El público se compone básicamente de señoras japonesas vestidas como para una recepción en Palacio y algún joven mochilero de mirada ávida que podría haber sido uno mismo de haber llegado aquí en edad más tierna. Todos incongruentes, en cualquier caso, con la preciosa Marmorsaal, una cajita de música reluciente de mármoles crema y verde claro, dorados y espejos que pide otra elegancia y sobre todo otra disposición en el público.
Justo a la entrada hemos podido enterarnos de lo que vamos a escuchar: violín y piano; Mozart en la primera parte, luego Beethoven y Brahms. Los músicos resultan ser de un pedigrí más que aceptable, si bien algo apolillado. Detlef Kraus es una reliquia de la vieja Europa: en activo desde 1936, ha compartido tarima con bastantes de los grandes del siglo. Verlo caminar hacia el piano con pasos medidos es una experiencia acongojante y alentadora a la vez. Luz Leskowitz es más joven, andará por los sesenta años: repulido y flexible, cultiva un aire de seductor otoñal, con el pelo blanco muy tirante y las cejas inmaculadamente negras. Es fácil, a primera vista, imaginarlo violín en mano dejándose caer en los ataques a lo zíngaro, cortejando veladamente a alguna dama del público un poco por no perder la práctica, y algo de eso hay en su manera de interpretar: no desde luego el exhibicionismo de baja ley de los músicos de restaurante, sino una tendencia a romantizar, un gustarse en ciertas languideces y arrebatos en los pasajes lentos que contrasta con la parsimonia metronómica de su compañero (parsimonia que en algún momento deriva, todo hay que decirlo, en soñolienta pérdida de tensión).
Libre de las emociones pueriles que le estorban a veces la escucha cuando se trata de músicos famosos (esas que tan admirablemente desmenuzó Proust a cuenta de la Bernhardt), el viajero se relaja incluso demasiado y se le va el pensamiento a otros derroteros, a la observación más que a la escucha. De los músicos que conoce le ha llamado siempre la atención cómo se las arreglan para hacer convivir entusiasmo y rutina, la manera resolutiva y profesional que tienen de ponerse de acuerdo con pocas palabras y gestos mínimos para luego llevar a cabo cosas que a uno le parecen milagrosas, exaltantes, arrebatadoras del ser. No se puede ser sublime sin interrupción, lo sabemos, y cualquier trabajo tiene una parte de carpintería y formulario: de la pintura o el oficio de escribir, tal vez porque se dilatan en el tiempo a voluntad, cuesta menos encajarlo, pero cuando se trata de músicos al viajero le sigue costando sacarlos del escenario. ¿Qué parte de sí mismos estarán poniendo estos dos veteranos encallecidos en el enésimo bolo del enésimo verano de sus carreras? Imposible saberlo, pero tampoco importa mientras sean capaces de construir para nosotros efímeras maravillas.
En vano hemos buscado todo el día un resquicio por el que acceder a alguna verdad sobre Salzburgo, en la certeza de que lo que hoy se nos presenta como abaratamiento y corrupción ha de tener un origen más alto, de que esta ciudad ha rezumado y difundido durante siglos una forma propia de cultura y en alguna parte se la debería poder encontrar; finalmente es en esta sala palaciega, escuchando a dos viejos músicos profesionales, donde creemos recuperar por un momento lo que debió ser la manera natural de acercarse al arte: el placer. Un placer desenfocado, si se quiere, indiscriminado, que se construye sobre el encadenarse de reflejos y los brillos del mármol bruñido y terso (cuánto más turbiamente logrado no sería el ambiente con luz de candelabros), el agradable entumecimiento de una digestión en curso, la visión de unas pequitas sobre un hombro desnudo; un placer que participa tanto de la charla insustancial y cadenciosa como de la dulzura y suavidad de las melodías: porque hablamos, y ahí seguramente esté la clave, de un tiempo en que dulce o armonioso eran las palabras con que se elogiaba una obra; y aunque se puedan llenar folios y folios de teoría del arte basta con pensar en esos adjetivos, en la imposibilidad de usarlos hoy para calibrar la grieta que nos separa de aquello.









