Mirando la vida pasar

No se estila, no, seguramente no se estila en los altos de Chiapas vestirse de punta en blanco un día de diario para sentarse en el zócalo a echar la mañanita; basta reparar en su compañero de charla con la gorra de propaganda calada para valorar cuánto tiene de decisión personal y a contracorriente el modo de presentarse este hombre. Pero hay formas y formas de ser anticuado, y la suya no es de jazmines en el ojal ni cochero esperando junto a la iglesia mayor, aunque tal vez sí lo sea de saludar tocando el ala de su sombrero mejor. Si se pone el traje cada mañana sin necesidad no es por voluntad ni instinto de elegancia: los zapatos como estrechos, los calcetines demasiado claritos y sobre todo ese sombrero mal encajado que parece cobijarle un bulto contrahecho en la cabeza lo liberan de la menor sospecha de un dandismo para el que le faltan las hechuras y seguramente los medios (y maldita la falta que le hace). Se trata más bien, diría, de un cierto sentido del decoro, del respeto debido a uno mismo y a los demás.

No cuesta trabajo suponerle en el trato una cortesía despaciosa y blanda, con expresiones y ademanes de otros tiempos que no serían más felices pero sí menos ásperos, y en el ánimo una amable conformidad con lo que la vida vaya trayendo -que no habrá sido poco ni fácil de soportar-, un encogerse general de hombros ante los acontecimientos que a otros más impacientes o enérgicos les habrá parecido cortedad de mente. En una cara como la suya se puede aprender (elige uno aprender, porque este es un juego de conjeturas que no necesitan atinar, basta con que sean verosímiles) que la pereza es una forma superior de bondad y la calma un tesoro ganado, que un carácter manso e irresoluto puede ser mucho mejor para uno mismo y los demás que cualquier arrebatada visión.

Seguramente ande comentando ahora con su amigo (es el tema del día) el episodio chusco de la toma de posesión presidencial. Vista desde cierta edad la Historia debe tomar un aspecto decididamente circular. Si tiene años, como parece, para recordar al pueblo revuelto y conmovido por el asesinato de Zapata (aquel final plomizo de unos tiempos de locura), la sensación de ya visto y vivido debe ser apabullante cuando unos que se llaman zapatistas llegan con sus uniformes de opereta y sus proclamas añejas planteando una batalla perdida desde antes de empezar. Si además por el camino no ha conocido otra cosa que el sucederse a sí mismos los gobiernos del PRI, esa revolución permanente e inmóvil en que todo cambia para que como en Donnafugata siga todo igual, no será de extrañar que se le cargue la mirada de un escepticismo bienhumorado al ver a los padres de la patria encaramados día y noche a la tribuna tomada al asalto, empeñados en escribir una página de tragedia en tiempos cómicos.

Pasado mañana se habrá empezado a olvidar la noticia, vendrán y se marcharán otros gobiernos y cuando vuelvan a alzarse los zapatistas alguien que no ha nacido aún pensará sentado en la plaza que todo se acaba repitiendo. Y se irán los extranjeros a otra guerra más fresca, y seguirán bajando de los pueblos los indios en busca de alivio, pero seguramente pasen de largo hacia ciudades más vivas, y cambiarán las cosas poco a poco a mejor pero no se reconocerá porque no hay memoria para lo malo, y en medio de los cambios quedará, seguro, quien insista en conducirse un poco a contrapelo de los tiempos, en hacer las cosas como está mandado, como siempre se han hecho. Ese siempre, claro está, resultará tan variable y limitado como la memoria que lo evoque: tal vez para entonces no se trate ya del nudo de la corbata ni de dejar pasar a las señoras, pero sí de una deferencia general, un empeño afable, un agrado. Que no falte.


Copán

No se vayan a reir con el acento hondureño, nos ha advertido el guía nada más pasar la frontera, y nos lo hemos tomado como un exceso de localismo; sin embargo va a resultar difícil contener la carcajada ante las tremendas haches aspiradas que nos traen inopinadamente de vuelta a casa. Misterios de la geografía humana: no es bastante raro ya que cruces una línea imaginaria y la gente vocalice de otra manera, encima resulta que lo hacen como en el Rincón de la Victoria. Este detalle le basta al viajero para autoinducirse un cierto sentimiento de culpa. Entrar en un país de amanecida, darse una vuelta por sus ruinas más notorias y volverse por donde uno llegó no es que equivalga a un robo con escalo, pero algo de furtivo y desdeñoso sí que tiene. A la postre uno se llevará del paisito sólo el recuerdo de un acento pintoresco y el extraño nombre de la moneda nacional guardado en el cajón de los conocimientos inútiles. La fabulosa ciudad de Copán quedará asociada en la memoria a sus hermanas en Guatemala, y el paso por Honduras no añadirá más que un sello al pasaporte.

Todo esto, claro, pierde importancia en cuanto se entra en el recinto. Copán ocupa, en el reconstruido imaginario maya, el lugar más parecido a un centro que pueda tener este mundo centrífugo y disperso. Lo que hubo aquí fue -y aún se echa de ver de algún modo- una cultura lograda, adulta, satisfecha de sí misma y convencida de ser eterna. Sabemos que en Copán toma forma definitiva la construcción perfecta, alambicada e impráctica con la que los sacerdotes mayas pretendieron aprisionar el paso del tiempo. El presagio de la extinción no se había insinuado todavía en su visión del mundo cerrada y compacta, de ciclos cósmicos inconcebiblemente largos frente a los que el destino individual perdía todo significado. Las estelas se sucedían parsimoniosamente, muescas en el girar ininterrumpido de la rueda del tiempo, y la mano del escultor había alcanzado ese punto de firmeza en el trazo y comodidad con el repertorio que, allí donde aparece, hace saltar como un resorte en nuestras mentes acostumbradas a manejar etiquetas la palabra clásico.

Cierto, el barroco desaforado de estas imágenes está lejos de lo que entendemos por clasicismo; el amaneramiento que pronto iba a reducir el arte maya a una colección de menudencias exacerbadas está aquí ya insinuado. Para el que conoce lo que iba a venir después es fácil detectar el germen de lo trivial, pero los altorrelieves dispersos por esta primera explanada (¿estarían colocados así?) tienen una majestad sobrecogedora. Dueños de nombres sonoros y extraños (Yax-Pac, 18 Conejo, Humo Concha), soberanos de un reino olvidado que creció y se vino abajo en sus estrechos límites mientras caía el Imperio Romano y se fundaba Europa, sus historias de conquista y derrota no pueden sernos más indiferentes, pero su mirada petrificada es capaz de clavarnos en el sitio. Esos rostros de melancolía infinita enmarcados por una intrincada y refinadísima geometría de serpientes cetros plumas declaran, con la certeza que sólo da el arte grande, la esencia última del poder real: aislamiento y fatalismo. Son lecciones que no pensábamos aprender en medio del bosque tropical, pero ¿no es por eso que seguimos viajando?

