente a la iglesia de Skt. Peter engalanada para boda; como el acceso desde la calle está acordonado nos parece que estamos entrando de rondón donde no debemos. En la puerta una pareja de jóvenes -más guapos y mejor vestidos que todas las personas que uno conoce- va dando la bienvenida a los invitados. Durante el día, por toda la ciudad, el viajero se ha ido cruzando con gente elegante, muy elegante, gente que salía de los hoteles con un andar diferente, ajenos e impermeables a la degradación turística. Ahora, viéndolos entrar, la anomalía cuadra de repente.

Nos escurrimos a la derecha y vamos a dar a un pequeño cementerio encajonado entre las paredes del monasterio y la roca viva. Resulta conveniente y adecuado que el residuo último, el resquicio que queda una vez el plano de la ciudad ha apurado al máximo el juego con la geografía, sea el lugar adonde van a parar los muertos. O tal vez no, y estemos aquí forzando la asociación. En cualquier caso resulta un lugar interesantísimo, carente de cualquier tipo de vibración (como no podía ser de otra forma en esta ciudad antipatética) pero no de una belleza propia. Arrimada al monte, una escueta línea de arcos tras la que se cobijan los nichos familiares organiza de lado a lado el recinto. En el espacio que queda se amontonan, casi estorbándose unos a otros, parterres cubiertos de tumbas, capillas, árboles de magnífico porte y estatuas piadosas. Son apenas dos senderos bifurcados que van a morir en una reja al extremo de la arcada, pero la acumulación de efectos hace parecer mucho mayor al recinto. Al abigarramiento contribuyen las cruces de un colorín desacomplejado, con dorados relucientes como de repaso diario; por momentos nos sorprenden toques de un barroco macabro que no acaba de tomarse en serio: la severidad reside aquí en los pinos que aportan el luto en verde ceniciento.

Al pasar por la iglesia de vuelta nos ha asaltado un golpe de coro que nos despierta el interés por la ceremonia. Acuclillado junto a un ventanal que arranca del mismo suelo (el paseo lateral está a un nivel más alto que la iglesia), haciendo pantalla con las manos para escudriñar el interior, el viajero es consciente de que los elementos se han conjurado para construirle hoy una imagen quintaesenciadamente romántica, a la medida del vagabundo melancólico, voluntariamente excluido de la sociedad de los hombres, que en estos momentos canta en sus oídos con la voz cálida y cargada de matices de Fischer-Dieskau palabras que podrían o no (el registro de la memoria no es exacto) ser estas mismas:

So zieh ich meine Straße
Dahin mit trägem Fuß,
Durch helles, frohes Leben
Einsam und ohne Gruß.*


Tocaría ahora al paseante alejarse sin ruido, con el sol a la espalda, dejando en esta anotación un acorde final ensimismado y levemente triste; pero aun siendo cada uno de los datos rigurosamente cierto, sería mentiroso el cuadro si lo quisiéramos pintar de esos colores: a esa boda nos hemos asomado con interés chafardero y esnob, más picados de intriga por los nombres y apellidos que de melancolía por la felicidad ajena, y el ánimo que llevamos de retirada es más bien apaciguado, casi satisfecho de haberle encontrado las vueltas a esta ciudad tan correosa.


*Así sigo mi camino/ con el paso cansado,/ a través de la vida clara y alegre,/ solo y sin un saludo.

