Enfoque

El viajero buscaba (oh peregrino) a Praga en Praga, y en Praga misma a Praga no la hallaba. No era la ruina física que traen el tiempo y las calamidades, ni esa otra más insidiosa derivada del turismo masivo (con la que ya cuenta uno y a la que uno, en su modesta medida, contribuye) sino la distancia inevitable entre las ideas preconcebidas y la realidad. Creía el viajero encontrar una ciudad de prestigio ajado y melancólico; recoleta, elegante, ensimismada, transida de literatura, desleída en matices como una aguada de tinta sepia. Traía los adjetivos preparados y casi se los tiene que llevar de vuelta intactos, porque la ciudad es a primera y segunda vista muy otra cosa: imperial, soberbia, extrovertida, de una potencia visual demoledora y un gusto casi oriental por el ornamento figurativo.

Pero quien busca acaba encontrando: en su última tarde en la ciudad, cuando ya había aprendido a quererla espléndida y vistosa, el viajero empieza a dar con una Praga más parecida a la que traía en la cabeza. A pocos metros de Vaklavske el jardín de los Capuchinos debe ofrecer, según ha leído, un silencio embalsamado, una paz de otro mundo. El guirigay de los reclamos de discotecas se diluye en efecto nada más franquear la reja; la masa en sombra de la arboleda protege unos senderos por los que a esta hora de atardecida apenas pasean unas pocas figuras melancólicas. En un banco a la entrada, semioculto en la penumbra, un vagabundo parece entregarse a la meditación, pero un vistazo de reojo revela extrañas manipulaciones en la entrepierna que es mejor no investigar: la paz de los claustros ya no es lo que era, se dice el viajero mientras se escabulle al fondo. De todos modos la otra salida del jardín lleva a calles más tranquilas, y de ahí hasta el río bastará con atenerse a la regla de oro de los laberintos: eligiendo siempre la izquierda en cada bifurcación eludirá por los pelos la caravana ininterrumpida de Karlova y descubrirá el último jirón transitable de la ciudad vieja: calles sin nada de particular y por eso mismo estupendas. Paredes de un blanco caduco y agrietado, la línea mínima de un zócalo, canalones de plomo descendiendo a intervalos junto a las altas ventanas enmarcadas en gris, cornisas de un barroco expeditivo que enmarcan un fragmento de cielo estrellado; al fondo, una torre rematada en pizarra puntiaguda recuerda con la discreción debida la monumentalidad que acecha a la vuelta de la esquina.

En Retezova el viajero se asoma a un bar de aire tan literario que aguanta sin complejos el nombre de Montmartre. Mobiliario elemental, de madera basta, alguna planta verde en los rincones, más cerveza que licores en los vasos -y más Camus que Derrida en las conversaciones, quiere pensar el viajero. En una de las mesas una muchacha morena de belleza intensa y como dolorida monopoliza la charla y las miradas. El orden natural de las cosas prescribe que haya en Praga morenas de pómulos afilados y ojeras trascendentes discutiendo en cafés literarios, de igual modo que en Japón arbolillos esquemáticos con flores blancas caídas a sus pies como nieve fina o, en París, señoritas menudas y airosas taconeando a pasos breves por el bulevar; pero el viajero está convencido de que a poco que uno se empeñe puede encontrar igualmente en Manhattan jardines traseros con emparrados sobre la tapia o en Sevilla rubias estatuarias de mirada transparente. Al final todo es cuestión de enfocar.

En la plazuela de nombre Annenske reina entre coches aparcados una preciosa pajarera de hierro forjado. Su mutismo le otorga una poesía vagamente incongruente que no tendría poblada de papagayos o ruiseñores. Al viajero le parece un raro privilegio encontrarse aquí en este preciso momento, con esta luz trémula y un eco amortiguado del fragor del tráfico que lo devolverá al mundo real en cuanto salga por el callejón.