Donde otros conjuntos más espectaculares se perciben como una serie de efectos escénicos de los que cuesta extraer una idea general, Copán resulta ser una ciudad excepcionalmente legible. No tanto por la abundancia de imágenes y textos conservados in situ (incluyendo la famosa escalinata jeroglífica, un edificio que hace las veces de piedra Rosetta para la lengua maya, con el inconveniente de que los escalones fueron recolocados de cualquier manera por los primeros arqueólogos) como por la unidad orgánica de un santuario que fue en gran parte realizado de un solo impulso. El pathos de la ruina no ayuda, sin embargo, al conocimiento. Lo que vemos en cuanto rodeamos el primer recinto domesticado por los arqueólogos es un campo de tensiones primigenias, la batalla ancestral entre naturaleza y cultura: fábricas reventadas por la torsión lenta y titánica de raíces como anacondas, sillares forrados de un musgo tan tupido que la piedra parece haber mutado a una inconcebible vegetalidad, montículos de cantos desmoronados que sólo por los ángulos rectos revelan ser obra humana, enormes troncos fibrosos que arrancan de escalinatas reducidas a escombros. Es necesario abstraerse de la potencia de esas imágenes, de su arrolladora belleza y su capacidad ilimitada de generar asociaciones sentimentales si se quiere reconstruir el orden que la ciudad impuso a este trozo de selva.

Tal vez bastaría con aceptar la presencia física de las ruinas como tales; en otras ciudades seguramente no merezca mucho la pena indagar más allá, pero aquí en Copán la evidencia de un plano riguroso y sutil se impone a poco que haga uno un esfuerzo. Desde la plaza de las estelas (apenas una explanación subrayada por los trazos escuetos de las gradas laterales) las líneas horizontales del juego de pelota cierran y conducen la mirada hacia dos escalinatas perpendiculares que recogen el impulso por ganar las cotas más altas y establecen hacia atrás, rebotando en un leve descenso, la fachada principal de los templos. El viajero piensa, mientras trepa rodeando la escalinata, que hay un aire definitivamente griego en los expedientes sencillos, claros pero nunca obvios con que se negocian estos desniveles, en la limpieza de los encuentros, en la sobria elegancia de las plazas hundidas. La piedra local, de un espléndido tono verdegris, vibra con los relieves que cubren las fachadas sin dejarse ahogar por ellos. Las piezas más complicadas de revestimiento y la crestería parecen postizas, hechas de otro material, pero al viajero le está pareciendo todo muy bien tratado y prefiere no entrar en indagaciones.

Por una mínima propina se ofrece la oportunidad de entrar en una de las pirámides. Es sabido que los mayas construían sobre monumentos anteriores, pero no es lo mismo saberlo que comprobar in situ la pericia y delicadeza con que la pirámide mayor salta sobre la más antigua con media falsa bóveda, que quiebra incluso en las esquinas dejando intactos y visibles los relieves primitivos para entusiamo de arqueólogos y disfrute de turistas inquisitivos. ¿Respeto al pasado? Difícilmente: más bien por lo que sabemos había un deseo ritual de sepultarlo junto con la evidente practicidad de aprovechar el montículo. El viajero prefiere pensar que se trata de esa ética de la construcción que lleva a ejecutar con la misma finura partes que van a quedar ocultas y que Tusquets sintetizó en la frase Dios lo ve. La pequeña incursión revela aspectos inesperados: en un lateral, por debajo de la cota de la plaza, se abren a la luz del día unos huecos que han de ser de factura reciente. Pero eso es lo de menos: es la luz la que no debería estar ahí.

Nada más salir el viajero comprobará que en efecto hay un brusco cortado de treinta metros a la izquierda. Un vistazo a la guía aclara que un desborde del río cercano provocó el derrumbe del terraplén artificial hasta el mismo borde del santuario. Desandando el camino encontrará un conjunto de edificaciones menores al nivel del río. Esta ciudad de abajo es más doméstica y abigarrada; los restauradores han desbrozado y explanado el terreno pero sin derribar los árboles. Es hermoso: un suelo de barro rojizo compactado y fresco, forrado de grama crujiente y de hojas caídas, del que brotan en desorden troncos esbeltos y fábricas de piedra truncadas. Abandonándose –aquí sí- al recorrido en zigzag en busca de encuadres efectistas el viajero llega al pie del cortado, y la magnitud de la operación puesta de relieve por el desplome le hace replantearse todo lo que ha visto. No hay nada claro ni sencillo en esto, nada de griego en construirse una acrópolis piedra a piedra en un terreno llano. Si es mejor o peor no le parece una pregunta interesante.

El idioma universal

Lo bueno que tiene la afición al fútbol es que allí donde haya una competición a uno le bastan cinco minutos para ponerse al día, dejarse enredar y tomar partido. Está terminando el torneo Apertura, con eliminatorias a doble vuelta por el título, y el cuadro ha deparado en semifinales un clásico Chivas contra América que en San Cristóbal, tan alejado de las dos capitales y sus afanes, debería contemplarse con distancia indiferente. Nada más lejos: esto es como un Real Madrid-Barcelona, no hay neutralidad que valga.

La ida se juega en Guadalajara, y la impresión desde el inicio es que Chivas va a hacer todo el gasto, no sólo por local sino porque ése es su estilo. Se les ve un equipo corretón e imaginativo, con afán por la línea de fondo, un equipo que arma su juego con diagonales hermosas, eléctricas y desacostumbradas, de esas que si salen te dejan boquiabierto. Pero a decir verdad salen pocas, más que nada porque el centro del campo capitalino es espeso, numeroso y solvente. Sin hacer nada más que el mínimo esfuerzo América va imponiendo su jerarquía de escuadra displicente y agazapada. Más dedicados a no dejar jugar, parecen fiarlo todo a un Cuauhtémoc Blanco pasadito de peso pero poseedor de una clarividencia malevolente que por dos veces, con dos pelotazos largos (exactos, letales, un metro por detrás de la defensa) le ha puesto sendos balones de gol a su delantero único. Termina el primer tiempo empatado a cero con la sensación de que América se puede llevar el clásico y la eliminatoria de un solo navajazo. Y la melancólica certeza de que a cualquiera de estos dos equipos, que nos han brindado un fútbol vivo, ingenioso, fluido, entretenidísimo de ver, les haría un descosido un Osasuna o Recreativo de Huelva.

Dos jugadores de nivel le hemos visto a Chivas. El Maza Rodríguez es un lateral izquierdo con hechuras de líbero, un futbolista de buena planta, sobrio y colocado que cuando se incorpora al ataque desdeña la carrera por la banda y se pone a combinar con clase hacia dentro. Pero el que nos impresiona de veras es Adolfo Bautista, un diez calvo y fibroso poseído del espíritu de Zidane. El Bofo regatea en carrera, tira diagonales, amansa con suave maestría los balonazos que le llegan y busca puerta siempre que puede, pero sobre todo se adueña del partido con instinto e intensidad de ganador. A los diez minutos lo hemos etiquetado como el típico jugador que brilla en su liga pero se diluye cuando da el salto. A la media hora ya lo vemos titular en cualquier grande de Europa.