Exorcizando a Salzburgo

Que Salzburgo es el Horror resulta claro a los dos minutos de cruzar hacia adentro alguno de los puentes sobre el Salzach pero, antes de eso, habrá prevalecido una imagen compacta, limpiamente encajada en el hueco exacto entre la montaña y el río, una imagen hermosa de veras a la que habremos de volver una vez hayamos dado salida al arrebato de justa indignación y ferocidad sarcástica que nos embarga cuando, apenas introducidos en el, así llamado, corazón de la ciudad, se nos pone por delante, en lugar de la sede de cultura y civilización que esperábamos encontrar, un repulsivo simulacro de ciudad que, enseguida comprendemos, se ha superpuesto a la ciudad verdadera que un día tuvo que haber aquí y que ahora yace sepultada sin remedio bajo capas y capas de la más repugnante melaza cultural, aplastada por toneladas de la más burda pacotilla artística que pretende, con inusitada desfachatez, presentarse como verdadero arte, de la más empalagosa pacotilla musical que pretende presentarse como verdadera música, y es precisamente la desfachatez con que se nos quiere hacer cómplices de semejante pantomima la que nos hace subir desde los pies, como una crecida, un torrente de feroz indignación capaz no sólo de comprometer la acostumbrada bonhomía y el carácter disfrutador de estos comentarios sino de amenazar –metafóricamente si se quiere, pero no desdeñemos el poder de las metáforas– la existencia misma de la ciudad al conjurar una hecatombe súbita y no por inmaterial menos irrevocablemente capaz de llevarse por delante el continuo, uniforme, pegajoso envoltorio de confitería que se ha superpuesto, como decimos, a todo atisbo de ciudad verdadera que pudiera quedar, aunque con ello tuviera, porque el envoltorio y la ciudad que ahoga bajo sus insidiosos pliegues se hubiesen a estas alturas convertido en una misma cosa, que acabar también con el núcleo íntimo que de verdad y belleza quedara a pesar de todo intacto: precio que, con todo, resultaría aceptable con tal de acabar con el empalago de las bombonerías omnipresentes y el melifluo impregnarlo todo de música, de una música espantosamente alegre o turbiamente lastimera y, en cualquier caso, no solicitada sino abusivamente ejecutada en la calle con total impunidad y sin el menor respeto por los deseos ajenos de no escuchar música optimista o melancólica o melancólicamente optimista; de una música que, con eficacia no menor que el acaramelado cerrarse sobre nosotros de papel dorado y crujiente y pegajoso, se aplica en tapar todo resquicio por el que pudiera salir de sí misma y penetrar de alguna forma en nuestro interior la más ínfima partícula de verdad procedente de la ciudad que sin duda debe seguir ahí, sepultada bajo la música y el celofán rojo y la alta cultura y que nosotros, pensándolo bien, deberíamos a pesar de todo tratar de rastrear aunque sólo fuera para no desmerecer de este cuaderno tan bienhumorado y disfrutador que hemos paseado por medio mundo sin encontrarle -a ese medio mundo- defectos dignos de mención, si bien para eso necesitaríamos dar antes salida a la sorda irritación que nos produce la escucha de la música empalagosamente sentimental y la contemplación de escaparate tras escaparate de bombonería forrado de suelo a techo de pegajoso papel dorado y de celofán rojo, así como el roce con toda clase de gente que en realidad es la misma clase de gente sujeta a inanes variaciones de talla edad lenguaje pero esencialmente homogénea en su actitud, entre timorata y aliviada, ante la alta cultura que tan agradable y azucarada e inofensivamente envuelta en capas de crujiente celofán les presenta este simulacro de ciudad que ha suplantado a la ciudad que sin duda hubo aquí; cuando la cultura, siente uno ganas de gritar a voz en cuello, cuando la música, sobre todo la música debería ser insoportable y dolorosa y exaltadora y desgarrarnos por dentro y volvernos del revés, las vísceras hacia afuera, infinitamente irritables al menor contacto con el aire, cuando en realidad, está uno tentado de gritarles a la cara, tienen razón en temer a la cultura como teme el hombre de ciudad al subir la montaña el aire demasiado puro que le sajará los pulmones a la primera bocanada, cuando el alivio que sienten es falso, tan falso como el rostro de querubín estúpido, de repelente primero de la clase que adorna enmarcado en volutas rojas y doradas -o celestes y plata, no olvidemos que la alternativa es el celeste y plata, pero nunca rojo y plata o celeste y dorado- cada caja de bombones, y que tiene que ver con el Mozart que nos importa lo mismo que la música horrenda que escuchamos por cada esquina con la música digna de ese nombre o que la ciudad envuelta para regalo que recorremos espeluznados con una ciudad de verdad, y es entonces cuando decidimos parar porque empezamos a no reconocernos, decidimos empezar de nuevo antes de perdernos en el laberinto de la indignación y el desprecio, trampa no menos insidiosa que el conformista abandonarse a la versión edulcorada y cauterizada que aquí se nos presenta de las cosas que más importan, y vemos entonces con claridad -pero no nos atreveremos a tanto- que el antídoto al simulacro no puede ser otro que lo escamoteado, que a la imagen de ese niño repelente de mejillas sonrosadas deberíamos oponer la claridad olímpica y radiante de su música, que unos compases de Così fan tutte en los auriculares bastarían para hacer saltar en pedazos -o mejor, para hacer disolverse en el aire sin un crujido- todos los envoltorios de repostería de todos los escaparates; nos da miedo sin embargo la zona gris, lo que puedan tener en común las dos realidades que aquí tan tajantemente hemos dibujado: no tanto lo que de complaciente o barato pueda haber en esa música olímpica como la complacencia o baratura con que nosotros podamos acogerla, de manera que, renunciando a la exactitud en aras de la certeza, elegimos algo que por temperamento y textura no presente ningún flanco a la caramelización: con las secas, precisas, dolorosas canciones del Winterreise en boca de Fischer-Dieskau sonando a manera de escudo cruzamos metafóricamente hacia atrás el puente, tomamos aliento y nos disponemos a dar a Salzburgo una segunda oportunidad, meditando con cierta inquietud sobre lo que vivir en Austria puede hacerle a la prosa de uno.




Viena sin ton ni son

El viajero cuenta entre sus pecados haber llegado a la mediana edad sin conocer Viena, y un viaje relámpago para escuchar al prodigioso Juan Diego Flórez no parece la ocasión propicia para cubrir semejante laguna: al poco tiempo disponible hay que añadir la necesidad, incompatible con el turismo intensivo, de llegar fresco, limpito y bien dormido a la ópera. Así, y sin que sirva de precedente, el viajero renunciará a cualquier interpretación o visión de conjunto, rehuirá casi deliberadamente el recorrido monumental y se detendrá en impresiones sueltas. De momento el objetivo del paseo es, literalmente, el primer parque agradable que aparezca al paso para echarse a dormir (una mala noche, un vuelo muy tempranero y la habitación no la dan hasta las doce, cosas que pasan). Por el camino apenas tendrá tiempo de anotar un estupendo juego de niños en una placita, unas lámparas excelentes en un local y una pasarela entre edificios decididamente pinturera.