Porque la burbuja de tranquilidad y penumbra termina justo aquí. Unos pasos más allá está el río con sus vistas espectaculares y el despliegue hermosísimo de luces reflejadas. En el saliente de Novotne una fila de adolescentes se pliega sobre sí misma con sorprendente disciplina para entrar en la que dice ser la discoteca más grande de centroeuropa. De aquí al puente no queda otro remedio que unirse a la corriente humana: uno echa de menos desde luego un poco de tranquilidad y distancia, pero al fin y al cabo esto es un puente y sirve para pasar el río, no vayamos a pedirle soledades que no puede darnos. A un lado y otro se ofrecen imágenes perfectas, nítidamente compuestas, autosuficientes; el viajero las mira como se mira una pantalla, otorgándoles más realidad que a quienes caminan a su lado. El último tramo vuela sobre la isla de Kampa antes de clavarse de frente en Mala Strana. El muelle de abajo se deja ver entre las copas de los árboles. Los escasos paseantes se materializan a intervalos; sus sombras, pardas y subrepticias, reptan por el adoquinado y se doblan sobre las fachadas antes de desaparecer en la oscuridad común. Hacia allí bajará el viajero por una suntuosa escalera lateral, buscando eso que ha encontrado y perdido en la otra orilla.

En los embarcaderos vacíos las barcazas que cada día se llenan de turistas parecen llevar años abandonadas. El agua del río alcanza a lametones, como en un simulacro de oleaje, el borde irregular brotado de matojos. El puente, con sus estatuas recortadas dramáticamente contra el cielo, parece pertenecer a otro orden de realidad más alto y lejano. Si le volvemos la espalda nos encontramos en una intimidad de salón abovedado; la mirada desciende y enfoca lo minúsculo: la textura maravillosa del pavimento, la hierbecilla que le crece en las llagas, los reflejos sucios sobre los charcos. Bajo los últimos arcos del puente, en la plazuela alargada y por los canales que cortan la isla el recorrido es una serie de instantes perfectos en que la realidad se pliega a un ritmo interior de una fluidez que no es rápida ni lenta. Pasa una pareja de mediana edad, y de repente resulta natural saludarse, como en los pueblos pequeños. Pronto tocará dar media vuelta, pero aún queda otro callejón al que asomarse, otra plaza señorial y desierta.

Cada farol genera en torno suyo una esfera de luz amarilla y sofocada que funde en un tono común de litografía los colores, brillantes por la mañana, de fachadas, automóviles y árboles, arrancando de los adoquines mojados un resplandor de oro viejo; todo encaja, todo se suma para producir estampas que inevitablemente se irán estilizando en la memoria (la fotografía, con sus bellas mentiras, es una colaboradora imprescindible) hasta sustituir a una realidad que se resiste a coincidir con los sueños. El viajero, como tantas veces, no sabría decir si esto es bueno o malo.

La eternidad del lujo (II)

Juan Perucho, que amaba los objetos de belleza frágil y trasnochada, no podía dejar de fijarse en este lugar que seguramente nació ya fuera de época y que nos sobrevivirá cómodamente instalado en el anacronismo. Así describe uno de sus personajes medio ficticios los viejos y buenos tiempos de estos baños de Carlos:

Hay en Carlsbad un gran número de establecimientos de primer orden montados con todas las exigencias científicas, y al propio tiempo con grandísimo lujo. Entre ellos, el principal es el Kurhaus, luego hay el Baño Nuevo, la casa de baños del Hervidero, con galería magnífica de vidrios emplomados, y el Baño Elisabeth: mas para las personas de la realeza y la alta aristocracia hay el Baño Imperial, de moderna construcción, de estilo Renacimiento y montado con un lujo extraordinario. Posee un espléndido vestíbulo y, al lado de la monumental escalera exterior, hay dos rampas para coches de mano; tiene ascensor hidráulico, ingenioso artefacto que dispensa subir escaleras; peluquería de alta fantasía y cosmética suprema; salones deslumbrantes para fiestas de alcurnia y otros de descanso para señoras y caballeros fatigados. Los criados y camareras realizan los servicios con pasos de ballet al son de músicas ejecutadas por una orquesta oculta tras los cortinajes. Hay una serie de cuartos de baño dispuestos en semicírculo, todos ellos provistos de un gabinete para desnudarse, recubiertos de azulejos y con retrete, tocador, calefacción al vapor y estufa para calentar la ropa de baño, siendo de notar que todo ello está perfumado con un perfume distinto cada día de la semana. El primero de estos cuartos está destinado exclusivamente a reyes y emperadores, pues además de estas dependencias, tiene un salón ricamente amueblado para, si se tercia, celebrar Consejo de Ministros.