El viajero, con la hora del partido encima, se había metido en un bar más bien guiri de parroquia ruidosa pero poco involucrada. En el descanso sale en busca de ambiente más local, pero no da con ningún bar que le convenza; entra en el hotel resignado a ver el segundo tiempo en la habitación y se encuentra con lo que menos se podía esperar: han instalado una pantalla gigante en el patio y está todo el pueblo viendo el partido. Hay estrépito de charanga, la Coronita corre a dos por una y las aficiones están más por la fiesta que por el sufrimiento forofista. El viajero, que ha entregado su corazoncito a Chivas desde el primer momento, se va al lado izquierdo con los suyos.

Ahora América se está diluyendo como un azucarillo a ojos vista: se diría que la amenaza permanente que trascendían sus movimientos era más bien cosa de la historia compartida, de los cientos de clásicos que cada clásico lleva a sus espaldas. Retirado del campo Cuauhtémoc el equipo se vulgariza, y no sólo en ataque. El Bofo empieza a estar por todas partes: en diez minutos ha provocado un penalti y ha puesto una rosca perfecta para empujar. Dos a cero, y ahora sí que al viajero le falta poco para darse abrazos con los de al lado. Lo que queda hasta el final es un baño, una fiesta en la grada y en este patio de hotel inverosímilmente invadido. A falta de dos minutos un balón colgado al área de Chivas con más formulismo que fe provoca una carga lo bastante aparatosa para que el árbitro se invente in extremis el penalti de que suelen disponer los equipos de la capital (y es de ver al viajero en pie, negando con el dedo, aullando con su media afición: puto, puto). Ahí surge Osvaldo Sánchez, enorme bajo palos, un rayo que detiene el penalti y vuelve a saltar por el rechace para que el estallido suene unánime, los de América definitivamente borrados: portero, portero. Con el pitido final el viajero se escurre discretamente a su habitación antes de que le dé por solidarizarse con la fiesta.

(Dos semanas después, nada más entrar de vuelta a Méjico, el viajero se encontrará en el comedor de un hotel con el partido final de liga. Chivas llegaba a Pachuca con un empate a uno en la ida y en el primer tiempo había encajado otro gol. De pie con los camareros, con el autobús esperando, podrá ver cómo empata el Maza Rodríguez de cabeza y sentencia el Bofo Bautista con una fabulosa volea diagonal.)

Las invasiones bárbaras

1. Turistas del ideal en San Cristóbal

La revuelta zapatista de Chiapas fue un episodio más de los que por el mundo se han dado y seguirán dando mientras haya miseria e injusticia. Que había razones para sublevarse va de suyo, no hay más que ver las condiciones de vida de la región; que los métodos fuesen aceptables, o que los diagnósticos y las recetas de los revolucionarios sirvieran para algo, eso es tema para una discusión que sobrepasa las ambiciones de este texto. Lo único que se atreve el viajero a consignar al respecto, por haberlo visto, es una serie de inversiones recientes en carreteras y viviendas públicas que no eran el objetivo de la revuelta pero que seguramente no se habrían dado sin ella, y de otro lado una intensa vigilancia militar que pone en sordina la aparente tranquilidad de la zona.

Pero lo que le intriga en particular y le parece más al alcance de sus especulaciones es el éxito publicitario que tuvo el movimiento en Europa, hasta el punto de provocar adhesiones no ya de palabra (que no hubiera tenido nada de particular) sino de obra. Es posible que alguno de los italianos o alemanes que se vinieron aquí tuvieran plena conciencia de lo que hacían, pero la impresión general es que la mayoría llegaron animados por una vaga promesa de aventura romántica, dispuestos a fabricarse sin mucho riesgo un episodio heroico que poder contar en la vejez. El viajero es incapaz de la menor empatía con esos que han venido en llamarse, en acertada expresión, turistas del ideal, pero al fin y al cabo turistas somos unos y otros, y si ellos frivolizan el sufrimiento ajeno uno simplemente lo deja de lado, así que tampoco es cuestión de mirarlos con superioridad sino de simplemente encajarlos en el paisaje.

Porque el caso es que muchos de ellos se quedaron y ahora forman parte de la ciudad, y desde luego esto resulta mucho más sencillo de entender que el ardor revolucionario: el sueño de una vida más fácil, parsimoniosa y cálida forma parte del imaginario europeo desde mucho antes que los uniformes de camuflaje y las barbas. Esta presencia extranjera le confiere a San Cristóbal de las Casas un barniz cosmopolita del que no sabríamos decir hasta qué punto ha alterado su carácter anterior; pregunta vana, por otra parte: las ciudades cambian, simplemente, y ninguna forma o carácter que les conozcamos es menos importante o definitoria que los otros que tuvo o tendrá. Donde más se nota el injerto es en los bares de copas: en el entorno del paseo peatonal que cruza el casco de norte a sur y que en el peculiar, imaginativo e irresistible español de Méjico responde al nombre de andador eclesiástico se encuentran algunos muy bien montados, de un estilo que no es desde luego el que uno se espera en una pequeña ciudad de montaña. El mejor (aunque no el más diseñado) es el Revolución, sobre cuyo nombre y decoración ad hoc el viajero hará un esfuerzo por no ironizar.

Estos primeros días de diciembre están resultando en Méjico de lo más entretenido. Los preparativos de la Virgen de Guadalupe se superponen a los de navidad, y el final de la liga de fútbol a la accidentada toma de posesión del Presidente, que a medida que se acerca va tomando un tono más claro de comedia bufa. Hay un bullebulle de diversión anticipada: las calles están adornadas con gallardetes tricolores de una sencillez republicana que tiene su contrapunto en los incalificables adornos navideños frente a la catedral, desmesurados e incongruentes en su afán por imitar al vecino del norte. Hay bandas tocando por todas las plazas, y en torno al quiosco de música en el zócalo pasean las parejas endomingadas como hace treinta años. Al viajero se le ocurren inspiradas retahílas sobre lo que cambia y lo que permanece, pero como no las consigna de inmediato al cuaderno se le acaban yendo (y seguramente sea mejor así) al limbo de las vaguedades. Husmeando al azar por la cuadrícula colonial da con un patio de arquería robusta y encalada donde bajo el vago patrocinio de una asociación cultural se puede tomar una cerveza al fresquito a cambio de leerse las frases de Khalil Gibran, Nietzsche o Antonio Gramsci que puntean el menú. En la galería, además de tiendas de artesanía orientada con astucia al gusto occidental, hay una librería rica en tesoros del Fondo de Cultura Económica y un videoclub con una selección de películas impresionante, muy por encima de la media. El viajero, viendo que hay en la ciudad varios centros del mismo tipo, se empieza a preguntar si no valdría la pena pedir una excedencia, poner su casa en alquiler y venirse a probar este dulce exilio.