El Burggarten está rodeado de enfásis imperiales que uno ha de admitir como importantes pero que esta mañana en concreto le provocan una perezosa antipatía. Buscar un rinconcito sombreado y ajeno al orden monumental no es, sin embargo, tarea complicada. Tumbado en la hierba, el paseante se dedica a enumerar cantos de pájaros. Un Gabriel Miró, un Francis Jammes, o incluso el urbano pero concienzudo Marcel Proust nos darían el catálogo completo y detallado: uno no puede ensayar, en cambio, más que unas someras distinciones totalmente desvinculadas de imagen o nombre alguno de ave. Hay un gorjeo consistente, estándar, el canto que uno espera de un pájaro cualquiera; otro que repite la misma nota aguda a ráfagas entrecortadas, un tercero que bordonea en la zona alta del pentagrama sin acabar de resolver el acorde, tal soprano indecisa; se oye también una especie de murmullo vibrante y voluptuoso como el ronroneo de un gato, e imponiéndose a todos una voz grave y cascada que repite una y otra vez su frase de cuatro notas en staccato, tan asertiva e indiscutible como el tema del Destino que Llama a la Puerta. Cuando vemos al individuo de quien procede no podemos extrañarnos: al fin y al cabo la familia de los cuervos siempre ha sido sentenciosa y metafísica.

Si el arrullo variopinto ayuda o no a conciliar el sueño es tema que excede el alcance de estas notas. Baste decir que mirando las pinceladas de luz que encienden las hojas verdes el viajero se queda traspuesto el tiempo que su cuerpo necesitaba para volver a ponerse en marcha, aunque en lugar de la habitual disposición ávida le sigue dominando una apacible inclinación a lo menudo, a los parterres de rosas y a las fuentes más que al sospechosísimo templo dórico que se deja atrás al salir del jardín. Caminando entre solemnes paquebotes imperiales (que mañana mirará con otro interés) termina por entrar en el llamado Museum Quartier. Estas antiguas caballerizas de Franz Joseph se han convertido seguramente en el lugar más exitoso de la ciudad; uno puede fruncir el ceño ante la comercialización de la cultura y hacer chistecitos sobre Disneylandia, pero lo cierto es que hay mucho más de bueno que de malo en el montaje. Incrustados entre la edificación conservada, tres museos de nueva planta se reparten las colecciones estatales que van del glorioso fin de siglo (llegará el día en que haga falta especificar, pero por ahora, y más en Viena, nos vale) hasta hoy. Pero lo que atrae nuestra atención ahora es la vida que se desarrolla en los patios.

Unos extraños asientos-tumbona con aspecto de contenedores volcados se desparraman por el espacio disponible. Están pintados de un tono burdeos y orientados para tomar el sol, pero a la vuelta averiguaremos que cada año cambian de color y que se mueven con facilidad dando lugar a distintas configuraciones según la hora y el ambiente: es seguramente en frivolidades como esta que reside el encanto del complejo. Esta mañana de sol los vieneses lo han tomado por asalto, y llama la atención el comedimiento con que se manejan: los niños chapotean en el estanque y los mayores tratan de pillar un poco de bronceado, pero no hay el despelote que uno recuerda en otras capitales nórdicas en cuanto hace bueno. Es posible que días como este no sean tan excepcionales aquí como en Berlín o Estocolmo, pero uno tiende más bien a pensar que se trata de una contención propia de la capital, un resto de ese prurito cortesano y cosmopolita de no dejarse ver muy entusiasmado por nada.

El viajero, que definitivamente no está para experiencias estéticas complicadas, deja los museos para otra ocasión y se conforma con una vueltecita exploratoria antes de comer. El edificio más brillante es seguramente el de piedra gris que alberga las colecciones contemporáneas; el guardia nos prohíbe hacer fotos justo cuando íbamos a atrapar uno de esos milagros con que premia la luz a los buenos proyectos. En la pieza dedicada a exposiciones, que conserva en su interior elementos del XVIII, nos encontramos (vacío a estas horas, claro) uno de los bares de copas más bonitos que hayamos visto en la vida. Ya de vuelta en el patio, sentados al sol ante una enorme cerveza, reparamos en un personaje que parece salido de un relato de Joseph Roth: al borde del estanque, sentado en una silla de ruedas último modelo, acaba de terminarse una botella de Moët Chandon con una acompañante de aspecto anodino. Grotescamente feo, con dos muñoncillos en vez de piernas, el tipo revienta de suficiencia y satisfacción de sí mismo; con una agilidad que uno no espera de esos bracitos cortos y como inflados maniobra entre las mesas ignorando a la que parece su cuidadora y se aleja a toda velocidad. Uno no puede evitar que se le vengan a la memoria algunos mendigos de la India: la naturaleza los había tratado con una inquina semejante, pero ellos no podían permitirse tener una personalidad.