Todo este esplendor decimonónico permaneció cuidado y en buen uso durante el medio siglo comunista. Han hecho falta novelas y viajes para que aprendamos a encontrarle matices y colores a ese mundo que se nos antojaba en la lejanía de un gris plomizo e insoportablemente triste. De nuestro propio pasado dictatorial y espeso sabemos que entre la carcundia y el cutrerío dominantes no faltaban ramalazos de lujo desaforado, de vicio alegre y desvergonzado trajín. Quién más quién menos recuerda en Madrid, de segunda o tercera mano, las noches de Chicote o el Ritz en la larga postguerra, pero a la hora de imaginar ambientes semejantes tras el Telón nos faltaba el escenario. En estas mansiones, por entre las arcadas exquisitas y los jardines que trepan en zigzag sí que puede uno invocar escenas de un baile de máscaras entre poderosos, arribistas, deseados e intermediarios que seguiría las mismas trilladas coreografías que en Aspen o Deauville. Bajo esplendorosas arañas de cristal de roca los magnates del estraperlo derrocharían obscenamente en timbas clandestinas el dinero que de todas formas no existía. Desparramadas como gatas sobre sofás de piel, putas de belleza ofuscadora, dramática, paralizante lanzarían miradas más perezosas que retadoras a unos dignatarios yemeníes en visita oficial que andarían medio sonámbulos, los ojos como platos ante la visión del paraíso obrero por fin materializado. En los paseos arbolados grupitos de miembros de medio pelo del politburó se entregarían a conspiraciones circulares sin efectos visibles; sus jefes, mientras tanto, apurarían concienzudamente el tratamiento completo de masajes y baños, alternando los tragos obligados de agua sulfurosa con sorbos de champagne helado y cucharadas soperas de caviar. Un insigne escritor, aquejado de dolencias más bien imaginarias, recortaría al contraluz de la luna, acodado en una balaustrada de mármol, una acabada imagen de spleen elegante calculadamente dispuesta para impresionar a subsecretarios de cultura o jovencitas ganadoras del Premio a la Productividad Siderúrgica. Habría, aunque tengamos que estirar al extremo la imaginación para invocarlas, estrellas de cine idolatradas por un público no menos numeroso y entregado que el nuestro, en busca aquí del anonimato entre sus pares.

Todas estas presencias del pasado reciente andarán ahora revueltas con las sombras refinadas y tenues que dejó olvidadas el imperio austrohúngaro, con el vibrátil espíritu de Federico Chopin en búsqueda insatisfecha de éxtasis nerviosos, con el gigantesco e intimidante recuerdo de Goethe tomando el fresco en una otomana sacada expresamente a la terraza, el biógrafo Eckermann a sus pies para no perderse el más nimio de sus comentarios. Pero hace falta una sensibilidad más afinada o una pluma menos pudorosa que la del viajero para adentrarse en esas inmaterialidades. A uno se le da mejor tirar de indicios menores cogidos al paso y ver si conducen a algo. Por un portón entreabierto, casi anónimo (sólo un nombre de hotel sin estrellas en la mínima placa dorada) se puede husmear un lujo discreto, acolchado y elusivo; en los escaparates hay brillo de diamantes, relojes tremebundos y cristalería abrumadora, pero también cierto tipo de ropa cara que más que demodé resulta ajena a la moda, imposible de llevar fuera de estos sitios: pantalones rojos, faldas largas plisadas, blazers con emblema, fulares gaseosos. No se ven, por otra parte, coches llamativos, y los restaurantes que hay a la vista resultan de un estándar turístico bastante corriente. Lo cierto es que uno, de los habituales de este balneario, no sabría decir si serán nuevos ricos de la vieja Rusia o banqueros suizos de indistinta faz, personajes de una comedia de Noël Coward o más bien miembros de una compañía de aficionados interpretando esos papeles.