Caminando hacia el norte en prolongación del andador se llega a dos mercados bien diferentes. Al pie de la Iglesia de Santo Domingo (que a la luz de atardecida parece una custodia dorada, encendida de un fuego turbio, como en porfía por no estallar) está organizada la venta de esos recuerdos turísticos para los que nunca falta clientela; a esa hora se están recogiendo los puestos y la mercancía, amontonada para guardar, le parece al viajero más que nunca un puñado de quincalla sin interés alguno. La mansedumbre resignada de los gestos con que intentan la última venta, la lentitud cansina de la recogida, el aire de derrota general no son tal vez para tanto, pero al viajero se le cae el alma a los pies y se da media vuelta antes de que la lástima le empuje a llevarse un poncho. Por la mañana pasará de largo por el mismo sitio (los tenderetes ahora en activo, la iglesia sin brillo), camino del verdadero mercado que resulta estar un centenar de metros más adelante.

San Cristóbal es una ciudad más grande de lo que parece, y además mantiene en un cinturón periférico una población creciente de emigrados de los pueblos para los que no hay acomodo posible pero que tampoco están dispuestos a volverse. Al núcleo de los habitantes mestizos de siempre y al de los europeos más o menos asimilados viene a añadirse pues la población indígena de aluvión, y es en las tres o cuatro cuadras del mercado de abastos donde confluyen estos mundos que por lo demás parecen vivir en paralelo sin rozarse mucho.

El viajero, que forma parte de un cuarto grupo humano dedicado a mirar y hacer fotos, agradece sin dudarlo esta mescolanza y no tarda en perderse por los puestos. Hay frutas y verduras rechinantes de color, apiladas con el cariño y exactitud que infaliblemente despliegan los fruteros de todos los rincones del mundo; hay tantas variedades de pimientos picantes y tantos tipos de frijoles (negros, púrpura, moteados) que uno se desespera por no disponer de un vocabulario azoriniano que les haga justicia; hay tienduchas de discos copiados con toda la inextricable variedad de mariachis tradicionales y renovadores, bandas de corridos que se llaman Los Aguerridos o Los Leopardos de Quichualapanca, cantantes melódicos con cardados imposibles, y sobre todo músicos evangélicos en cantidades y variedades estupefacientes, con los títulos de cuyas canciones se podría hacer una tesis doctoral; hay tiendas de ropa que venden un género de punto modosito de colores pastel, pantalones grises de tergal para los señores y camisetas con dibujitos para los niños, pero nada en cambio de huipiles ni sarapes; y hay pollos que llevan colgados del pescuezo más tiempo del que deberían, y juguetes mecánicos baratos, y píldoras seudonaturalistas para la erección, y macedonia de frutas con toneladas de chile (así refresca más, pues); y tipos peligrosos de gafas oscuras que deambulan sin oficio discernible, y señoras gordas que se pasan media hora decidiendo entre dos jerséis y muchachos que arrastran carros más grandes que ellos por entre la multitud, y toda la bendita variedad de personas y cosas que por diferentes que sean en los detalles se dan al reconocimiento inmediato porque allí donde haya humanidad habrá mercados tejiendo tramas de relaciones y haciendo la vida más amable.

El último, que apague la luz

San Cristóbal de las Casas es una ciudad estupenda para estar sin más, pero al viajero (que bastante huelga ya en casa) la mención de un día vacío de actividad le provoca urticaria, y no es raro verlo ya en el avión de ida punteando el itinerario en busca de resquicios donde rebañar algún extra. No ignora uno que esa ansiedad excursionista suya le priva del placer de zascandilear, pero también es cierto que casi siempre le sale a cuenta. De modo que antes de lo que se tarda en decirlo ya está subido a un taxi en busca de las ruinas de Toniná, uno de esos enclaves que por alguna razón seguramente logística no entran en los planes de los operadores. El camino es de una belleza lujuriosa y cambiante, desde el perfil recortado de abetos en la cota de partida hasta la selva que va asomando a medida que la carretera desciende.

En el relato tremendamente confuso (aunque cada vez más encajado) del final de la cultura maya lo único cierto son las fechas. Aquejados de una manía conmemorativa tan feroz como la de los romanos, los mayas erigían monumentos fechados no sólo al inicio y final de cada reinado, sino en períodos fijos dentro de ellos: esta abundancia de fechas escritas permite a los arqueólogos manejar un listado de últimas inscripciones para cada ciudad, una especie de testigo de hasta dónde aguantó cada una de ellas lo que fuera (sequía, hambruna, revoluciones) que acabó con todas. John Eric Thompson levanta un acta de extinciones sucesivas que contiene en su secuencia numérica, como de luces que se van apagando en un monitor, más pathos que muchas novelas:

Así, Copán dejó de levantar monumentos jeroglíficos en 800 d.C., año en que a Carlomagno lo coronaba el Papa en Roma; Quiriguá, Piedras Negras y Etzná (en Campeche) siguieron el mismo camino en 810; Tila se dio por vencida en 830; la última fecha en Oxkintok fue 849; Seibal, Timbal (en las cercanías de Tikal), Uaxactún, Xultún y Chichén Itzá se mantuvieron hasta 889 (quizá esta última hasta un poco después). La Muñeca, no lejos al norte de la frontera entre Campeche y el Petén, tiene una estela que probablemente conmemora el año 899 d.C., y la misma fecha puede ser la registrada sobre la última estela de Naranjo…

Pues bien, Toniná aparece mencionada en los textos como poseedora de una estela del año 909, y ya que vamos hacia allá nos permitiremos ignorar el dudoso registro de San Lorenzo (10.5.0.0.0, que sería 928) y proclamar a esta ciudad como la última de la cadena. Aunque es tentador imaginar colapsos instantáneos lo cierto es que debió ser más bien un extinguirse lento y apático de cada ciudad, un abandono paulatino de las maneras civilizadas, la reducción de la vida a los mínimos de supervivencia. Siglos antes, cuando el tiempo era una extensión infinita y uniforme, las estelas con fecha eran hitos necesarios, marcadores de memoria que testimoniaban el incesante engranarse de las ruedas, la naturaleza cíclica e inmutable del mundo. Pero ahora que el tiempo parecía precipitarse en espiral hacia un inconcebible sumidero todo gesto había de cobrar un carácter urgente y definitivo. La mano que grabó esa última fecha no tenía por qué saber que estaba firmando el certificado de defunción del mundo conocido, pero sin duda no ignoraba estar habitando algo parecido a un final.

