San Cristóbal de las Casas es una ciudad estupenda para estar sin más, pero al viajero (que bastante huelga ya en casa) la mención de un día vacío de actividad le provoca urticaria, y no es raro verlo ya en el avión de ida punteando el itinerario en busca de resquicios donde rebañar algún extra. No ignora uno que esa ansiedad excursionista suya le priva del placer de zascandilear, pero también es cierto que casi siempre le sale a cuenta. De modo que antes de lo que se tarda en decirlo ya está subido a un taxi en busca de las ruinas de Toniná, uno de esos enclaves que por alguna razón seguramente logística no entran en los planes de los operadores. El camino es de una belleza lujuriosa y cambiante, desde el perfil recortado de abetos en la cota de partida hasta la selva que va asomando a medida que la carretera desciende.
En el relato tremendamente confuso (aunque cada vez más encajado) del final de la cultura maya lo único cierto son las fechas. Aquejados de una manía conmemorativa tan feroz como la de los romanos, los mayas erigían monumentos fechados no sólo al inicio y final de cada reinado, sino en períodos fijos dentro de ellos: esta abundancia de fechas escritas permite a los arqueólogos manejar un listado de últimas inscripciones para cada ciudad, una especie de testigo de hasta dónde aguantó cada una de ellas lo que fuera (sequía, hambruna, revoluciones) que acabó con todas. John Eric Thompson levanta un acta de extinciones sucesivas que contiene en su secuencia numérica, como de luces que se van apagando en un monitor, más pathos que muchas novelas:
Así, Copán dejó de levantar monumentos jeroglíficos en 800 d.C., año en que a Carlomagno lo coronaba el Papa en Roma; Quiriguá, Piedras Negras y Etzná (en Campeche) siguieron el mismo camino en 810; Tila se dio por vencida en 830; la última fecha en Oxkintok fue 849; Seibal, Timbal (en las cercanías de Tikal), Uaxactún, Xultún y Chichén Itzá se mantuvieron hasta 889 (quizá esta última hasta un poco después). La Muñeca, no lejos al norte de la frontera entre Campeche y el Petén, tiene una estela que probablemente conmemora el año 899 d.C., y la misma fecha puede ser la registrada sobre la última estela de Naranjo…
Pues bien, Toniná aparece mencionada en los textos como poseedora de una estela del año 909, y ya que vamos hacia allá nos permitiremos ignorar el dudoso registro de San Lorenzo (10.5.0.0.0, que sería 928) y proclamar a esta ciudad como la última de la cadena. Aunque es tentador imaginar colapsos instantáneos lo cierto es que debió ser más bien un extinguirse lento y apático de cada ciudad, un abandono paulatino de las maneras civilizadas, la reducción de la vida a los mínimos de supervivencia. Siglos antes, cuando el tiempo era una extensión infinita y uniforme, las estelas con fecha eran hitos necesarios, marcadores de memoria que testimoniaban el incesante engranarse de las ruedas, la naturaleza cíclica e inmutable del mundo. Pero ahora que el tiempo parecía precipitarse en espiral hacia un inconcebible sumidero todo gesto había de cobrar un carácter urgente y definitivo. La mano que grabó esa última fecha no tenía por qué saber que estaba firmando el certificado de defunción del mundo conocido, pero sin duda no ignoraba estar habitando algo parecido a un final.
Al viajero (no por primera vez en este recorrido) se le va la memoria a Filé, que en su imaginario personal es el símbolo de todo fin de época, la piedra de toque de todas las melancolías. Los sacerdotes de Isis al menos veían llegar aquello que les iba a sustituir, pero ante estos últimos depositarios de la escritura y los viejos saberes astronómicos lo que se abría era la oscuridad total, la vuelta a la selva. Debían tener noticias del destino de otras ciudades, tal vez incluso vinieran exiliados de ellas; sabrían en cualquier caso que no quedaban muchos sitios a donde ir. Podemos atribuirles, al ejecutar esos últimos relieves, la resignación consciente del ritual inútil repetido ya sólo por inercia, para un público cada vez más escaso e indiferente. Ya que no sabemos ni sabremos nunca exactamente cómo ocurrió, no estaría bien regatearles una plausible dignidad en la despedida: abandonando (¿por una vez?) sus reticencias contra los finales demasiado redondos para ser ciertos el viajero da en imaginarse a un anciano que termina de anotar observaciones sobre las estrellas que ya nadie continuará; sale con paso quedo de la estancia sagrada, tocado aún con los adornos del oficio; en el umbral se detiene un momento, vuelve sobre sus pasos y vierte un puñado de arena sobre la llama vacilante. Y emprende, entonces sí, el descenso por las escalinatas.