A la vuelta del último meandro urbano, rompiendo con legítimo orgullo la continuidad de las fachadas, se coloca en solitario un edificio estupendo que el viajero, al no verle nombre alguno, rodeará intrigado buscándole en vano una entrada o al menos alguna pista sobre sus funciones. Con su pórtico a la francesa forrado de magnífica imaginería pagana podría ser un teatro de ópera o el ayuntamiento de una ciudad ricachona: ya en casa confirmaremos que se trataba del Kaiserbad del que hablaba Perucho, lamentablemente cerrado en espera de un capital redentor. Al otro lado del río, contra un fondo de verde mate, oscuro y denso como alquitrán, el Gran Hotel Pupp se expande en pabellones que amenazan con dejar arrinconado al resplandeciente cuerpo principal. Será en uno de sus salones donde empiece el viajero a pergeñar estas notas y, al salir, irá ya devaluando en su fuero interno la categoría del establecimiento, convencido de que el verdadero lujo se encuentra siempre en otra parte. No puede evitarlo, jamás condescenderá a tratar de exclusivo un sitio donde lo admitan a él.

La eternidad del lujo (I)

No es lo mismo, se dice el viajero mientras se lleva el café a la boca, arrellanado en una butaca curvilínea y maternal, la mirada perdida en los destellos que desde lo alto esparcen los racimos de la enorme araña. Ha tenido que atravesar salón tras amedrentador salón del Gran Hotel Pupp con su mejor cara de póker hasta encontrar un camarero que con grave cortesía decidiera que una vez llegado hasta allí no pasaba nada por atenderle. Olvidada inmediatamente su condición de intruso, el viajero ha tomado tranquilamente posesión de la sala recamada en escayola hasta el altísimo techo como una tarta nupcial. Unas cristaleras a modo de biombos esconden el discurrir de los camareros, y la espesa moqueta roja absorbe el poco ruido que pudiera llegar del exterior. En la puerta se insinúan unas tímidas presencias que activan la recién adquirida territorialidad: estos turistas se meten en todas partes, no hay manera de tomarse un café a gusto.

Estamos en Karlovy Vary, antigua ciudad balnearia, uno de esos lugares en que dos tribus de visitantes se mueven en paralelo sin rozarse siquiera. Cada mañana a eso de las once los autocares de Praga dejan caer en la estación un puñado de excursionistas que se volverán por la noche después de haber correteado de fuente en fuente, sospechando como mucho, por indicios suntuarios, la existencia de otra clientela de más larga permanencia y míticos (por desconocidos) poderes adquisitivos. En cuanto a los habitantes, sólo podemos postular su existencia por el hecho de que los mostradores están atendidos y los autobuses circulan.

El viajero pertenece, desde luego, al primer grupo. En el trayecto de la estación de autobuses al centro urbano, a lo largo del río encauzado entre dos calles, se ha dejado adelantar por alegres grupos de jubilados que, armados de jarras de cerámica caprichosamente historiadas (cuándo las han comprado o si las traen de casa es uno de esos enigmas menores que tanto lo entretienen a uno), parecen saber de antemano a dónde hay que ir. Si se queda rezagado no es sólo por su natural indolente, sino porque a diferencia de ellos no tiene nada claro el objetivo; con el recuerdo de Baden Baden todavía cercano ha buscado antes que nada los baños señoriales bajo cúpulas venerables que tendría que albergar, por las trazas, aquel edificio blanco y rococó situado en la cabecera del parque, pero resulta que en esta ciudad no hay nada de eso: las aguas son más bien para tomar y los pocos tratamientos de baño se ofrecen en salas pequeñas con aire aséptico y sanitario, según se ve en los folletos. Con su gozo en un pozo, pues, enfila el viajero el canal aceptando mansamente que lo que sea que den ahí arriba ya se lo habrá repartido la compacta e implacable cuadrilla de pensionistas. Tal vez, se dice, cuando llegue a esas edades habrá aprendido a no dispersarse y enfilar directo a la meta, aunque para ello tenga que aprender primero a tener algún tipo de meta.