Al viajero (no por primera vez en este recorrido) se le va la memoria a Filé, que en su imaginario personal es el símbolo de todo fin de época, la piedra de toque de todas las melancolías. Los sacerdotes de Isis al menos veían llegar aquello que les iba a sustituir, pero ante estos últimos depositarios de la escritura y los viejos saberes astronómicos lo que se abría era la oscuridad total, la vuelta a la selva. Debían tener noticias del destino de otras ciudades, tal vez incluso vinieran exiliados de ellas; sabrían en cualquier caso que no quedaban muchos sitios a donde ir. Podemos atribuirles, al ejecutar esos últimos relieves, la resignación consciente del ritual inútil repetido ya sólo por inercia, para un público cada vez más escaso e indiferente. Ya que no sabemos ni sabremos nunca exactamente cómo ocurrió, no estaría bien regatearles una plausible dignidad en la despedida: abandonando (¿por una vez?) sus reticencias contra los finales demasiado redondos para ser ciertos el viajero da en imaginarse a un anciano que termina de anotar observaciones sobre las estrellas que ya nadie continuará; sale con paso quedo de la estancia sagrada, tocado aún con los adornos del oficio; en el umbral se detiene un momento, vuelve sobre sus pasos y vierte un puñado de arena sobre la llama vacilante. Y emprende, entonces sí, el descenso por las escalinatas.

En esa época el santuario de Toniná estaba dedicado a la deidad del inframundo, relacionada con el último de los cuatro soles, el invierno y la muerte (y a través de asociaciones que se nos escapan, con la dirección norte y los espejos). La imaginería recuperada alude al mito del descenso a los infiernos del Gemelo Celeste Ixbalanqué, un episodio cuya recurrencia en tantas culturas ha de ser sin duda objeto de intensas reflexiones por parte de esos sabios mitólogos alemanes que al viajero le atraen tanto como le intimidan. Sobre el papel deberíamos encontrarnos un lugar sombrío y ensimismado, pero nada más lejos. Ya en la distancia el monte artificial con hechuras de acrópolis se nos aparece como un triunfo de la geometría y la proporción, dominando sin esfuerzo un llano extenso y limpio. El acceso tiene los componentes indispensables de hallazgo ofrecido y aplazado. Después de haber tenido de frente el panorama completo enfilamos un paseo enlosado, húmedo y umbrío que apenas deja ver a intervalos, entre las copas, la cumbre de repente lejanísima de la última pirámide. Una escalera entubada entre árboles nos deja en un cuadrilátero rehundido de hierba cortada. Girando la vista a la derecha se nos echa encima, súbitamente próxima, la montaña sagrada.

A partir de aquí es un gozo ininterrumpido ganar la cumbre poco a poco, en zigzag, encontrando siempre jalones que gradúan la mirada desde los volúmenes cortados a pico en sol y sombra del primer término (una piedra menos parda resultaría cegadora) hasta la llanura inacabable que se ha ido encendiendo en oleadas desde el horizonte. El conjunto tiene un orden que se diría griego, una escala monumental pero no ciclópea: los mayas han construído aquí un espacio en que el ser humano no es una presencia minúscula y perdida sino el referente para el que se han trazado estas visuales. A cualquier distancia que los miremos, los cuatro o cinco visitantes con los que compartimos el recinto de buena mañana son figuras nítidas y distinguibles que se van haciendo dueñas de las plataformas a medida que escalan. Porque de escalar se trata, no nos engañemos, de llegar al punto más alto, y el viajero apenas alcanza a disimular esa inercia conquistadora forzándose a movimientos amplios de abanico en cada nivel y a escaramuzas exploradoras por los cuerpos cubiertos (se verá recompensado con su primera falsa bóveda maya y el placer bobo de reconocer lo leído en los manuales).

El último tramo de la pirámide resulta algo complicado de escalar, lo suficiente para hacerle sentir a uno un vertiguillo superable. Arriba del todo la vista es un prodigio, aunque lo cierto es que ya lo era desde las plataformas anteriores. Lo que se gana aquí (además de la honesta e inocente satisfacción del esfuerzo cumplido) es la panorámica circular, al frente la llanura despejada que hemos tenido siempre ante los ojos -el horizonte más bajo aún, la articulación de las terrazas maravillosamente inteligible- y hacia atrás un follaje espeso, incomprensible hasta que entendemos que no son sino las copas de árboles altísimos que huyen buscando el suelo allá abajo, porque esta montaña es artificial y desciende bruscamente hacia atrás apenas concluida su necesidad, quedando escondido el talud por la vegetación apretada. Ahora se abarca de un golpe de vista la envergadura de la empresa (aunque fuera solamente en términos de cubicaje), la limpieza del diseño, la continuidad de propósito durante siglos. Resulta difícil hacerse a la idea de que todo esto se acabara sin más, sin agresiones exteriores ni cataclismos: el viajero, aun consciente de lo mucho que la ciencia ha acotado las preguntas, entiende por primera vez de modo directo, intuitivo, que la palabra misterio siga presente. Después de todos los estudios climatológicos, los análisis retrospectivos de suelos y semillas, el laborioso desciframiento de textos que nunca dicen lo suficiente, al final lo que nos queda es un panel de lucecitas parpadeantes que se van apagando. Y durante mucho tiempo aún nos seguiremos preguntando por qué, porque no es propio del ser humano desentenderse de un acertijo.

El Tajín sin referencias

Al entrar en un tema del que uno no sabe nada la primera tentación es establecer una polaridad a la que agarrarse. En la historia de la Mesoamérica prehispana no es difícil encontrarla: mayas del sur frente a mejicanos del norte. Y pronto averigua uno que no es una división inocente: los arqueólogos disputan fieramente por llevarse a uno u otro lado el origen del calendario, la mitología y la escritura, a la vez que reparten con sospechosa largueza virtudes y defectos a uno y otro lado. Así, al mito de los mayas pacíficos y cultos vencidos por unos bárbaros del norte tecnificados pero carentes de espíritu se opone la leyenda del rey-dios que desciende, exiliado, de un norte remoto fundacional y recrea su civilización superior en tierras primitivas. El viajero, que en su afán simplificador sólo quiere saber quiénes son aquí los griegos y quiénes los romanos terminará por aceptar que las cosas no son tan sencillas, y que la cultura en estas tierras ha seguido inciertos movimientos de lanzadera de los que resulta casi imposible para los especialistas (y al final, indiferente al aficionado) determinar el punto de origen o la procedencia de los saltos cualitativos.

Más aún: cuando una alteración forzosa en el itinerario lo lleva a Veracruz el viajero se topa con el enclave de El Tajín, y descubre nada más empezar que ni siquiera se trata sólo de griegos y romanos. Aquí tenemos una cultura clásica independiente de la que no habíamos oído hablar ni de lejos, de cuyos pobladores primeros ningún autor nos sabe dar cuenta exacta y que a pesar del indiscutible aire de familia resulta diferente de todo el resto. O para ser más honestos: resultará diferente en el recuerdo, cuando al cabo de tres semanas, doce ciudades antiguas y un par de libros básicos nos hayamos hecho con referencias. Ahora es básicamente dejar suelta la mirada y disfrutar.