En esa época el santuario de Toniná estaba dedicado a la deidad del inframundo, relacionada con el último de los cuatro soles, el invierno y la muerte (y a través de asociaciones que se nos escapan, con la dirección norte y los espejos). La imaginería recuperada alude al mito del descenso a los infiernos del Gemelo Celeste Ixbalanqué, un episodio cuya recurrencia en tantas culturas ha de ser sin duda objeto de intensas reflexiones por parte de esos sabios mitólogos alemanes que al viajero le atraen tanto como le intimidan. Sobre el papel deberíamos encontrarnos un lugar sombrío y ensimismado, pero nada más lejos. Ya en la distancia el monte artificial con hechuras de acrópolis se nos aparece como un triunfo de la geometría y la proporción, dominando sin esfuerzo un llano extenso y limpio. El acceso tiene los componentes indispensables de hallazgo ofrecido y aplazado. Después de haber tenido de frente el panorama completo enfilamos un paseo enlosado, húmedo y umbrío que apenas deja ver a intervalos, entre las copas, la cumbre de repente lejanísima de la última pirámide. Una escalera entubada entre árboles nos deja en un cuadrilátero rehundido de hierba cortada. Girando la vista a la derecha se nos echa encima, súbitamente próxima, la montaña sagrada.
A partir de aquí es un gozo ininterrumpido ganar la cumbre poco a poco, en zigzag, encontrando siempre jalones que gradúan la mirada desde los volúmenes cortados a pico en sol y sombra del primer término (una piedra menos parda resultaría cegadora) hasta la llanura inacabable que se ha ido encendiendo en oleadas desde el horizonte. El conjunto tiene un orden que se diría griego, una escala monumental pero no ciclópea: los mayas han construído aquí un espacio en que el ser humano no es una presencia minúscula y perdida sino el referente para el que se han trazado estas visuales. A cualquier distancia que los miremos, los cuatro o cinco visitantes con los que compartimos el recinto de buena mañana son figuras nítidas y distinguibles que se van haciendo dueñas de las plataformas a medida que escalan. Porque de escalar se trata, no nos engañemos, de llegar al punto más alto, y el viajero apenas alcanza a disimular esa inercia conquistadora forzándose a movimientos amplios de abanico en cada nivel y a escaramuzas exploradoras por los cuerpos cubiertos (se verá recompensado con su primera falsa bóveda maya y el placer bobo de reconocer lo leído en los manuales).
El último tramo de la pirámide resulta algo complicado de escalar, lo suficiente para hacerle sentir a uno un vertiguillo superable. Arriba del todo la vista es un prodigio, aunque lo cierto es que ya lo era desde las plataformas anteriores. Lo que se gana aquí (además de la honesta e inocente satisfacción del esfuerzo cumplido) es la panorámica circular, al frente la llanura despejada que hemos tenido siempre ante los ojos -el horizonte más bajo aún, la articulación de las terrazas maravillosamente inteligible- y hacia atrás un follaje espeso, incomprensible hasta que entendemos que no son sino las copas de árboles altísimos que huyen buscando el suelo allá abajo, porque esta montaña es artificial y desciende bruscamente hacia atrás apenas concluida su necesidad, quedando escondido el talud por la vegetación apretada. Ahora se abarca de un golpe de vista la envergadura de la empresa (aunque fuera solamente en términos de cubicaje), la limpieza del diseño, la continuidad de propósito durante siglos. Resulta difícil hacerse a la idea de que todo esto se acabara sin más, sin agresiones exteriores ni cataclismos: el viajero, aun consciente de lo mucho que la ciencia ha acotado las preguntas, entiende por primera vez de modo directo, intuitivo, que la palabra misterio siga presente. Después de todos los estudios climatológicos, los análisis retrospectivos de suelos y semillas, el laborioso desciframiento de textos que nunca dicen lo suficiente, al final lo que nos queda es un panel de lucecitas parpadeantes que se van apagando. Y durante mucho tiempo aún nos seguiremos preguntando por qué, porque no es propio del ser humano desentenderse de un acertijo.