Pero por ahora prefiere dedicarse a zascandilear. Pronto se entera de que el rasgo característico de la ciudad son las arcadas: sobre cada fuente de aguas salutíferas se debieron ir montando en principio cobertizos para proteger de la lluvia a los clientes. De la necesidad más o menos cubierta al exceso civilizado y suntuoso hay una distancia larga o corta, pero inevitable de recorrer: lo que nos encontramos hoy es un conjunto de loggias variadamente exquisitas que sobrepasan con mucho su función primitiva y que habrán dado lugar a su vez a nuevos modos sociales, convirtiéndose en puntos de encuentro de elegantes y referencia del paseo ciudadano. Gracias al bendito eclecticismo de entre siglos, un breve recorrido nos permite ver articularse los temas clásicos de la columnata con todo el repertorio de materiales y estilos: hierro primorosamente forjado, cerchas de madera de inventivo ensamblaje, sólida piedra mármol con cariátides y acantos, filigrana orientalizante de escayola.

Sobre el Sprudel, un chorro vertical tremendo de agua hirviente que brota del suelo desde hace siglos procurando milagros sin cuento, se levantó en su día la más hermosa de las arcadas, construida en la manera de los grandes invernaderos ingleses. Esta galería cayó en algún desastre, y en los años sesenta se construyó en su lugar una estructura de acero y cristal de sorprendente empaque. Cerrando con altos perfiles un espacio único hermosamente empapado en luz, habilita un lugar amplio y acogedor donde cada uno va a su avío sin ceremonias. Sus bancos corridos y sus grifos a intervalos representan con tranquila dignidad una alternativa popular e igualitaria al aristocratismo que de todos modos continúa imperando en cuanto se abandona este reducto.

Predomina, como en la capital, una decoración estilizada y caprichosa que ofrece de vez en cuando detalles exquisitos pero que sobre todo brilla por la calidad media del ornamento de serie. El recorrido es lineal y sinuoso, pero a cada rato se abren salidas monte arriba que prometen vistas extraordinarias. El viajero toma por una que rodea las arcadas del paseo hasta un mirador por encima de las cubiertas: la ciudad parece desplegarse como un diorama, súbitamente tridimensional, derramada en regueros de casas por donde las curvas del monte lo permiten. Es un espectáculo vivificante y feliz que, contemplado desde cualquiera de las terrazas que ahora vemos, ha de contribuir a las famosas curaciones tanto como las aguas.

Escaleras


Cuenta Óscar Tusquets, en un ensayo memorable del que este texto ha de considerarse una nota al pie, que un profesor suyo por lo demás anodino y previsible se descolgó un día en clase con una aseveración prodigiosa: si construir planos para desplazarse horizontalmente no era algo obvio, sino que requería un acto creativo, imaginar una sucesión de planos horizontales a distinto nivel para desplazarse en las tres dimensiones, construir escaleras, era un hito arquitectónico y cultural de primera magnitud.


Mientras otros mamíferos aprendían a trepar a los árboles el hombre inventó la escalera, ese mecanismo invisible a fuer de antiguo y repetido que nos conduce inadvertidamente hasta alturas que la naturaleza nos veda. Chesterton, siempre atento a los milagros modestos, contrapuso a los aparatosos intentos de fabricar máquinas voladoras la hazaña cotidiana que supone vivir y trabajar lejos del suelo. Cortázar supo ver que subir una escalera es un acto esencialmente mágico, y neutralizó con el arma de un humor limpísimo e irresistible el hecho terrorífico de que cada día nos separemos decenas de metros en vertical de la superficie terrestre.


En última instancia una escalera no es más que suelo que se pliega sobre sí mismo en busca de un punto más alto, pero esto puede hacerse de cualquier manera o conforme a las reglas del arte. No hay nada más zafio que una escalera mal pergeñada, ni nada más anodino que el estándar de manual, con dos tramos iguales y encerrada entre paredes que tanto irritaba a Tusquets; pero trazada con maestría y finura una escalera se puede convertir no sólo en objeto de suprema elegancia, sino en afirmación estética, argumento dialéctico, figura representativa incluso de una visión del mundo, si es que seguimos creyendo que existe tal cosa.