Y la verdad es que el sitio resulta perfecto para la contemplación ignorante. En un entorno natural amabilísimo, hermoso sin arrebato, de un verde ameno y controlado (ni rastro aquí de la esperada hostilidad tropical) los edificios van brotando de las ondulaciones cubiertas de hierba recortada en un desorden que se diría paisajístico, el mismo trabajadísimo desorden que de mano experta nos sirven los jardines ingleses. No hay manera de discernir aquí una lógica de ciudad, una organización por plazas y caminos, una jerarquía. Parece ser que los edificios son de distintas épocas, y que cuando se construyeron los más tardíos los otros podían perfectamente no ser más que lomas cubiertas de vegetación. Por alguna razón no se dan aquí las superposiciones tan frecuentes en otras ciudades, donde bajo las estructuras visibles se encuentran otras por capas sucesivamente más antiguas. Un juego de pelota quedaba en desuso (cumplía su ciclo, o vaya uno a saber) y se construía otro a pocos metros. La restauración, ante la imposibilidad de elegir, establece un tiempo histórico imposible en que coexisten fantasmas que en vida no se rozaron.

El viajero, pues, se deja ir por entre pirámides y montículos saboreando el espléndido contraste de la piedra vieja recortada contra el bosque, cazando sin parar encuadres que parecen estar ahí esperándole, apurando los momentos de soledad que se gana (no es difícil aquí) moviéndose a contrapelo de las indicaciones. Los extraños relieves de una cancha, tediosamente explicados, le devuelven por un momento la curiosidad histórica, pero no es el día: mejor trepar antes que nadie por el tajo escalonado y mirar atrás, hacia el espléndido conjunto de edificios. Hay algo en la luz, en la armonía de tres colores netos, en el equilibrio sin orden aparente que arrastra la memoria del viajero hasta la isla de Filé en el lago de Asuán.

Aunque no hay como en otros sitios arqueológicos una pieza emblemática sobre la que pivote el resto, la pirámide llamada De los Nichos es sin duda el edificio principal, no tanto por tamaño como porque se le ve de lejos el empaque de las grandes obras; veremos en este viaje otras mucho más imponentes, bizarras o majestuosas, pero en cuanto a elegancia y proporción sólo se nos ocurre medirla con la de Kuculcán en Chichén Itzá. En primer lugar tiene todas las trazas de constituir un fin en sí misma, y no como es habitual en la región el aparatosísimo pedestal de un templo. El ángulo, por tanto, es verosímil y coherente con la idea platónica de pirámide; hay algo en ese tipo de ángulo que tranquiliza: las construcciones empinadísimas de Tikal en cambio comunican una inquietud extraordinaria. La configuración a base de bandas de hornacinas cuadradas que alternan con estrechos faldones produce una imagen sorprendentemente ligera y ahuecada; el vuelo de las cornisas, al marcar decididamente los ángulos en cada franja, arranca a la estructura de su estatismo propio imprimiendo un movimiento horizontal que invita de forma irresistible a rodearla.

No menos irresistiblemente invitan esos nichos a la especulación desatada; desde la fantasía morbosa (ponían las cabezas de los sacrificados) a la sofisticación cosmológica (son 365 nichos, lo cual no puede ser coincidencia, o sí, porque el ciclo solar mesoamericano era de 360 días), pasando por la repentina inspiración estética, oída al paso (lo bien que quedaría de noche con una antorcha encendida en cada uno). El viajero, queda ya dicho, no está hoy por la labor de informarse ni de elucubrar. Se llevará de la cultura clásica de Veracruz una idea tan imprecisa como la que debieron hacerse las tropas de Cortés cuando encontraron esta ciudad (u otras vecinas y similares, no acaba uno de aclararse con Bernal Díaz) en un estadío intermedio de destrucción y habitadas por gentes mucho menos civilizadas que los originales pobladores.

Puebla y la tradición

Los camotes son unos dulces de batata de colores desvaídos y sabores vagamente distintos entre sí que al viajero, cuando finalmente los pruebe, no le parecerán ni muy buenos ni muy malos. Los encuentra uno sin buscarlos, porque a cada paso los ofrece una pastelería igual a las anteriores: diminuta, abarrotada de género, con un aire irremediablemente añejo en la tipografía y la presentación. Y en todas ellas el mismo letrero anunciando el dulce local, y en todas un afluir de clientes no desde luego frenético pero sí bastante consistente. Resulta difícil exagerar la importancia que llega a tener en Puebla la venta de camotes.


Al viajero le preocupa cada vez más su apego a las primeras impresiones, pero no es ése un vicio que se pueda uno sacudir fácilmente. Nada más llegar a la ciudad se ha encontrado con unas niñas haciendo ejercicios devoto-militares en el patio de una iglesia; poco antes había sabido que a los poblanos les llaman por mote persinados, y con esos datos le ha bastado para representarse la ciudad como un reducto tradicionalista y beato donde se consume indiscriminadamente un dulce anodino por el mero hecho de que les gustaba a los abuelos. Y claro, ya todo lo que ve va encajando en ese molde, sea el comercio que asoma a los soportales de la plaza mayor, el decoro relimpio de los zaguanes abiertos a la ojeada de paso o el andar sosegado y correcto de sus habitantes.


De sobra sabe el viajero que la mirada es selectiva, que en todas partes hay ciudadanos con aspecto probo y otros más patibularios, que las tiendas a veces se agrupan por gremios o que viniendo del DF es inevitable que el ritmo resulte premioso y adormilado pero, aun así, le sigue pareciendo que hay algo de singularmente provincial y antigüito en esta ciudad donde no hay un cibercafé a la vista. Tal vez se trate del inevitable, casi automático juego de los parecidos y las diferencias: desde el momento en que todo lo que vemos resulta familiarmente español (o mejor andaluz, si tenemos en cuenta el sorprendido desacuerdo de unas señoras de Burgos) la mente ya no puede resistirse al rápido cotejo ni a su conclusión sumaria: Puebla podría pasar por Écija o Antequera hace treinta o cuarenta años.


A la fisonomía de ciudad señorona y bien puesta contribuyen desde luego los caserones de portada de piedra y escudo familiar, los edificios venerables de juzgados y universidades, los patios de arquería que se dejan ver desde la calle pero, más que nada, la impresión viene de la homogeneidad de un caserío que lo juega todo a un mismo palo: colores pastel, recercados en blanco con molduras un punto artificiosas, balcones de hierro forjado. El viajero, a medida que recorre un poco al azar la cuadrícula que organiza el centro urbano sin registrar variaciones dignas de mención entre unos sectores y otros, se va persuadiendo de que para el ojo local se tratará en cambio de barrios perfectamente caracterizados, con fisonomía y estilo tan propios que sólo un diletante apresurado podría confundirlos con los de dos cuadras más al norte.


Aunque tarde o temprano los paseos acaben en el zócalo (ya ha aprendido el viajero que el nombre se hace genérico para todas las plazas mayores), lo cierto es que este lugar no tiene en Puebla condición de centro gravitatorio ni de espacio simbólico. Se diría que la plaza rehúye, en aras de valores ciudadanos más modestos y placenteros, la grandeza que sus dimensiones y la presencia de la catedral al fondo le granjearían sin esfuerzo. La jardinería la recorta en recintos de dimensión más modesta y controlada, los árboles de sombra fragmentan la vista del telón monumental; queda todo más ameno, más de escala humana, más adecuado a la vida plácida y exenta de altibajos que esta ciudad parece haberse fabricado poco a poco.

Este tipo de ciudad puede llegar a ser sofocante en su cerrazón ombliguista, pero no se puede negar que el empeño continuado y sin fisuras de toda una población por mantener sus ritos y costumbres generalmente da sus frutos, no sólo en los días gloriosos de celebraciones que repiten siglo tras siglo sus coreografías de masas o en una imagen física de ciudad compacta y sin aristas, sino en el bienestar indudable que produce la pertenencia a algo grande y antiguo, la conformidad con el sendero marcado, la certeza de que los puntos de referencia no se van a mover. Aunque la idea de un mundo compuesto de comunidades tradicionalistas y autosatisfechas le provoca sudores fríos, no deja el viajero de darse cuenta de que para mucha gente son el mejor entorno posible. Y como espectador le atrae irresistiblemente de ellas, además de su indudable hermosura, la engañosa convicción de poder descifrarlas en una tarde.

Viejos y nuevos dioses


Desde fuera de la tapia, la iglesia tiene una liviandad de decorado, una desmañada falta de pretensiones que desarma de antemano la mirada de reticencias. Las formas barrocas que los frailes traían en la cabeza debieron pasar por unas cuantas traducciones hasta plasmarse en estas columnillas esmirriadas, en los intentos de suplir con pintura lo que la cantería no daba, en los santitos como de papier machè que flanquean el campanario, primos lejanos (con menos gracia, sin duda) de aquellas figuras que enamoraron al viajero en Benarés.

Nada prepara al viajero, en cualquier caso, para lo que va a encontrarse dentro. Hablar de horror vacui sería un eufemismo: lo que hay aquí es un desborde, un apelotonarse las cosas, un crecimiento descontrolado que ha invadido las superficies como un liquen monstruoso. Pero acerquémonos: son cabezas, por todos los santos, cientos de cabezas que han perforado la bóveda desde fuera y se asoman tumultuosas e inquietas, apoyando la barbilla en el cogote del vecino para alcanzar a ver qué ocurre ahí dentro. La tentación de hacer sonar desde la distancia del recuerdo una nota terrorífica es inmediata, pero lo cierto es que esta iglesita resulta incapaz de provocar la menor desazón. La ingenuidad figurativa, el entusiasmo risueño, la desfachatez con que se ignoran reglas y mensajes se imponen a toda posible inquietud o crítica. Las caritas agolpadas son como de niños que no quieren perderse detalle de una atracción de feria, los monstruos de grandes colmillos y ojos vueltos están hechos de mazapán, los profetas son campesinos cejijuntos con barbas postizas que no saben muy bien cómo agarrar los libros que un bromista les ha puesto en las manos; los ángeles músicos de mirada insuperablemente estólida parecen pegados al techo, como ejemplares de entomólogo, por unas cintas adhesivas que les hacen a la vez de taparrabos, y todo asoma a duras penas, sofocado por entre un anudamiento de motivos de escayola pintada, entre lo vegetal y la repostería, que rellena hasta el último hueco de pared y bóveda.

Los franciscanos, obligados a utilizar mano de obra local, hicieron seguramente de la necesidad virtud: dejemos que decoren la iglesia a su modo y se sentirán más a gusto en ella. La cuestión sería hasta qué punto es cristiano el resultado, porque lo que uno ve aquí bien podría ser una de esas casas de ídolos que describió Bernal Díaz, y el programa iconográfico que pacientemente explican los guías hay que distinguirlo con lupa, perdidas las figuras reconocibles entre un tumulto que si no es pagano lo disimula muy bien. El viajero, que si fuera religioso tiraría a intransigente, se pregunta más que nada cómo es que les merece la pena a los católicos un tan dudoso triunfo.

Santa María Tonantzintla se llama el templo. Tonantzin es el nombre de la terrible Coatlicue en su aspecto de diosa madre. A la Virgen de Guadalupe, centro gravitatorio de la religiosidad mejicana, se la llama también Nuestra Madrecita Tonantzin. No hace falta ser un lince para distinguir la supervivencia, quinientos años después, de los antiguos dioses bajo sumarios disfraces. El fenómeno de sustitución, maridaje, absorción mutua o como se le quiera llamar a lo que se dio entre la religión conquistadora y la conquistada es un tópico de la cultura mejicana con el que uno se encuentra aquí y allá, sin buscarlo. Octavio Paz, como no podía ser menos, se zambulle en el tema con fruición, y aunque al viajero siempre le ha parecido de lo más resbaladiza la pretensión de interpretar psicologías colectivas, en esta ocasión la prosa elegante y precisa del mejicano casi le convence.
La derrota de estos dioses –pues eso fue la Conquista para el mundo indio: el fin de un ciclo cósmico y la instauración de un nuevo reinado divino- produjo entre los fieles una suerte de regreso hacia las antiguas divinidades femeninas. Este fenómeno de vuelta a la entraña materna, bien conocido de los psicólogos, es sin duda una de las causas de la rápida popularidad del culto a la Virgen. Ahora bien, las deidades indias eran diosas de fecundidad, ligadas a los ritos cósmicos, los procesos de vegetación y los ritmos agrarios. La Virgen católica es también una Madre, pero su atributo principal no es velar por la fertilidad de la tierra sino ser el refugio de los desamparados. La situación ha cambiado: no se trata ya de asegurar las cosechas sino de encontrar un regazo. La Virgen es el consuelo de los pobres, el escudo de los débiles, el amparo de los oprimidos. En suma, es la Madre de los huérfanos.

Méjico D.F. El Zócalo (II)

Por la noche volveremos a la plaza inagotable. La esquina de los conciertos continúa en plena actividad. Suena un rock elemental, machacón y pasado de decibelios para un público heterogéneo, como de gente que pasaba por ahí. Después de un rato mezclado en el grupo todavía numeroso que sigue el festival, y tras escuchar unos cuantos insultos a la burguesía con la tonta sonrisa complaciente que delata al burgués irreductible, el viajero decide asumir sin más su condición: a pocos metros en horizontal y siete plantas en vertical hay terrazas desde donde contemplar la plaza y lo que transcurre en ella con otra distancia.