Una escalera aborda, interroga, pone en relación problemática o expedita dos planos en principio ajenos; puede lanzarse en picado a conquistar la pendiente por su línea más dura o rodearla con meandros sutiles, desparramarse en circunloquios cortesanos o clavarse con determinación perpendicular. Mientras unas se adosan al muro que escalan como queriendo asimilarse a él, otras se arquean escuetas, agarradas al borde con dos dedos, quebrándose en diagonales con presteza de lanzaderas. La hermenéutica de la escalera puede ser tan ardua y capciosa como queramos: las que se demoran en el arranque, remisas a la subida, encariñadas con el suelo del que nacen, ¿habrá que considerarlas contrarias o más bien equivalentes a las que con vocación de balcón se asoman y vierten como una lenta cascada hacia abajo?


Todo esto viene a cuento de que en Praga ha encontrado el viajero por todas partes escaleras memorables. Descendiendo la colina de Petrin se suceden tramos que parecen cargar con el hombro contra el talud para insinuar los escalones en el instersticio así creado: la impresión es de un descenso casi natural, un camino forestal de adoquines que desemboca en la ciudad sin alterar el paso ni modificar –para qué- su dibujo anónimo y exacto. El puente Legií interrumpe a medio camino su acompasado andar para bajar a la isla Strelecký con una escalera que logra ser palaciega sin melindre alguno a base de sólidas piezas de piedra parda cubierta de musgo y de un parapeto macizo con remates ampliamente curvos que se quiebra con admirable elegancia para un desembarco simétrico. En lo alto de Vysehrad la escalerita de entrada a una dependencia auxiliar tiene un giro en el último peldaño que el viajero sólo puede describir como conmovedor. Aquí la tarea de bajar del castillo a la ciudad se plantea en términos más expansivos, abriendo el final de cada tramo en miradores astutamente sesgados que se convierten en plazoletas colgadas una sobre otra.


Hradcany abunda en escaleras hermosas; la huella del singular talento de Josef Plecnik es aquí tan indeleble como elusiva, de modo que no sabemos si adjudicarle el prodigio de ingeniosa geometría con que se accede por la esquina a un pabelloncito de verano, el desparrame como de lava fundida que une el extremo superior del palacio con los jardines o la preciosa cajita apergolada en piedra rústica por la que se sale subrepticiamente de la explanada delantera a terrenos más domésticos. Sí que es indisputable y famosamente suya la escalinata imperial, gemela depurada de otra frente a ella que con más volutas y balaustradas termina por ser menos esencialmente barroca que esta pieza maestra.


En el jardín Vrtbovsky, escondidos tras un telón adecuadamente curvo y señorial, tres arcos delgaditos brincan cerrando un triángulo para subir a la última terraza; en los muelles de Rastinovo unas zancas ligerísimas apoyan sobre rotundos canes de piedra, minimizando con pudor exquisito el inevitable roce con el muro; en la trasera del nuevo Teatro Nacional los escalones se funden delicadamente en la pendiente adoquinada. Pero la sutileza, la sobriedad y el ingenio no son, con ser su fuerte, los únicos registros de esta ciudad: el último día, en la isla de Troja, se nos vendrá encima al rodear el palacio la llamada escalinata del Tártaro, un artefacto espectacular de escenografía barroca jalonado de estatuas que ascienden en complicada curvatura y se asoman a una caverna subterránea que es el colmo de la teatralidad. Por aquí, fantasea el viajero, podría un Don Giovanni rodado en exteriores descender a los dominios de Proserpina y Plutón con parsimonia y dignidad antiguas (un poco a contrapelo, como gusta a los registas, del texto y del pathos desmelenado de la música) sin descuidar darle a la escalera, al salir, un ligero golpe de talón que la fijara en su sitio.

Exilios

Cuando Ulises vuelve a Ítaca después de veinte años de padecimientos y aventuras, está convencido –imagina Milan Kundera- de que sus paisanos lo acosarán a preguntas. Al fin y al cabo no ha habido lugar, en todo este tiempo, donde pasara una noche sin que le pidieran que contase su historia. Se suceden los días, sin embargo, y nadie parece interesarse por los encantos de Calipso, la ira impotente de Polifemo o el espanto indecible del paso entre Escila y Caribdis. Más bien le cuentan a él, incansablemente, todo lo que ha sucedido en la isla en estos años: las hijas de sus primeras novias están ya casadas, los pleitos por las lindes siguen sin resolverse, hay un proyecto para ampliar la dársena pero quién sabe. Se diría que tratan de borrar, con ese relato interminable y anodino, la huella de esos años de ausencia que lo han convertido en otro.