Así, en un hotel que conjuga todas las categorías posibles de lo rancio a ambos lados del Atlántico (las pajaritas de los meseros auguran cócteles impecables), termina la jornada asomado al espléndido espectáculo que es el Zócalo de noche. La iluminación de los monumentos dibuja por contraste el rectángulo en penumbra, y en él se recortan, diminutos pero nítidos, los accidentes que hemos visto en el día. El concierto, por ejemplo, aparece arrinconado en su esquinita, incapaz de llenar físicamente ni la décima parte de lo que aparenta cuando se está entre el público. (¿Cómo será la plaza llena, pero llena de veras? Tratamos de imaginar la multitud compacta, hombro con hombro, gritando una misma consigna y se nos ponen los pelos de punta). En los intervalos entre canción y canción se deja oir en alguna parte una pianola que toca viejos boleros. La localizamos con alguna dificultad en la línea de puestecillos frente a la catedral: el hombre le da a la manivela con parsimonia, sin esperar que nadie se detenga a escucharle ni preocuparse aparentemente de los altavoces que lo ahogan.

Mientras llega el segundo margarita (que viene muy bien para desenfocar como requieren estas notas apresuradas) en el Zócalo se va echando el telón de la jornada. El festival acaba definitivamente, no con una explosión sino tras un progresivo apagamiento. El cuadrilátero, que parecía casi desierto, se empieza a despejar del todo (descubrimos entonces toda la gente que puede estar ahí sin que se note). Los técnicos desmontan sus aparatos, los últimos vendedores recogen, el hombre de la pianola detiene su incansable soniquete. Perdidas en el vacío, las figuras que se van alejando adquieren un carácter poético que uno no se atreve a llamar inmerecido. Desde luego los carrillos de comida rápida que desalojan en fila india (¿tendrán un almacén común?) resultan infinitamente conmovedores. El viajero juguetea con la idea de demorar el descenso hasta saber que va a encontrarse completamente solo en medio de la plaza, pero el sentido común y el sueño acumulado le disuaden de tal muestra de egocentrismo.

Méjico DF. El Zócalo (I)

Semidesierta como nos la encontramos a primera hora de la mañana la plaza no deja lugar a ningún género de dudas: es verdadera e indiscutiblemente enorme. Unos descomunales adornos inflables de Navidad que en cualquier otro lugar serían protagonistas absolutos aparecen aquí perdidos en medio de un espacio que se nos antoja capaz de engullir cualquier cosa. Si nos ponemos a examinarla habremos de convenir en que es una plaza magníficamente compuesta, con la mole de la catedral al frente y unos flancos que resisten a base de horizontalidad maciza el empuje (¿o la succión?) del vacío monstruoso. Pero se nos ocurre que daría igual si sus límites fueran más endebles o irregulares: la atención siempre gravitará hacia adentro.

En la esquina más alejada de los monumentos un tinglado de conciertos empieza a dar señales de vida. Al extremo contrario las efigies de Marx y Stalin (castellanizados en Carlos y José tal como aquí se estila aún) presiden un chiringuito reivindicativo. Hemos llegado en medio de una polémica enredosa: un presidente acaba de salir elegido por estrechísimo margen y el candidato rival no acepta la derrota; las nobles fachadas del lado norte están cubiertas de enormes carteles en su apoyo, y desde el puestecillo revolucionario resuena un rap agresivo y demagógico que presenta la causa del derrotado por los pelos. La retahíla queda interrumpida por el ensayo de altavoces de la otra esquina. ¡Somos zapatistas!, proclama un técnico de sonido en lugar de los habituales y aburridos monosílabos. Vamos a acercarnos para seguir el recitado (que de verdad está bien escrito y argumentado, sin querer uno entrar en más discusiones) cuando irrumpe, desde un tercer extremo, un furgón del que bajan no menos de cincuenta policías en formación. Conteniendo el aliento los vemos desfilar con aspecto concentrado hacia el foco de resistencia. Un instinto de esos que no está uno orgulloso de confesar le eriza el vello al viajero de manera no del todo desagradable. Vamos a asistir a una escena importante, quién sabe si histórica; podremos decir yo estaba allí cuando empezó todo. Con paso indeciso nos aproximamos cámara en ristre al punto de colisión, pero por fortuna para todos los implicados (si descontamos el ego reporteril del viajero) la cosa se queda en nada. El despliegue –que debe ser rutinario- pasa de largo y el nido de revolucionarios continúa impertérrito su retahíla. Todo normal, digamos, todo en calma, aunque es seguramente una tensa calma la que incluye policías alineados escudo en mano por todo el perímetro institucional.

A lo largo del día pasaremos varias veces por la plaza. Poco a poco el hormigueo infinito de vendedores ambulantes, policías ya más relajados, estudiantes haciendo encuestas, niños jugando al fútbol, turistas despistados, curas de variado uniforme y gente ociosa por centenares le ha ido poniendo sordina a ese componente político que a primera hora parecía la nota dominante. Ahora el Zócalo se nos aparece más que nada como el punto de confluencia de los transeúntes, un sitio de paso en que la gente, sin quererlo, se demora. Como si cualquier recorrido hubiera de pasar obligatoriamente por aquí, como si en realidad lo importante no fuera de dónde se viene o adónde se va sino el hecho de encontrarse aquí en un momento dado.

Se trata, vamos viendo, de un contenedor neutro al que le cabe un número indefinido de escenas sin que ninguna logre imponer su sello. En el Zócalo, como en todos los grandes teatros urbanos, la invisibilidad personal se consigue por saturación: es imposible hacerse ver, reclamar el centro, volver los focos sobre uno. Pero es al mismo tiempo el lugar de la visibilidad máxima, o al menos de la única posible. No sólo se trata de la gran causa del momento: nos hemos ido encontrando, aquí y allá, con puestos dedicados a reivindicaciones menores o más concretas, expresadas siempre en ese castellano prolijo, espléndidamente articulado y un tanto añejo que distingue al país. Parece claro que el Zócalo del DF es el altavoz de Méjico, una caja de resonancia fuera de la cual nada sucede de veras. Normalmente las voces se anulan en la cacofonía, pero cuando un movimiento unitario galvaniza los miles de trayectorias, cuando la plaza vibra por un momento a un mismo compás, la fuerza expansiva resultante de la retroalimentación sentimental es ingobernable. Y esto nos lleva a reflexionar brevemente sobre los grandes números y su percepción, sobre la inutilidad de las mayorías silenciosas, sobre lo fácil que resulta, si se sabe captar el aire del momento y se dominan las reglas de la escenificación, provocar una ola y cabalgar sobre ella encarnando la sacrosanta (pero, ay, imposible de verificar) voluntad del pueblo.