En La ignorancia, última por ahora de sus novelas, Kundera disecciona las trampas del retorno. La narración fluye, como de costumbre, con lúcida y distanciada facilidad, pero al viajero le parece distinguir en ella, entreveradas, hebras de un rencor mal resuelto. Hace poco ha sabido, leyendo una conversación entre Philip Roth e Ivan Klima, de la sorda animadversión con que los escritores checos reciben a su exitoso compatriota. ¿Envidia? Klima lo descarta con patriarcal ecuanimidad, pero sus explicaciones suenan penosamente difusas e inconsistentes hasta que roza, con mil cuidados, el núcleo duro de la resistencia: ha perdido contacto con la realidad checa, su visión es la de un extranjero. Nos abandonó, querría decir y no se anima. No ha vivido los tiempos duros y ahora viene a contarlo. Se percibe casi físicamente la incomodidad con que el norteamericano cambia de tema, como quien se ha asomado sin querer a una turbia disputa de familia.

Es difícil entonces no entender la novela como un ajuste de cuentas. Irena se encuentra con sus antiguas amigas en un restaurante de la Ciudad Vieja. Ha llevado una caja de buen vino francés, pero ellas se lo rechazarán sin miramientos: no sabríamos apreciar ese vino tan caro, donde esté una buena cerveza... Este desplante que a ella, empeñada en mantener un muy kunderiano distanciamiento, le hace mucho menos daño que al lector, se va a erigir en clave de todo lo que separa al exiliado de quienes se quedaron. Haga lo que haga, nunca volverá a ser de los suyos, y la melancolía final del asunto estriba en que no es culpa de nadie. No podía haber sido de otra manera: es la Historia la que condena al exiliado a pasear como un extranjero por calles que un día fueron suyas. El anhelo romántico que en veladas de guitarra y alcohol barato (yo pisaré las calles nuevamente) alimentó nostalgias y esperanzas no era, nos dice Kundera, realizable. Nadie pisa dos veces la misma calle.

Queda la mirada, una mirada desdoblada y ambigua que no es ya la del ciudadano que fue pero tampoco la del recién llegado que en su enamoramiento ocasional pretende a base de impresiones rápidas y datos dispersos hacerse (¡nada menos!) con el alma de la ciudad. Irena pasea por el barrio de su juventud:

Se detiene en la acera, repentinamente cautivada. Bajo el sol de otoño aquel barrio con jardines sembrados de pequeñas casas revela una discreta belleza que la sobrecoge y la incita a dar un largo paseo.

Vista desde donde pasea ahora, Praga es un largo echarpe verde de barrios apacibles, con pequeñas calles jalonadas de árboles. Es esa Praga la que le gusta, no aquella, suntuosa, del centro; esa Praga surgida a finales del siglo pasado, la Praga de la pequeña burguesía checa, la Praga de su infancia, donde en invierno esquiaba por callejuelas que subían y bajaban, la Praga en la que los bosques circundantes penetraban secretamente a la hora del crepúsculo para esparcir su perfume.

¿Hay menos precisión en el conocimiento, es la mirada menos afectuosa o atenta, pertenecen menos esas calles entre bosques a la exiliada que a sus compatriotas? No, por cierto. No hace falta que el autor la distinga tan empeñadamente de la grey forastera. Ningún visitante, ningún viajero por sentimental o ilustrado que sea puede mirar así, con ese aire de tranquila posesión; ningún paseante visible o invisible es capaz de plantarse frente a la ciudad como una parte de ella, ajeno a la avidez y a la sorpresa. Pero –y ahí está la insidiosa, insalvable grieta- alguien que hubiera vivido allí toda su vida no se detendría, repentinamente cautivado, a ver cómo atardece sobre la ciudad.